miércoles, 25 de noviembre de 2009

Joven athonita entrevista al Card. Ratzinger (I)

¡DIOS ANTE TODO!

DIÁLOGOS DE UN ADOLESCENTE CON UN CARDENAL

De chicos —durante la década del 70— viviendo en Holanda, íbamos mucho al sur de Alemania. La Vieja decía que por debajo de no sé qué línea imaginaria —el Rin, tal vez—, el tufillo protestante se desvanecía y alcanzaba con bajar un poco la ventanilla del legendario Taunus rural color sambayón, para empezar a percibir los perfumosos aires católicos de campanarios sembrados al horizonte y pétreas vírgenes floreciendo en las rotondas viales. Solíamos parar en “Munich” (qué risa nos daba esa che final en boca de los Viejos), pues vivían allí unos amigotes de ellos, con cuyos hijos hacíamos buenas migas. Familia muy pía, estaban todos —grandes y chicos— muy comprometidos con la labor pastoral que había lanzado con renovado entusiasmo su flamante obispo, un tal Joseph.

Pasaron los años. Muchos para esa edad; pocos en verdad. Nosotros volvimos al país; ellos se enraizaron nomás allí.

Era octubre del ‘85 cuando viajo a Europa y paso a visitar a esta familia, con uno de cuyos hijos —un poco más grande que yo— conservaba una buena amistad. Le cuento de una revistita que hemos encarado en el colegio —Oxígeno, se llamaba— que con mucho desalineo (político, religioso y demás), sin soporte doctrinal alguno, sólo atinaba a “denunciar” desde la indomable e invertebrada adolescencia en ebullición, todas las medias tintas, los masomenismos y minimalismos que percibíamos en el “mundo de la gente grande” al que nos empezábamos a asomar. Valía para la fe, valía para la política, valía para el compromiso social, y valía —no menos— para el ejercicio inclaudicable de la lapidaria razón. Y ahí estaba yo, con mis virulentos 17, obsesivo cazador de tautologías y falacias, boyando en busca de sentido.

Y me comenta este buen amigo, que anda justo por München el que fuera Obispo de ellos por varios años y con quien su familia había afianzado una linda amistad. Desde hacía 3 años lo habían mandado a Roma, para colaborar en no sé qué asuntos papales. Pero que era un flor de tipo, muy agradable y muy claro para decir las cosas... que por qué no me animaba a hacerle un reportaje para la revistita escolar... “Si le digo que tengo en casa un amigo que no termino de saber si es sudamericano u holandés, y que quiere entrevistarlo, seguro que acepta.”

—Y bueno, dale —arrojé con irresponsable suficiencia.

Al día siguiente ya tenía la respuesta: que sí, que cómo no. Que nos esperaba a ambos el jueves a las 11, en el barroco y muy rosado Palais Holnstein, de la angosta Prannerstrasse, sede arzobispal, donde él se estaba alojando.

Pero esa mañana, ya a punto de salir, con el pasacassette a cuestas, afilando mi endeble y grasiento alemán (el acento holandés, trasvasado al alemán, arroja por resultado un perfil inexorablemente ordinario[1]), llama este buen Obispo. Pensamos: palmó, se le complicó. Y no. Era que el día estaba tan lindo, y ya que el sol del otoño bávaro regalaba sus últimas bondades, por qué mejor no nos juntábamos en una plaza contigua a la Curia —la Maximiliansplatz—, donde tiraban una excelente cerveza.

Y así fue que conversé por casi dos horas y media, con José Ratzinger. Mucho podría volcar aquí sobre la impresión que me causó: su sencillez, su indisimulable timidez, su bonhomía, y su discurso impecable, apto para encumbrados teólogos como adolescentes sin rumbo. Pero prefiero dejar en el tintero todo ello y trascribirles aquí, sin más dilaciones, lo dialogado aquella prístina mañana otoñal, en el corazón de Baviera.

Me estiró muy parcamente la mano (un poco babé para nuestro gusto criollo) y nos invitó a tomar asiento. Mi amigo, hecha las presentaciones del caso, se disculpó y se retiró, pues tenía clase en la Facultad.

Y ahí quedé yo, apretando el rojo botón de ―REC‖, facie ad faciem con José Cardenal. Me trataba de riguroso usted, hasta que —como notarán en seguida— por razones que ignoro si eran intrínsecas al sólido diálogo o al líquido lúpulo, pasó al tuteo.

Hubo un poco de chamulleo previo, sobre las cervezas holandesas y las bávaras, si ya tenía edad o no para tomar, sobre el Otoño y una anécdota de cuando él tenía mi edad, que no entendí... Tras lo cual se dio lo que acá transcribo casi literalmente:

— Padre (si me permite llamarlo así), sin preámbulos quisiera arrancar con una pregunta que admitiría muchos matices, pero que tal vez también admita ser hecha, alguna vez al menos, sin distingos y ribetes. Discúlpeme si le resulta un tanto ramplona o simplota. Tómela, si quiere, como indicio de mi juventud, hambrienta de contundencias. Y es esta: como Iglesia, ¿vamos bien o vamos mal? ¿Qué dice Usted?

