lunes, 14 de diciembre de 2009

Joven Athonita entrevista al Card. Ratzinger (III)


(Llamó entonces al mozo para pedir más cervezas y una picada completa. Yo aproveché para dar vuelta el cassette. Lo veía no sólo muy dispuesto sino con ganas de darle rienda suelta a este sabroso diálogo. Así que no perdí tiempo y arremetí:)

— No sé si existe en alemán, pero en varias lenguas circula un dicho muy instalado que dice que la mentira tiene patas cortas. Le confieso que me llevo bastante mal con una gran cantidad de dichos populares, que ustedes los adultos compran por dos mangos y usan sin el menor análisis crítico. Pero éste en particular me provoca una profunda molestia: estoy por completo en desacuerdo. Y no es poco el vértigo que me produce constatar que los humanos pueden vivir y corretear por lustros, por décadas, por siglos cabalgando sobre faustas mentiras. El mismo aforismo, cruzando las generaciones a zancadas de garza, es muestra patente. Como tampoco —entrando en terreno eclesial— me va mucho aquello de Gamaliel: si no es de Dios, se pulveriza solo. Supongo que los exégetas ayudarán a relativizar aquella suerte de regla de oro del discernimiento, porque no sé, digo... hay males eclesiales que han durado cien años y algunos hasta mil, ¿o no?
Voy a esto: me resulta insólito fundar una apologética en la perduración de la Iglesia en el correr de los siglos. Y vamos que se hace. (De paso le abro un paréntesis, ya que aún no se inventaron los links: su Congregación debería no sólo corregir y amonestar cuando un teólogo dice algo osado, tras la frontera de la ortodoxia. Doble corrección y castigo habría que darle a los que simplemente dicen tonteras u obviedades, aun de este lado del coto. Un caso es este que le digo: “la Iglesia es obra de Dios, porque si no, hubiera desaparecido en alguna curva de la historia”. Mejor dejo de hablar y pregunto: ¿cómo lo ve Usted? ¿En qué apologética cree? ¿Hay algo empíricamente falsable que verifique la autenticidad del cristianismo?

— La única apología verdadera del cristianismo puede reducirse a dos argumentos: los santos que la Iglesia ha elevado a los altares y el arte que ha surgido en su seno. El Señor se hace creíble por la grandeza sublime de la santidad y por la magnificencia del arte desplegadas en el interior de la comunidad creyente, más que por los astutos subterfugios que la apologética ha elaborado para justificar las numerosas sombras que oscurecen la trayectoria humana de la Iglesia.[1]

— Ya sé que burdo seguro, pero pregunto si además de burdo sería falso decir que Usted se dedica en Roma a asegurarse la “ortodoxia”, a que todos los católicos pensemos igual...

— (se ríe) La síntesis entre catolicidad y unidad es una sinfonía, no es uniformidad. Lo dijeron los Padres de la Iglesia. Babilonia era uniformidad, y la técnica crea uniformidad. La fe, como se ve en Pentecostés en donde los apóstoles hablan todos los idiomas, es sinfonía, es pluralidad en la unidad.[2] Y ya que la nombra, quizás es útil recordar que en el término "ortodoxia" la segunda mitad de la palabra, "doxa", no significa "opinión" sino "esplendor", "glorificación": no se trata de una correcta opinión sobre Dios, sino de un modo correcto de glorificarlo, de darle una respuesta. Ya que esta es la pregunta fundamental del hombre que comienza a entenderse a sí mismo de la manera correcta: ¿cómo debo encontrar a Dios? Así, aprender el modo correcto de adorar -la ortodoxia- es lo que nos viene dado sobre todo por la fe.[3]

— Lo que es más preocupante (a mi ver) es cuando ya no el Prefecto para la Fe, sino un minúsculo grupo de Iglesia tiende a atrofiarse sobre sí misma, no sin la sorda convicción de ser portadores de la Verdad absoluta. Y no pienso en el Lefebvrismo, sino en moneda mucho más corriente y cotidiana: los movimientos eclesiales, con sus códigos, sus ritos, el fanatismo por sus fundadores... ¿cómo lo ve Usted?

