martes, 22 de diciembre de 2009

Joven Athonita entrevista al Card. Ratzinger (IV)


— ¿No le digo? Usted, si llega a Papa, qué amor ni esperanza: ¡nos va a machacar con la fe! Díganos entonces algo sobre la fe. Hoy se invierte mucha energía, devaneo y hasta ingenio por traer a la fe a los incrédulos. Como si la cosa fuera sin más por sí o por no: tengo fe, no tengo fe. Me pregunto si el peligro más grande no sea que los que tenemos fe la agüemos, se nos diluya, se nos evapore, o sin morir del todo quede vegetando en su versión más raquítica... digo, ¿hay energías teológicas y pastorales bien invertidas en este sentido? No sé si soy claro: no un libro de apologética que me diga: “razones para empezar a creer”, sino una tapa en que se lea en grandes letras: “el arte de engordar la fe”...

(El Cardenal miró el grabador y me preguntó si podía pararlo un rato. Que él tenía un rato más, pero estaba muerto de hambre; que si yo contaba con ganas y tiempo, me invitaba a almorzar, ahí mismo. Ante mi algo ruborizado natürlich, mit vergnügen, llamó muy suelto al mozo y pidió dos menúes. Le recordé que a Ángelo Scola le encanta repetir el cuento de que siendo él un joven estudiante, el Cardenal lo había invitado a almorzar ahí mismo, en Baviera y que tras explicarle entusiasta los pormenores de cada plato típico y recomendarle vivamente y convencerle que se pidiera la mitad del menú, le dijo al mozo: y a mí, lo de siempre. Y el pobre Scola tuvo que vérselas con variedad de platos y cervezas negras ante un impertérrito Ratzinger que masticaba estoico un sánguche con una limonada.[1]



Se rió y me aseguro que no, que estaba muerto de hambre.



Ya empuñados los cubiertos para atacar a su schnitzel mit kartoffelsalat, con parecido entusiasmo y energía le hincó el diente a la cuestión sobre la Fe):


— La situación del creyente es, sobre todo, una actitud: la palabra 'creo' entraña una opción fundamental ante la realidad como tal; no significa afirmar esto o aquello otro, sino más bien se trata de una forma primaria de situarse ante el ser, la existencia, lo real, todo lo propio de uno mismo o la misma realidad. [...] Digámoslo de otro modo: la fe es una decisión por la que afirmamos que, en lo más íntimo de la existencia humana, hay un punto que no puede ser sustentado ni sostenido por lo visible y comprensible; sino que linda de tal modo con lo que no se ve, que esto le afecta y se le presenta como algo necesario para su existencia.[2]

— Aunque así planteada, la Fe parece francamente más a mano (en definitiva, se trata de una decisión, como tantas que uno, con o sin vértigo, toma en la vida); digo, a pesar de eso, le confieso que guardo como una suerte de ‘esperanza’ de que alguien me explique la Fe más bien como un acto de conocimiento, como una operación cognitiva ‘subsidiada’ si se quiere, o ‘alternativa’ al conocimiento sensible o racional... pero conocimiento contante y sonante al fin. Quéseyo, que la fe tenga que ser ‘sostenida’ por una decisión, además de sonarme a una mera apuesta (me juego a que sea por acá), me resulta acalambrante que haya que ‘sostenerle la vela’ a las verdades creídas, durante toda la vida, con hercúlea tenacidad... cuando estas verdades —si en verdad son verdaderas— cabría sospechar que alumbraran con luz propia...

— A esta actitud de creer se llega (enfatizó este verbo con timbre y gesto) sólo por medio de lo que la Biblia llama "retorno", "conversión". El hombre tiene que cambiar de posición para darse cuenta de lo ciego que es al fiarse solamente de lo que sus ojos pueden ver. La fe siempre tiene algo de ruptura y de salto y siempre ha sido una decisión que afecta a la profundidad de la propia existencia, un cambio continuo del ser humano al que solo se puede llegar por medio de una firme resolución... La fe es la forma de situarse o posicionarse el hombre entero de modo firme ante la realidad.[3]

— Pensé que se venía la pleamar de su dialéctica y que arremetería con un ‘sed etiam’ que rescatara el ejercicio de la inteligencia en el acto de creer. Pero no. Y a mí gusto (no se enoje) con esto que agrega la sigue devaluando: ahora resulta directamente que para creer primero hay que convertirse... ¿Era Sartre el que decía que la Iglesia era como una tienda de ropa sin espejo ni probador?

