jueves, 3 de diciembre de 2009

Joven Athonita entrevista al Card. Ratzinger (II)


—Bueno. Eso me tranquiliza un poco... Padre: permítame retomar el diagnóstico de fondo: se lo nota a Usted francamente convencido de que la Iglesia está seriamente enferma. De que sus cuentas (como Usted mismo ejemplificó) están al rojo vivo, al borde del default. Ahora, ¿no atenta un poco esto contra cierta certeza que nos otorga la fe, respecto a que el Espíritu Santo no abandona la Nave y la lleva de bien en mejor, en una labor evolutiva de ir "completando" la Verdad? Digo, sin saber mucho, ¿es muy peregrino pensar en algo así como una "ley de la evolución" sobrenatural, donde la Historia salvífica que va de la Ascensión a la Parusía recorre un inexorable ascenso hacia el Pleroma del Cuerpo místico? Digo, mirando un poco para atrás, san Benito no contaba con el Rosario, ni san Ambrosio con la adoración eucarística, ni santo Tomás logra siquiera bosquejar una eclesiología... Ahora, si es real esta curva ascendente de "gracia sobre gracia", de progreso perenne, ¿cómo se come esto de que, acercándonos al segundo milenio de la cristiandad, ahora de golpe porrazo está todo mal?


—Es posible que un optimismo (como el que describía de los holandeses) sea justamente una variante de la fe liberal en el progreso perenne: el sucedáneo burgués de la esperanza perdida de la fe... Para Bloch (y para algunos teólogos que lo siguen), el optimismo es la forma y la expresión de la fe en la historia y, por lo tanto, es necesario para quien quiere servir a la liberación, a la evocación revolucionaria del mundo nuevo y del hombre nuevo. En el sistema cristiano de las virtudes, la desesperación, es decir, la radical oposición a la fe y la esperanza, es calificada como pecado contra el Espíritu Santo porque excluye Su poder de sanar y de perdonar, negando así la redención. En la nueva religión, le corresponde el hecho de que el "pesimismo" es el pecado de todos los pecados ya que la duda sobre el optimismo, sobre el progreso, sobre la utopía, es un asalto frontal al espíritu de la edad moderna, es la contestación de su credo fundamental sobre el cual se funda su seguridad, que sin embargo está continuamente amenazada por la debilidad de aquella divinidad ilusoria que es la historia.



—Usted es un tanto dialéctico. Si le sugiero cierta presencia de Dios en la historia me refriega que no hay que divinizar la historia. Es como el pesimista que siempre retruca: pesimista no; re-a-lis-ta !


—(se ríe con ganas). Mire, esto mismo me vino a la mente estos días cuando estalló el debate respecto a mi “Informe sobre la fe”, publicado hace un par de meses. El grito de revuelta levantado por este libro sin pretensiones terminaba en la acusación: es un libro pesimista! En algún lugar, se está intentando incluso prohibir la venta porque una herejía de esta magnitud sencillamente no puede ser tolerada. Los poseedores del poder de opinión pusieron el libro en el index. La nueva inquisición hizo sentir su fuerza. Se demostró una vez más que no existe peor pecado contra el espíritu de la época que el ser culpable de una falta de optimismo. De hecho, el planteo no fue: si es verdadero o falso lo que se afirma, si los diagnósticos son correctos o no; he podido constatar que no se molestan en plantearse semejantes cuestiones pasadas de moda. El criterio es muy sencillo: es optimista o no. Y frente a este criterio, el libro es, sin más, un fracaso. Y justamente por lo que Usted menciona: por cuestionar el dogma del progreso.


—Bueno. Vale. De todos modos, me parece que queda como escuálida la esperanza. Usted está a cargo del ministerio sobre la fe y es lógico que lo haya... pero siempre me he preguntado por qué no tendrá el Vaticano un ministerio para "custodiar" la esperanza. Si se lo propone al Polaco, no olvide decirle que fue idea mía. Imagino el candidato casi natural al cargo: nuestro argentinísimo Pironio. Él vive diciendo que ha ido a Roma a ocuparse de los religiosos no para apagar incendios sino para promover el bien. Déle unos años: ya verá Usted los frutos!