— Por un lado soy muy amigo de estos movimientos. Pienso que son un signo de esta primavera y de la presencia del Espíritu Santo que esté regalando estos carismas nuevos a la Iglesia... Pero creo que es importante que estos movimientos no se cierren sobre sí mismos o se absoluticen. Tienen que entender que si bien son una manera, no son “la” manera; tienen que estar abiertos a otros, en comunión con otros. Especialmente debemos tener presente y ser obedientes a la Iglesia en la figura de los obispos y del Papa. Sólo con esta apertura a no absolutizarse con sus propias ideas y con la disposición para servir a la Iglesia común, la Iglesia universal, serán un camino para el mañana.[4]

— No le levanto el guante de lo de “primavera”... es Usted muy dialéctico; mejor dejémoslo ahí, así podemos pasear por más tópicos. Qué nos diría a los jóvenes respecto a la Liturgia...

— Estoy viendo cómo la nueva generación reencuentra el sentido del silencio, así como el sentido del esplendor de los símbolos, de la objetividad de una gran liturgia en la cual uno no se representa a sí mismo, no es animador, sino que representa el misterio más grande que puede haber para todo ser humano, que es la presencia del Señor.
Veo —y esto es muy natural— que el hombre y el alma cristiana no pueden perder completamente el sentido de esta riqueza, que quizás puede con todo ensombrecerse momentáneamente. Pero en la juventud, que ha vivido suficientemente estos nuevos descubrimientos de la información y la imagen, retorna ya el sentido de la gran liturgia auténtica y su dimensión contemplativa. Por otra parte, el clamor del espíritu cristiano, del pueblo cristiano, es tan fuerte, que no puede quedar sin respuesta. En este sentido, espero que con una nueva generación tendremos también un regreso auténtico de estos elementos tan importantes de la liturgia cristiana.[5]

— Nadie vuelve si no se fue: si dice “regreso”, supone un pródigo “egreso” o éxodo. Pero no quiero apretarlo ya más en este punto. Sino hablar de esta esperanza que Usted manifiesta en la nueva generación eclesial. Cualquiera podría sospechar que la cosa venía al revés: que los curas viejos eran los que se aferraban a una Liturgia más parca, más formal, más como acartonada, distante; y en cambio fueran los curitas jóvenes los que procuraran un poco más de buena-onda, de alegría, qué se yo... de “normalidad”, de cercanía en la Liturgia...

— Dejáme que te explique un poquito: con posterioridad al Concilio, muchos elevaron intencionadamente a nivel de programa la «desacralización», explicando que el Nuevo Testamento había abolido el culto del Templo: la cortina del Templo desgarrada en el momento de la muerte de cruz de Cristo significaría –según ellos– el final de lo sacro. La muerte de Jesús fuera de las murallas, es decir, en el ámbito público, es ahora el culto verdadero. El culto, si es que existe, se da en la no-sacralidad de la vida cotidiana, en el amor vivido. Empujados por esos razonamientos, se arrinconaron las vestimentas sagradas; se despojó a las iglesias, en la mayor medida posible, del esplendor que recuerda lo sacro; y se redujo la liturgia, en cuanto cabía, al lenguaje y gestos de la vida ordinaria, por medio de saludos, signos comunes de amistad y cosas parecidas.

— Más allá de la grasada en que se cristalizó, parece tener su teo-lógica...

— Sin embargo, con tales teorías y una tal praxis se desconocía completamente la conexión real entre el Antiguo y el Nuevo Testamento; se había olvidado que este mundo todavía no es el Reino de Dios y que «el Santo de Dios» (Jn 6,69) sigue estando en contradicción con el mundo; que necesitamos de la purificación para acercarnos a Él; que lo profano, también después de la muerte y resurrección de Jesús, no ha llegado a ser lo santo. El Resucitado se ha aparecido sólo a aquellos cuyo corazón se ha dejado abrir para Él, para el Santo: no se ha manifestado a todo el mundo. De este mundo se ha abierto el nuevo espacio del culto, al que ahora estamos remitidos todos; a ese culto que consiste en acercarse a la comunidad del Resucitado, a cuyos pies se postraron las mujeres y lo adoraron (Mt 28,9).
No quiero en este momento desarrollar más este punto, sino sólo sacar directamente la conclusión: debemos recuperar la dimensión de lo sagrado en la liturgia. La liturgia no es festival, no es una reunión placentera. No tiene importancia, ni de lejos, que el párroco consiga llevar a cabo ideas sugestivas o elucubraciones imaginativas. La liturgia es el hacerse presente del Dios tres veces santo entre nosotros, es la zarza ardiente, y es la Alianza de Dios con el hombre en Jesucristo, el Muerto y Resucitado. La grandeza de la liturgia no se funda en que ofrezca un entretenimiento interesante, sino en que llega a tocarnos el Totalmente-Otro, a quien no podríamos hacer venir. ¡Viene porque quiere!
Dicho de otro modo, lo esencial en la liturgia es el Misterio, que se realiza en el rito común de la Iglesia; todo lo demás la rebaja. Los hombres lo experimentan vivamente, y se sienten engañados cuando el misterio se convierte en diversión, cuando el actor principal en la liturgia ya no es el Dios vivo, sino el sacerdote o el animador litúrgico.[6]

(Se había acalorado notablemente el tan comedido y recatado alemán. Se ve que el tema lo “entusiasma”, por decirlo en positivo).