— El contexto de la fe —casi silabeando, remarcó la sabrosa palabra Zusammenhang (contexto)— es el acto de conversión, el cambio del modo de ser, que pasa de la adoración de lo visible y factible a la confianza en lo invisible. Formalmente, la expresión 'yo creo' se podría traducir por 'yo paso a', 'yo acepto'. Con palabras de Heidegger, podemos afirmar que la fe es un 'viraje' de toda la persona, que estructura toda la existencia posterior.[4]

— Evidentemente la palabra “Fe” es un término análogo; y no sólo en su vasto abanico de acepciones no-religiosas, sino que incluso como virtud teologal maneja márgenes importantes, ¿no? Cuando Usted dice que es un modo de situarse ante la realidad, empiezan a surgir los sabores de corte más mental; en cambio si machaca con que es salto, resolución, ‘yo acepto’, vuelve a la boca el metálico sabor a voluntad. Remarca Usted lo de ‘la persona toda’, ‘el hombre entero’... ¿será que ante el acto fe nuestra griega distinción entre inteligencia y voluntad hace nomás agua y sea imprescindible aferrarse al Hombre bíblico, al Hombre entero?

— Efectivamente, la fe es una orientación de la totalidad de nuestra existencia: es una opción fundamental que se extiende a todos los ámbitos de nuestra existencia y que, además, sólo se alcanza si es portadora de todas las fuerzas de esa existencia nuestra. La fe no es un acontecimiento meramente intelectual, ni meramente voluntario, ni meramente emocional, sino todo ello a la vez: es un acto del yo en su totalidad, de la entera persona en su unidad abarcante. En este sentido, en la Biblia se le designa como un acto del 'corazón' (Rm 10,9)[5]
Creer cristianamente significa comprender nuestra existencia como respuesta integral a la Palabra, al Logos que todo lo sostiene y lo soporta. Significa afirmar que el sentido que nosotros no podemos construir y que sólo nos atañe recibir, nos ha sido regalado; de manera que lo único que hemos de hacer es aceptarlo con todo el ser y fiarnos de él.[6]

— Me empieza a gustar: la Fe como recibida donación de Logos. Si me permite insistirle en mi obsesión: no es que me interese entender la fe; pero sí me interesa que la fe entienda!

— ¡Claro que entiende! Creer es entender gracias a ‘algo’ que hemos recibido: acoger a Cristo, comprender todo con Él y después permanecer en Él.[7] El acto de fe consiste en un proceso en el que tanto la razón como la existencia individual desbordan sus propios límites; es un tomar la razón individual, aislada y escindida, y encauzarla hacia el espacio de aquel que es el Logos, la Razón y el Fundamento racional de todas las cosas y de todos los hombres...[8]

— Offshorizar el conocimiento hacia el ‘in altum’ de... ¡la mente de Cristo! ¿Eso es la Fe? ¿No pensar a Cristo sino directamente tener y operar con la mente de Cristo? Esto sí que no me lo esperaba...

—La fe -como te decía- requiere una conversión. Pero la conversión es un acto de obediencia a aquello que me precede y que no tiene origen en mí mismo. Y esta obediencia permanece, porque aquello que me precede, una vez que lo he conocido, no se convierte en una parte de mi pensamiento; ocurre exactamente lo contrario: soy yo el que me convierto en él; y así, esta fe permanece siempre por encima de mí mismo. Además, para el cristiano, lo que le precede no es un 'algo', una cosa, sino que es una persona; mejor todavía, un "Tú". Es Cristo, el Hijo de Dios hecho carne; Él es el nuevo inicio a partir del cual pensamos. Él es el nuevo sujeto, en el que ha desaparecido el límite de la subjetividad, han saltado por los aires las barreras entre sujeto y objeto, de manera que puedo decir: yo, pero ya no sólo yo.[9]

— Me entusiasma mucho lo que me dice, Padre. Mucho... Tan distinto a lo que puede llegar a sonar el Credo recitado en Misa, donde parece más bien que creo en cosas, como quien tilda apuestas a lo Pascal o resultados posibles del Prode...