— (me mira un poco tenso, como diciendo: ¿te contesto o lo dejo pasar?, y encontrando el atajo para optar conjuntamente por ambas alternativas, esgrime:) Yo creo, muchacho, que es posible comprender la verdadera esencia de la esperanza cristiana y revivirla, sólo si se miran de frente las imitaciones deformadoras que tratan de introducirse por todas partes. La grandeza y la razón de la esperanza cristiana salen a la luz sólo cuando nos liberamos del falso esplendor de sus imitaciones profanas.


— Ya veo. Se me hace que si Usted llegara a Papa, su prioridad y urgencia sería hablar de la fe, ajustar los términos nítidos del contenido de nuestra fe. Y que la esperanza y el amor esperen, qué tanto; para algo se los enumera desde siempre en ese orden, ¿no?


—(Sonríe y calla. Piensa. Y remata escuetamente): Nuestro Dios es un Dios abundante en sorpresas...


— Entiendo lo de las alquimias profanas, pero no me responde del todo la pregunta: ¿qué pasa con la promesa del Espíritu Santo? ¿No queda algo devaluada la bendita "indefectibilidad"?


— Pienso que tenemos que recordar a Nuestro Señor que nos dijo ―Dentro de los campos de la Iglesia no sólo habrá trigo sino también paja; de los mares del mundo obtendrán no sólo peces sino también cosas inaceptables. Entonces, el Señor nos anuncia como comunidad, una Iglesia en la que existirán escándalos y pecadores. Tenemos que recordar que San Pedro, el primero de los apóstoles, fue un gran pecador y a pesar de eso el Señor quiso que este Pedro pecador sea la roca de la Iglesia. Con esto, ya nos había indicado que no esperemos que todos los Papas sean grandes santos, cabe presuponer que algunos de ellos sean pecadores. Nos anuncia que en los campos de la Iglesia habrá mucha paja. Esto no debería sorprendernos si consideramos la historia de la Iglesia. Han existido otros tiempos que por lo menos han sido tan complicados como los nuestros con escándalos, cosas, etc. Todo lo que debemos hacer es pensar en el siglo IX, el X, el renacimiento. Entonces, contemplando las palabras del Señor en la historia de la Iglesia, cabe relativizar los errores y escándalos de hoy...



— Bien. Osado lo suyo. Me gustó. Le cambio de tema... o no tanto. Porque con esto del optimismo y el pesimismo, se me viene a la cabeza el asunto del mal. Le parecerá petulante de mi parte; o necio tal vez, pero me parece que lo más delgado de nuestra fe (y por donde el hilo se deshilacha fácilmente) es esto de un Dios bueno castigando nuestros desaciertos. Los castigos intratemporales tienen su minúscula lógica: son correctivos, son el zamarreo, el megáfono de Dios llamando a alerta máxima... (de todos modos, curar un mal infligiendo un mal tiene sus grietas pedagógicas); pero sobre todo: del castigo eterno, ¿qué bien puede seguirse? No entiendo la lógica del castigo...


— Dios no nos hace el mal; ello iría contra la esencia de Dios, que no quiere el mal. Pero la consecuencia interior del pecado es que sentiré un día las consecuencias inherentes al mal mismo. No es Dios quien nos impone algún mal para curarnos, pero Dios me libra, por así decirlo, a la lógica de mi acción y, dejado a esta lógica de mi acción, soy ya castigado por la esencia de mi mal. En mi mal está implicado también el castigo mismo; no viene del corazón, viene de la lógica de mi acción, y así puedo entender que he estado en oposición con mi verdad, y estando en oposición con mi verdad estoy en oposición con Dios, y debo ver que la oposición con Dios es siempre autodestructiva, no porque Dios me destruya, sino porque el pecado destruye.


—Tan sólo para azuzar un poco el avispero, le pregunto con sorna: ¿el Concilio Vaticano II habló de Dios? No digo de parte de Dios —tema más espinoso— sino acerca de Dios...


—Bueno, bueno. Convengamos en que El Concilio Vaticano II inició sus labores con la discusión del esquema sobre la liturgia, que luego fue solemnemente votado el 4 de diciembre de 1963 como primer fruto de la gran asamblea de la Iglesia, con el rango de una constitución. Que el tema de la liturgia fuera su primer resultado fue considerado a primera vista más bien una casualidad. Pero lo que a simple vista podría parecer una casualidad, también se revela —mirando a partir de la jerarquía de los temas y de las tareas de la Iglesia— como la cosa intrínsecamente más correcta. Comenzando con el tema "liturgia", se puso inequívocamente a la luz el primado de Dios, la prioridad del tema "Dios". Dios ante todo, así nos lo dice el inicio de la constitución sobre la liturgia. Cuando la mirada de Dios no es determinante todo lo demás pierde su orientación.