— Viene porque quiere. Me gusta esta expresión. Rompe tanto con lo mágico como con una Iglesia ‘con derechos adquiridos’ sobre Dios. Me ha desayunado con esto de que el ‘viene porque quiere’ sea sinónimo de Misterio... se me hacía que Misterio refería más a lo inasible de la Verdad divina para la inteligencia humana y Usted lo vincula a lo indomable de la Bondad divina que no es funcional a la voluntad humana. Ahora, recuperar la dimensión de lo sagrado es el epicentro del conflicto y de su solución. Ese “qué” me queda claro. No así el “cómo”... qué sé yo, se ofrecen por doquier combos a mi gusto demasiado blindados respecto a cómo ejecutar este rescate. Será que nuestra generación está podrida de los combos, de que siempre esto se coma (y se “deba” comer) con esto otro... Volviendo a la cita que trajo Usted de Tertuliano, pregunto: ¿costumbre o tradición? ¿Gestalt o Verdad? Para bajar a lo concreto de los paradigmas litúrgicos: ¿no es factible, por ejemplo, romper la alternativa cómbica “de espaldas y en latín” o bien “de frente y en vernáculo”?

—(ríe con ganas). Claro que sí. El ‘versus orientem’ yo soy un convencido que puede ayudar, ya que es una tradición de los tiempos de los Apóstoles, y no es sólo una norma sino la expresión de la dimensión cósmica e histórica de la liturgia. Celebramos con el cosmos, con el mundo. Es la dirección del futuro del mundo, de nuestra historia representada en el sol y en las realidades cósmicas... Los gestos externos no son sólo un remedio de por sí, pero podría ayudar dado que es una interpretación muy clásica de la dirección de la liturgia.
Ahora, lo otro... en términos generales, pienso que fue bueno traducir la liturgia en las lenguas locales porque la entendemos, participamos también con nuestras mentes. La presencia del latín en algunos elementos ayuda a darle una dimensión universal, darle la oportunidad a la gente para que vea y diga “estoy en la misma Iglesia”... Pero en general, las lenguas locales son una muy válida solución.[7]

— Mire Usted. Le confieso que pensé que iba a tratar de convencerme de que los combos no se tocan, no se mezclan, no se combinan... Me entusiasma esta “libertad” no de la voluntad sino de la inteligencia para reponderar cada elemento atendiendo a su peso específico. Me da Usted una inmensa alegría. Porque (para volver al ejemplo en cuestión) me entusiasma la idea de que el sacerdote (que es un ser humano como nosotros, que es parte del Pueblo de Dios) no nos enfrente sino que rece con nosotros, en nuestra misma dirección... pero que eso hubiera que comerlo sí o sí con el asunto de los latines, puntillas y almidones, me hacía mucho ruido. Sin entender un pito, intuía que ambos asuntos tenían pesos específicos muy diferentes. Como no menos, del combo vanguardista me dan ganas de “probarlo todo y quedarme con lo mejor”... claro que para eso hay que saber, ¿no?. Por caso, me entusiasma el rescate de lo bíblico y lo patrístico tras tantos siglos de barrocas “devociones a bobas” (como decía santa Teresa), y espiritualidades “kempísticas” del voluntarismo contrareformista. Me entusiasma la búsqueda de la pureza de las formas (al modo románico) deponiendo los ruidosos ribetes barrocos. Pero le confieso algo y le hablo ahora desde mi más crispada virulencia adolescente: no entiendo a los grandes en esa tara mental y afectiva por pendularlo todo. ¿Sólo cabía abrirse del barroco asumiendo una gélida iconoclasia? ¿Quitar los angelotes renacentistas implicaba enchapar los templos en fórmica, vidrio y aluminio? ¿No cabe una actuosa participatio sin show-man? Ni entiendo esto otro, que no se inscribe en la tragedia del péndulo, sino... qué se yo, en la llana contradicción: se habla de la acuciante necesidad y urgencia por alejarnos del clericalismo del Novecento, y su funcional desprecio al laicado como cristianos de cuarta. Y acto seguido (por ser benévolo y no decir: en el mismo acto) el cura se adueña del centro de la escena para ser el tipo piola, el showman que nos quiere comprar a todos... No lo entiendo, Padre. No digo ‘no estoy de acuerdo’, sino algo previo: no lo entiendo; no entiendo siquiera la lógica interna que pueda tener eso en el propio ideario de los más entusiastas reformadores: querer sacar al cura del centro... instalándolo en el centro. Me da la bruta sensación de que la necesaria desclericalización desembocó imprevistamente en una hiperclericalización... Reforzar, como lo hace el Concilio, la idea casi topográfica, del cura tomado de entre los hombres y colocado a favor de los hombres para que ofrezca, como hermano de los hombres, el Sacrificio por los pecados de todos... pero en vez de hacer de punta de lanza, salta el mostrador para ponerse “gegenüber” (enfrentándonos)... Más que por tradicional o no tradicional, me resulta, en la gramática gestual, un tanto disléxico...