— No, claro; el enunciado clave de la Fe no es 'creo en algo', sino 'creo en Ti'. Es encuentro con el hombre Jesús, y es en ese encuentro que se experimenta el sentido del mundo como persona. La fe es, pues, encontrar un Tú que me sostiene y vive de una inteligencia que no existe en estado puro, sino de una Inteligencia que me conoce y me ama; la Fe vive de un poder confiarme a Él con la misma seguridad con que un niño ve resueltos todos sus problemas en el tú de la madre.[10]

— Hmmm, con esta última imagen volvemos a categorías preracionales. ¿No valdrá decir que se trata de un acto de confianza... pero confianza que se cristaliza en conocimiento?

— Cuando decimos: 'te creo', es tanto como decir: 'confío en ti', 'pongo mi confianza en ti'; quizá incluso 'me apoyo en ti'. Y este Tú en el que yo confío me da una certeza... distinta, claro, pero no menos segura que la que viene del cálculo y de la experiencia.[11]


— A ver... capaz que con esto de los idiomas se me esté enredando la cosa por astringir el sentido de las palabras. Queda claro que no es una mera apuesta sino una certeza. Pero eso no lo homologa sin más a tratarse de un acto de conocimiento (que es mi secreta ilusión y sospecha). Por eso no me cerraba el ejemplo del bebe ante su madre: tiene certeza de que nada malo ha de pasarle en esos brazos... ¿pero tiene conocimiento de esa certeza? O en ejemplo más actual de nuestra propia experiencia: yo tengo plena certeza de la altura de la torre Eiffel o de que Aníbal cruzó los Alpes, porque son datos impermeables a la corrosión de la duda... pero no porque yo haya hecho la experiencia cognitiva de ellos. ¿La Fe es algo así? ¿Es certeza al modo como se confía en la profesora de geografía o el noticiero de la tele? ¿O me vincula al acontecimiento a percibir? Digo (para explicarle mi ilusión y sospecha), si Dios es tan bueno y tan poderoso, ¿por qué habría de limitar su ‘limosna’ a regalarnos unos peces de su propia pesca en vez de regalarnos la caña de pescar? Ya sé: no nos ‘debe’ ni lo uno ni lo otro... pero bueno, pregunto nomás... porque si es lo primero, me suena a un oftalmólogo que sabiendo y pudiendo operarle la vista a un ciego, le regalara un impecable bastón blanco y todavía le explicara: no sabés, es el último modelo; ya no hace falta doblarlo en tres sino que viene con reducción telescópica... Fah!
Con todo respeto: no me caería muy bien un Dios así...

— (Se ríe; pero de inmediato retoma un semblante muy serio, para decir, escogiendo lentamente cada una de sus palabras): El amor que procede de la fe ha de ser un amor comprensible, que no se contenta con darle al otro pan, sino que le enseña a ver. Pero si la fe, como amor, concede la facultad de la visión, tal como se dice plásticamente en el relato de la curación del ciego de nacimiento (Jn 9), aquí se expresa ya algo sobre la fe misma: esta fe no es un acto ciego, una confianza sin contenido, una vinculación a una doctrina esotérica o algo parecido. Todo lo contrario: quiere ser un abrir los ojos, un abrir al hombre a la verdad. La fe, en el sentido del Nuevo Testamento es algo más que una confianza elemental: el contenido creído forma parte de la forma estructural de la fe cristiana... Al principio es una fe de 'segunda mano', tan solo una entrada hacia la fe 'de primera mano', hacia el encuentro personal con el Señor.[12]

— Lo que me dice es música para mis oídos. Igual, desde mi supina ignorancia, se me hace que en esto deben haber si no escuelas, al menos ‘acentos’ diversos, ¿no? Pienso, por ejemplo, en la tesina del Papa reinante cuando alumno del Angelicum, sobre la Fe en san Juan de la Cruz... ahí ambos (el Doctor y el doctorando) articulan mucho esta categoría de “lazarillo”; la Fe como lazarillo.
Seguramente sin negar nada de esto, logra Usted complementarme la idea con esto de la Fe como auténtica visión. Aunque descarto que no refiere a la visual de los ojos corpóreos, ni a nada experimentable...