— Dios ante todo... podría quedar como el título de este reportaje, ¿no? O como lema episcopal para tiempos vacilantes... o —quién le dice— hasta para encíclica papal en tiempos finales. Más allá del guiño a la Regla de san Benito, tiene un aire a san Miguel, a ese gallardo ―Quién-como-Dios-, ¿no? Capaz que se pensó que hacia este fin de milenio la gran estocada de Satán pasara o bien por afianzar el ateísmo o bien por promover sin rodeos el satanismo. Pero al hontanear los movimientos de la tropa enemiga se percibe más bien una estrategia alternativa: licuarlo a Dios; un Dios diluido; un Dios al que simplemente se le desmorone el "ante todo"... El plan sería: si no puedes contra Él, ni puedes unirte a Él... ¡devalúalo, licúalo! ¿No le parece?


— Claro que sí. El tentador no es tan burdo como para proponernos directamente adorar al diablo. Sólo nos propone decidirnos por lo racional, preferir un mundo planificado y organizado, en el que Dios puede ocupar un lugar, pero como asunto privado, sin interferir en nuestros propósitos esenciales.


—Así que en su opinión el Concilio, sin pretenderlo (porque era Sumo Sacerdote ese año, acotaría Juan) priorizó nomás a Dios. No todos piensan lo mismo, ¿no? Si no es pedirle lo indebido, qué nos puede decir sobre el Tradicionalismo....


— Recuerdo siempre las palabras de Tertuliano, que comentó una vez: «Cristo no ha dicho: "Yo soy la costumbre, sino "yo soy la Verdad"». Y es que Cristo no sanciona simplemente la costumbre; al contrario, él nos arranca de las costumbres. Él desea que las abandonemos, nos exige que busquemos la verdad, lo que nos introduce en la realidad del Creador, del Salvador, de nuestro propio ser. No obstante, las cosas no ocurren porque sí... ―existe una actitud de miras estrechas que aísla el (Concilio)Vaticano II y que ha provocado la oposición. Muchas exposiciones dan la impresión de que, después del Vaticano II, todo haya cambiado y lo anterior ya no puede tener validez, o, en el mejor de los casos, sólo la tendrá a la luz del Vaticano II. Y entonces el Concilio Vaticano Segundo no se trata como parte de la totalidad de la Tradición viva de la Iglesia, sino directamente como el fin de la Tradición y como un recomenzar enteramente de cero. La verdad es que el mismo Concilio no ha definido ningún dogma y ha querido de modo consciente expresarse en un rango más modesto, meramente como Concilio pastoral; sin embargo, muchos lo interpretan como si fuera casi el superdogma que quita importancia a todo lo demás.


— Pero espere... permítame retroceder para ir de lo más fácil a lo más difícil; de lo empírico, lo fáctico, hacia estos devaneos un tanto abstractos. Pregunto, como al inicio, sin mayores matices: tras el Concilio, ¿llegó o no llegó la famosa "primavera" profetizada? El pragmatismo se lo plantearía así: los resultados, padre; la pregunta del millón es por los resultados...


— ¿Que cuál ha sido el resultado del Concilio? Yo sumo varias más, íntimamente vinculadas: ¿ha sido recibido de modo correcto? En la recepción del Concilio, ¿qué se ha hecho bien?, ¿qué ha sido insuficiente o equivocado?, ¿qué queda aún por hacer? Nadie puede negar que, en vastas partes de la Iglesia, la recepción del Concilio se ha realizado de un modo más bien difícil, aunque no queremos aplicar a lo que ha sucedido en estos años la descripción que hace san Basilio, el gran doctor de la Iglesia, de la situación de la Iglesia después del concilio de Nicea: la compara con una batalla naval en la oscuridad de la tempestad, diciendo entre otras cosas: ―El grito ronco de los que por la discordia se alzan unos contra otros, las charlas incomprensibles, el ruido confuso de los gritos ininterrumpidos ha llenado ya casi toda la Iglesia, tergiversando, por exceso o por defecto, la recta doctrina de la fe… No queremos aplicar precisamente esta descripción dramática a la situación del posconcilio, pero refleja algo de lo que ha acontecido.