— La idea que sacerdote y pueblo en la oración deberían mirarse recíprocamente nació sólo en la cristiandad moderna y es completamente extraña en la antigua. Sacerdote y pueblo ciertamente no rezan el uno hacia el otro, sino hacia el único Señor. Por tanto durante la oración miran en la misma dirección: o hacia Oriente como símbolo cósmico para el Señor que viene, o, donde esto no fuese posible, hacia una imagen de Cristo en el ábside, hacia una cruz o simplemente hacia el cielo, como hizo el Señor en la oración sacerdotal la noche antes de su Pasión (Jn 17, 1). Mientras tanto se está abriendo paso cada vez más, afortunadamente, la propuesta hecha por mí: no proceder a nuevas transformaciones, sino proponer simplemente la cruz al centro del altar, hacia la cual puedan mirar juntos el sacerdote y los fieles, para dejarse guiar de tal modo hacia el Señor, al que todos juntos rezamos.[8]

— Ya le dije que me gusta esto que acentúa del desenfoque del celebrante para tornarnos hacia el Señor. Me gustaría sacarlo del contexto litúrgico y traspolarlo al ejercicio más general de la vida eclesial. No lo tome a mal, pero... ¿no le parece, Padre, que la Iglesia vive demasiado pendiente de sí misma, como esas adolescentes que se pasan horas al espejo depilándose una ceja? Me atrevo a planteárselo sin vueltas porque me parece que me dejó ese “pie” al comienzo de nuestro diálogo, con aquello de que la decadencia de los holandeses se inició el día que empezaron a hablar de sí mismos...

— Creo que en este sentido tenemos mucho que aprender. Sí: nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, de las cuestiones estructurales, del celibato, de la ordenación de las mujeres, de los consejos pastorales, de los derechos de estos consejos, de los sínodos... Trabajamos siempre sobre nuestros problemas internos y no nos damos cuenta de que el mundo tiene necesidad de respuestas, no sabe cómo vivir. Esta incapacidad de vivir del mundo se ve en la droga, en el terrorismo, etc. Por tanto, el mundo tiene sed de respuestas, y nosotros nos quedamos en nuestros problemas. Estoy convencido de que si salimos al encuentro de los demás y presentamos a los demás de manera apropiada el Evangelio, se relativizarán y resolverán incluso los problemas internos. Para mí este es un punto fundamental: tenemos que hacer el Evangelio accesible al mundo secularizado de hoy.[9]
Hay que recortar la autoexaltación del hombre y de las instituciones; todo lo que se ha vuelto demasiado grande debe volver de nuevo a la sencillez y a la pobreza del Señor mismo.[10]

— Ahora convengamos, Padre: que se diga esto desde el ala más “tradicional” de la Iglesia no deja de ser curioso. Digo, porque se los suele asociar a la pompa y lo fastuoso; mientras que los sectores más de avanzada patrocinan la sencillez y la pobreza. Y respecto a la “institución”, los conservadores viven en la nostalgia de aquella exitosa y triunfal “Cristiandad”, mientras la progresía dice querer una Iglesia más abyecta y sin halagos. Pero vuelven las paradojas: cuando la Iglesia decidió no aplaudirse más, empezaron las aplausos en las iglesias...

—Y sí. Es importante denunciar el peligroso y nuevo triunfalismo en el que caen con frecuencia precisamente los contestadores del triunfalismo pasado. Mientras la Iglesia peregrine sobre la tierra no tiene derecho a gloriarse de sí misma. Esta actitud podría resultar más insidiosa que las tiaras y sillas gestatorias, que, en todo caso, son ya motivo más de sonrisas que de orgullo.[11]

— Si tuviera que elegir una, una sola palabra-clave como consigna, como norte, sobre todo para nosotros los jóvenes, ¿cuál escogería?