— Mire, querido: en la primera mitad de los años setenta, un amigo de nuestro grupo realizó un viaje a su querida Holanda, donde la Iglesia cada vez hablaba más de sí misma, lo cual era visto por algunos como la imagen y esperanza de una Iglesia mejor para el mañana, y por otros como síntoma de una decadencia que era la lógica consecuencia de la actitud asumida. Esperábamos con cierta curiosidad el balance que nuestro amigo nos haría a su retorno. Dado que era un hombre leal y un observador preciso, nos habló de todos los fenómenos de descomposición de los que ya algo habíamos oído: seminarios vacíos, órdenes religiosas sin vocaciones, sacerdotes y religiosos que grupalmente daban la espalda a su vocación, la desaparición de la confesión, la dramática caída de la frecuencia de asistencia a Misa, y así sucesivamente. Naturalmente fueron descritos también los experimentos y las novedades que no podían, a decir verdad, cambiar nada de las señales de decadencia sino que, más bien, las confirmaban.

— O sea, todo mal, en caída libre. Ahora, pregunto: aunque así fuera, aunque ese fuera el análisis más preciso (lo digo así, en potencial, pues hay ponderaciones de los tiempos actuales de la Iglesia muy alternativos al que Usted acaba de hacer... y bueno, más allá de su cargo y sapiencia, es justo decir que tampoco es que Usted sea Papa como para no errar en esto); digo, aunque así de negro fuera el panorama, me pregunto si ante una crisis es realmente provechoso encararla desde una ponderación tan negativa. O si por el contrario, no fuera más prometedor partir de una visión más entusiasta, relevando y arremetiendo desde las cosas positivas. Partir de lo que hay y no de lo que falta... el vaso medio lleno en vez de medio vacío... No afirmo: pregunto.

—Mire, para eso, nada más oportuno que terminar de desmenuzar el caso de estos holandeses... pues la verdadera sorpresa del balance fue la valoración conclusiva que ellos hacían de sí mismos: a pesar de todo, se consideraban una Iglesia grandiosa, ya que no había pesimismo por ninguna parte, todos iban llenos de optimismo al encuentro del futuro. El fenómeno del optimismo general hacía olvidar toda decadencia y toda destrucción, y bastaba para compensar todo lo negativo.— Se me quedó mirando y sonriendo. Y empinó el inmenso jarro de cerveza, mientras buscaba por dentro algún ejemplo que graficara mejor lo que intentaba decirme: —¿Qué se habría dicho de un hombre de negocios que está en rojo pero que, sin embargo, en lugar de reconocer sus pérdidas, buscar las razones y afrontarlo valientemente, se enfrenta a sus acreedores sólo con el optimismo? ¿Qué pensar de la glorificación de un optimismo que es, sencillamente, contrario a la realidad? El optimismo puede ser una simple cobertura, detrás de la cual se esconda precisamente la desesperación que se buscaba superar de tal modo.
El optimismo sería un modo de liberarnos del reclamo y la demanda, considerados ya desagradables, del Dios viviente sobre nuestra vida. Este optimismo del orgullo se habría servido de nuestro optimismo ingenuo, más aún, lo habría alimentado, como si tal optimismo no fuese otra cosa que la esperanza cierta del cristiano, la divina virtud de la esperanza, mientras que en realidad era una parodia de la fe y de la esperanza.[2]

Me quedé abrumado ante tanta contundencia. Me miró con un dejo de picardía, como diciendo: querías contundencia: tomá! Y señalándome el shop sobre la mesa, espetó: warum trinkst du nicht? (no pensás tomar?). Pero yo estaba forcejeando en lo interior con las brasas quemantes que este bávaro de ojos hundidos me había arrojado. Decirle a un joven latinoamericano que el optimismo es una parodia de la esperanza...No se lo iba a dejar así nomás, de modo que, aún sin armas, arremetí:

— O sea, para decirlo sin glosa: Usted considera que es saludable y provechoso que la Iglesia sea ante el Mundo, sin más, un agrio profeta de calamidades, obstinado en gritar en todas las equinas: todo está mal, todo está mal!... ¿Eso dice?




— Mire m‘hijo, no lo tome a mal, pero yo tengo la impresión de que hoy existe un vasto malentendido en torno a la categoría de lo profético. El profeta se suele entender como un gran acusador, que se coloca en la línea de los «maestros de la suspicacia» y percibe lo negativo por doquiera. Esto es tan falso como aquella opinión que prevalecía antaño y que confundía al profeta con el adivino. El profeta es en realidad el hombre espiritual, en el sentido que san Pablo da a esta expresión; es decir, es aquel que está totalmente penetrado del Espíritu de Dios y que por esa causa es capaz de ver rectamente y de juzgar en consecuencia. Su misión es, por lo tanto, hacer la obra del Espíritu Santo y ello significa convencer al mundo en orden al pecado, a la justicia y al juicio (Jn 16,8). Puesto que todo lo ve a la luz de Dios, posee una percepción inexorable en lo que al pecado respecta...