— No pero sí. Está bien. Me gusta la cita porque evidentemente no salpica a Nicea, sino al posnicea. Y trasvasado a lo nuestro, salva al Concilio y bota el agua sucia de la tina posconciliar. ¿Sería así?


— Desde ya que hoy podemos volver con gratitud nuestra mirada al Concilio Vaticano II: si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia.


—No sé si Usted u otro teólogo alemán dijo hace unos años que en definitiva todos los posconcilios son un poco traumáticos en lo inmediato. Y que la Historia de la Iglesia parece como corroborar siempre "la ley del dos-tiempos". Como que la primera impresión es floja o confusa, y segundas ponderaciones son las que terminan fraguando para la capitalización del patrimonio doctrinal perenne. Se me ocurre que, aunque 20 años hoy en día parecen muchísimos, no sea aún el segundo tiempo. Tal vez estemos en el entretiempo, y no le toque a este Papa sino al próximo reinterpretar al Concilio, ¿no cree? Pero más allá de a quién le toque, ¿de qué depende o cuál sería la lente a cambiar para pasar de la visión miope o primaria a la panorámica y definitiva?


— Sí, puede ser que sea asunto del primer Papa del tercer milenio. A él le atañerá reenfocar una ―correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, una correcta hermenéutica, para una correcta clave de lectura y aplicación. (Tendrá que explicar que) los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos. Por una parte existe una interpretación que podría llamar "hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura"; a menudo ha contado con la simpatía de los medios de comunicación y también de una parte de la teología moderna. Por otra parte, está la "hermenéutica de la reforma", de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del pueblo de Dios en camino.
(Pero ojo, que si es honesto con la historia y con sus predecesores, se esmerará en citar) ―las palabras, muy conocidas, del Papa Juan XXIII, en las que esta hermenéutica se expresa de una forma inequívoca cuando dice que el Concilio "quiere transmitir la doctrina en su pureza e integridad, sin atenuaciones ni deformaciones"


— Se entiende lo de la doble hermenéutica. Y se sobreentiende cuál es la más sana. No obstante no deja de inquietarme esto: ¿y por qué hay que convocarlo a Hermes con su lleva y trae del texto a nosotros? ¿Tan confusa o ambigua ha sido la redacción? Porque eso le objetan algunos. A mí no me parece... ¿No cabría —me pregunto— en vez de hablar de una alternativa hermenéutica hablar de los que en nombre de no sé qué "espíritu" se alejan del texto y los que se atienen sin más a la letra y destilan —¡sin Hermes alguno!— su sentido? Digo, el piedeletrismo es bien objetable en textos milenarios y ante determinados géneros literarios, pero ¿un Documento con apenas 20 años pretendiendo decir las cosas sin parábolas, ¿no le haríamos un gran bien entendiendo lo que diga sin tanta interpretación?


—Estoy convencido de que [en los trabajos y documentos que abordamos desde el Dicasterio] hemos interpretado, por ejemplo, de manera totalmente fiel y casi literal la «Lumen Gentium» del Vaticano II, mientras que en estos últimos veinte años se ha ido atenuando el texto. De hecho, nuestros críticos, nos han dicho que nos hemos quedado en la letra del Concilio, pero que no hemos entendido el Concilio. Al menos reconocen que somos fieles a la letra.


— Sí! Me gusta eso: "fieles a la letra"! Suena un poco plano, ramplón, como de poco vuelo... pero se me hace que, cuando todo se ha volado demasiado, poner los pies en la letra es un modo también de volver a las fuentes. Por poner un ejemplo (y evitar el más trillado, el del uso del latín tan recomendado por el Concilio) pienso en el Diablo, tan desdibujado hoy en día, y nombrado en los documentos conciliares 17 veces... o en el Cielo, del cual tan poco se predica, y que los textos conciliares refieren en abundancia...