— Adoración. Y lo pienso en la diferente acepción de la palabra «adoración» en griego y en latín. La palabra griega es proskynesis. Significa el gesto de sumisión, el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos seguir. Significa que la libertad no quiere decir gozar de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según la medida de la verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos, verdaderos y buenos. Este gesto es necesario, aun cuando nuestra ansia de libertad se resiste, en un primer momento, a esta perspectiva. Hacerla completamente nuestra será posible solamente en el segundo paso que nos presenta la Última Cena. La palabra latina adoración es ad-oratio, contacto boca a boca, beso, abrazo y, por tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque Aquel al cual nos sometemos es Amor. Así la sumisión adquiere sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser.[12]

— Esta pregunta me la va a tirar por la cabeza... porque otra vez procura sacarle una respuesta desmatizada. Y es: ¿cuál es el peligro más grande al que está expuesta la Iglesia actual? Hemos repasado algunos escabrosos tópicos y muchos otros no. Desde los desmanes litúrgicos hasta la pederastia, el costumbrismo y el vano optimismo... Pero si le pusieran sobre su mesa de trabajo todos los órganos inmunodeprimidos del cuerpo de la Iglesia y le dijeran: proteja a uno, levántele las defensas a uno solo, ¿en qué Flandes trincharía su pica?

— Creo que el peligro más grande está en que nos convirtamos en una organización social que no esté fundada en la fe del Señor. A primera vista, parece que sólo importara lo que estamos haciendo y que la fe no es tan importante. Pero si la fe desaparece, todas las otras cosas, como hemos visto, se descomponen. Pienso que existe el peligro, con todas estas actividades y visiones externas, de subestimar la importancia de la fe y perderla, comenzar a vivir en una Iglesia en la que la fe no sea tan importante.[13]

— ¿No le digo? Usted, si llega a Papa, qué amor ni esperanza: ¡nos va a machacar con la fe! Díganos entonces algo sobre la fe. Hoy se invierte mucha energía, devaneo y hasta ingenio por traer a la fe a los incrédulos. Como si la cosa fuera sin más por sí o por no: tengo fe, no tengo fe. Me pregunto si “el peligro más grande” no sea que los que tenemos fe la agüemos, se nos diluya, se nos evapore, o sin morir del todo quede vegetando en su versión más raquítica... digo, ¿hay energías teológicas y pastorales bien invertidas en este sentido? No sé si soy claro: no un libro de apologética que me diga: “razones para empezar a creer”, sino una tapa en que se lea en grandes letras: “el arte de engordar la fe”...

(El Cardenal miró el grabador y me preguntó si podía pararlo un rato. Que él tenía un rato más, pero estaba muerto de hambre; que si yo contaba con ganas y tiempo, me invitaba a almorzar, ahí mismo. Ante mi algo ruborizado natürlich, mit vergnügen, llamó muy suelto al mozo y pidió dos menúes.)


Continuará...


el Athonita



[1] Informe sobre la Fe, Diálogo con Vittorio Messori; Alpes tiroleses, 1985.
[2] Encuentro con periodistas, Universidad Católica de san Antonio de Murcia, 2002.
[3] Prólogo Opera Omnia 23 Reportaje al canal EWTN, septiembre 2003.
[4] Reportaje al canal EWTN, septiembre 2003.
[5] Humanitas, Ibid, 2001.
[6] Discurso al Episcopado chileno, Valparaíso, 1988.
[7] Reportaje al canal EWTN, septiembre 2003.
[8] Prólogo a la Opera Omnia.
[9] Encuentro con periodistas, Universidad Católica de san Antonio de Murcia, 2002.
[10] Jesús de Nazaret, 2007.
[11] El Nuevo Pueblo de Dios, 1968.
[12] Homilía Misa de clausura Jornada mundial de la juventud, Marienfield, Köln, 2005.
[13] EWTN, septiembre 2003.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

che athonita,
el dialogo apunta a descentrar a la Iglesia de sí misma y te la pasas hacièndole preguntas sobre la Iglesia...
esperemos a ver que pasa en la parte IV.
por lo demás, ta bueno.
Preguntale algo acerca de Jesucrito que el tipo sabe.

maxwell smart 86

Anónimo dijo...

No funciona el acceso directo a los pie de páginas; y la tercera cita no se entiende bien de dónde está sacada.
Por lo demás: impactante.