—¿no es más interesante convencer al mundo de la Gracia?, ¿más que señalarle el mal, indicarle el bien; más que machacar con la falsía y mentira, servir a la verdad, anunciar la verdad? Digo, por su escudito...




—Es que el profeta debe dejar primero al descubierto la hipocresía y la mentira ocultas en las cosas humanas, a fin de dejar despejado el camino hacia la verdad. Convencer al mundo del pecado significa juzgar a los hombres y a las circunstancias a partir de su relación para con Dios; introducir en la comunicación el juicio de Dios como el factor decisivo y remitirlo todo a Dios. Por esta causa, el lenguaje profético es religioso en grado máximo, es lenguaje «espiritual». Por eso, el lenguaje profético siempre aplica también la medida de lo positivo: la justicia «porque me voy al Padre» y el juicio de Dios. Precisamente por esta razón, el lenguaje profético es siempre portador de esperanza. Hablar proféticamente significa, en síntesis, interpretar la situación desde el punto de vista de Dios, reconocer la voluntad de Dios rectamente en una situación determinada y proclamarla.

—Está bien, supongo. Aunque suena un poco “de libro”. A la hora de la praxis, ¿no entran en escena otros factores para discernir qué hacer? ¿O siempre y en cualquier contexto hay que agarrar el megáfono y ponerse a cantar las cuarenta?





—Decidir si estamos llamados o no a hablar proféticamente y en qué circunstancias, demanda una introspección muy seria, pues nadie puede erigirse por cuenta propia en profeta.[3]




(continuará.....)



el Athonita

1] Como a la inversa, al oído holandés, el alemán le sabe afectado y hasta amanerado. Acostumbrado, por caso, a estampar un filoso y viril ‗tegenover‘ —con vigorosas jota y efe—, había que hacerle frente a un sutil y grácil "gegenüber", casi invertebrado.

[2] Mirar a Cristo, ejercicios de fe, esperanza y amor. (en castellano: 1990; hay una reedición del 2005; ambas de Ed. EDICEP. El original alemán es del ‘88).

[3] Diálogo con Jaime Antúnez, Revista Humanitas, 2001

11 comentarios:

Anónimo dijo...

Interesantísimo. Gracias.

Anónimo dijo...

Muy pero muy bueno el planteo, aunque un poco insolente el joven...

Artigas

Mary Lennox dijo...

Muy interesante ... muy interesante en qué terminará el profeta?
Gandalf es Mitrandir o cuervo de Tempestades? estaría intersante comparar ese diálogo que tiene Gandalf con Grima porque es parecida la imagen.
Saludos
Mary

Anónimo dijo...

Ojo, para el que no se avivó, la entrevista es ficticia.

Maxwell Smart

Natalio Ruiz dijo...

Estimadísimo agente:

Yo soy el primero en no avivarse y me la creo entera ¿es de mentira Athos?

Ud. sabe, somos de tranco corto...

Mis respetos también para la 99.

Natalio

Anónimo dijo...

¿Y??? Para cuándo la segunda parte??? No lo gotee tan lentamente, Natalio, que perdemos el hilo.

FRM

Natalio Ruiz dijo...

Estimadísimo FRM: Ud. no entiende esto de los tiempos bloggeros; las cosas deben ser no tan largas como para desalentar, no tan cortas como para resultar intrascententes, no muy rápidas que impidan los comentarios inteligentes no tan espaciadas que hacen perder el hilo, etc.

Y en el medio uno debe "editar" y preparar los post y en el medio uno debe ser padre, y en el medio uno debe dar clases, y en el medio uno debe recibir clases, y en el medio uno debe trabajar, y en el medio uno debe tomarse una birra con el amigo Milkus, y en el medio uno debe rendir exámenes, y en el medio tomar exámenes, y en el medio...

Respetos.

Natalio

Pablo dijo...

Por fin hoy pude leer la entrevista completa. Muy pero muy buena! Otro gol de nuestro monje!

Anónimo dijo...

Claro: Natalio y Pablo deben tener acceso a la entrevista completa por otro medio, pero los demás debemos someternos a las leyes del márketing bloguero.
Vamos, Ruiz, largue una segunda vuelta para el vulgo.

Uranga Imaz

Natalio Ruiz dijo...

Le pido perdón a Uranga y los demás amigos. Les aseguro que no se trata de marketing bloggero sino de falta de tiempo para editar el texto, agregar fotitos y demás.....

No tengo ni un rato y todo por culpa de Muret y sus amigos.

Respetos disculpantes.

Natalio

Pablo dijo...

Estimado Uranga:

Cuando digo completa me refiero sólo a lo que aquí publico el Athonita. Del resto, estoy tan enterado como Ud.

Cordiales saludos.