— Pensá que cuando Pablo VI puso de relieve la existencia real de Satanás y condenó los intentos de disolverlo en un concepto abstracto, muchos colegas teólogos le recriminaron al Papa el caer en una visión arcaica del mundo, el confundir lo que en la Escritura es estructura de la fe (el pecado) con lo que no es más que una expresión histórica y transitoria (Satanás)... Digan lo que digan algunos teólogos superficiales, el Diablo es, para la fe cristiana, una presencia misteriosa, pero real, no meramente simbólica, sino personal. Y es una realidad poderosa («el Príncipe de este mundo», como le llama el Nuevo Testamento, que nos recuerda repetidamente su existencia), una maléfica libertad sobrehumana opuesta a la de Dios; así nos lo muestra una lectura realista de la historia, con su abismo de atrocidades continuamente renovadas y que no pueden explicarse meramente con el comportamiento humano... Podríamos quizá decir que la desaparición de la conciencia de lo demoníaco pone de manifiesto un descenso paralelo de la santidad. El Diablo puede refugiarse en su elemento preferido, el anonimato.


— ¡Me está desordenando el reportaje, Padre! No era francamente mi intención conversar sobre demonios en esta bella mañana de otoño. Era sólo un ejemplo de asuntos conciliares evaporados en el posconcilio. Pero bueno, ya que le hincó el diente a Satán, antes de volver al Concilio dígame entonces algo también sobre el Cielo, así no le queda tan rengo el acento.


— Cielo es la plenitud definitiva de la existencia humana... Es algo primariamente cristológico. No un lugar ahistórico "al que" se llega... Esa plenitud no es para el cristiano simple música de futuro, sino lo que ocurre al encuentro con Cristo. Por eso hablar de Cielo no significa perderse en fantasías tropicales sino conocer con más profundidad la oculta Presencia que nos hace vivir de verdad y que, sin embargo, continuamente dejamos que nos la tape lo aparente, apartándonos de ella. El Cielo, en cuanto uno con Cristo, tiene el neto carácter de adoración. Donde Cristo es el templo escatológico (Jn 2,19), el "lugar" donde se rinde culto a Dios... claro que todos los elegidos no se encuentran "en" el Cielo unos al lado de los otros, sino que los unos con los otros son el Cielo en cuanto el Cristo único. Entonces toda la creación será "Cántico", gesto generoso de la liberación del ser adentrándose en el todo, y al mismo tiempo, penetración del todo en lo individual; alegría, en la que toda pregunta se resuelva y alcance la plenitud.


(Todo esto del Cielo lo dijo con un entusiasmo tal, que tuve interiormente que retractarme de un bruto prejuicio: no; definitivamente este hombre no era un mero fustigador del error y la perdición, sino un enardecido promotor de la Verdad y del Bien: del Cielo. Pero me pareció oportuno volver a la cuestión de la que procedíamos, para que él pudiera redondear esto de la letra del Concilio):


— Retomando el culebrón: digo, capaz que en vez de "re-interpretar" el Concilio lo que haga falta sea "des-interpretarlo": removedor y viruta y que quede la veta limpia de la noble madera original. ¿No?


— Pero claro. Si justamente estas absurdas situaciones (anticonciliares) han podido mantenerse hasta ahora gracias precisamente a la arbitrariedad y la imprudencia de ciertas interpretaciones posconciliares. Mostremos el verdadero rostro del Concilio y caerán por su base estas falsas protestas.


— Mire Usted. Le confieso que más bien imaginé que me insistiría en que el modo de desactivar el cisma fuera bajándole decibeles a cierta "conciliolatría"... Es que Usted mismo hace un rato me acaba de apuntar hacia allí desinflando esta tendencia a considerárselo un "superdogma" y refrescando las pretensiones más modestas y meramente pastorales de los Padres conciliares. Si lo corren para un lado, objeta que no se lo tome por superdogma, si lo apuran del otro, fustiga la minimalización... ¿Usted busca un "punto" o se trata nomás de salir a apagar incendios por donde crezca el fuego? Mire que la dialéctica no es heterodoxa... mientras sea la de Dionisio y no la de Hegel... Le propongo se pase en limpio respondiéndome esto: ¿cómo se cura esta crisis?


(No le gustó mucho mis desinhibidas y casi irrespetuosas estocadas. Pestañó un par de veces y como si sacudiera con ambas manos una cajita invisible a la altura del pecho, lanzó con vehemencia):


— Repito que para esta curación, el Vaticano II es una realidad que debe aceptarse plenamente. Con la condición, incluso, de que no se considere como un mero punto de partida del cual haya luego que alejarse a toda prisa, sino como una base sobre la cual construir sólidamente. Además, estamos recién hoy descubriendo la función «profética» del Concilio... He aquí por qué volver de nuevo a los documentos resulta hoy particularmente actual: ponen en nuestras manos los instrumentos adecuados para afrontar los problemas de nuestro tiempo. Estamos llamados a reconstruir la Iglesia, no a pesar, sino gracias al verdadero Concilio.


— Bueno. Le agradezco: ha Usted desactivado así el maldito péndulo. Espero francamente —sepa disculpar mi indomable desconfianza— que llegado el momento de dialogar con el Lefebvrismo el Papa o Prefecto de turno se expresen con igual contundencia.


Continuará......



el athonita


7 comentarios:

Anónimo dijo...

"Donde Cristo es el templo escatológico (Jn 2,19), el "lugar" donde se rinde culto a Dios... claro que todos los elegidos no se encuentran ―en‖ el Cielo unos al lado de los otros, sino que los unos con los otros son el Cielo en cuanto el Cristo único."
Puede ser mi falta de seso, pero ¿habrá algún lapsus en la redacción de la parte final "en cuanto el Cristo único"?
GRacias por la aclaración

Natalio Ruiz dijo...

Estimado anónimo:

Había, en efecto, defectos de redacción como por ejemplo eso que ve de - son comillas (ya arregladas) o justo ese texto llevaba una nota "Escatología, 1977".

Todo ello se debe a que ando con mínimo tiempo para editar correctamente y es un verdadero lío pasar del original al formato Blog. Con mínimos tiempos puse lo que pude y después arreglaré (porque los lectores se estaban impacientando....).

En cuanto a la idea..... en mi original figura igual y no debería resultar llamativa pensando al Card. Ratziger desde sus fuentes. Muy delicado pero prefiero no opinar.

Que conteste el ya no tan joven entrevistador o estimo que los amigos de San Isidro pueden dar otra visión o.....

Respetos disculpantes.

Natalio

Gabaon dijo...

No sé si esta entrevista ya la terminó el Athonita. Si no ha sido así, me gustaría verle preguntar al Cardenal qué piensa de la obligatoriedad del Celibato, qué siente de las propuestas de Suenens y de Schillebeeckx que a ese momento todavía están a su lado ('85).

Anónimo dijo...

Ludovicus dijo,

and yet, and yet...
Eso de volver al Concilio para curar el postconcilio me recuerda a Don Raúl, "los males de la democracia se curan con más democracia"...
Hay algo de simplista y facilista en escurrirle el bulto al problema del Concilio en sí, fraguado como sabemos y el Augusto Pontífice, ayer perito, sabe más que nosotros, que lo fue.

Anónimo dijo...

Es una entrevista real a ficticia?
Muy buena por cierto, felicitaciones.

Martin

Anónimo dijo...

A ver si entiendo bien: el reportaje es ficticio sólo en lo que a birra y almuerzo refiere. No así las respuestas del cardenal, que serían literales suyas. Y a ver si sigo entiendo bien: a Ludovicus, este Cardenal devenido en Papa, le resulta simplista y facilista y hasta alfonsinista. ¿Me comí alguna premisa menor?

—No, FRM, no siempre tus errores son lógicos; lo que te comiste fue la fineza del distinguido arte en distinguir: Ludovicus considera simplista y facilista el pensamiento o la acción, NO al sujeto pensante o actuante! ¡Cabecita de termo!

—Ah... ¡qué torpeza la mía, distraer tamaño distingo!

—¡Además, si de sujeto se tratara, los dardos van dirigidos al perito y no al pontífice!

— Juraría que él mismo ha avisado hasta el cansancio que nunca cambió su pensamiento: que los que se han corrido son los demás. Y aunque así no fuera: esta tosca idea de la “continuidad”... ¿es cosa del secretario de Frings o del Discurso a la Curia estrenando sotana blanca?

FRM

Anónimo dijo...

Ludovicus dijo,

FRM

Si alguien no cambió su pensamiento en los últimos cuarenta y cinco años es porque está muerto.
Otra cosa es lo que se puede decir y lo que no se puede decir después de vestirse de blanco.

Toto corde