— ¡No te creas! Sin experiencia, no hay conocimiento: la afirmación es válida para cualquier incumbencia de lo humano. Sólo la experiencia de Dios puede formar el conocimiento de Dios... El tema de la experiencia y de la fe se ha ido haciendo cada vez más apremiante en los últimos años... Lo que late en torno a estas dos ideas (fe y experiencia) es la estructura del espíritu y del conocimiento humanos, el problema de cómo puede entrar Dios en el espíritu del hombre.
Jesús enseñaba fundamentalmente mediante parábolas y comparaciones. Es un hecho que las comparaciones no son un truco pedagógico del que se puede prescindir alegremente... No obstante, la realidad de Dios es siempre mayor que nuestras experiencias, incluidas las que tenemos sobre la divinidad... La fe parte de la experiencia, pero nunca se reduce a una experiencia que está allí sin más. Dios -que es siempre mayor- solo puede ser conocido en la superación del 'siempre más', en la corrección permanente de nuestras experiencias. Y así es como fe y experiencia configuran el continuum de un camino que debe llevar a metas cada vez más lejanas. Y con esto contesto un poco tu pregunta inicial sobre la fe: sólo de la mano de renovados progresos de la fe, crece la auténtica "experiencia de la fe".[13]

— Entiendo. La Fe engorda por repetición de actos, y actos que constituyen experiencias. Ahora, pregunto: cuando Usted habla de ‘experiencia’, ¿refiere directa y exclusivamente a la experiencia personal de Dios o cabe ampliarla a algún otro terreno —tal vez más accesible para muchos— donde otra realidad, más humana, también hecha experiencia, ofrezca pastos para el engorde de nuestra Fe?

— Algo mencioné cuando hablamos de apologética. Me refiero a la figura de los santos, que proporciona una expresión elevada de este fenómeno creyente cotidiano y constituye una de las funciones esenciales de la Iglesia. Los santos (como figuras vivientes de una fe experimentada y contrastada, de una trascendencia experimentada y acreditada) son, por así decido, ámbitos vitales en los que se puede entrar, en los que -en cierto modo- se almacena la fe como experiencia, se acondiciona antropológicamente y se acerca a nuestras vidas.[14]

— ¡Uau! Me deja Usted muy impresionado. No sé si es que Usted es muy original o yo muy ignorante, pero jamás había escuchado, ni imaginado, que el famoso ‘Depósitum Fidei’ más que un vetusto arcón lleno de cosas, fuera un Cuerpo viviente, un ámbito vital, donde la Fe late cual el pulso contrastable de un viviente.
Pero retrocedo un par de casilleros para retomarle el asunto este de la calidad cognitiva de la Fe. Queda claro que conoce. Pero, ¿cuán ‘cristalino’ es su acceso a lo conocido? Quéseyo, me cuesta convencerme que ese uso vulgar con que empleamos el verbo ‘creer’ en casi todos los idiomas, no guarde ninguna escala con nuestro acto de fe. Cuando digo ‘creo’, normalmente lo que estoy aseverando es no estar del todo seguro, pero tener orientado el juicio hacia esa dirección. Es como algo más que la mera duda, pero algo menos que la rotunda certeza. No sé si será lo óptimo, pero pregunto, ¿no es esa también una posibilidad en el campo religioso? ¿Acaso puede ser tan perfecto un conocimiento cuya certeza hay que andar pechando con la voluntad desde afuera de la inteligencia, porque ésta última sola no logra cerrar el caso?

— Es cierto que se dice, por ejemplo: 'creo que mañana hará buen tiempo'; o bien: 'creo que esta o aquella noticia no dice la verdad'. La palabra 'creer' equivale aquí a opinar: expresa una forma imperfecta de conocimiento. Se habla aquí de fe donde no se ha alcanzado el estatuto de saber. Muchas personas piensan que este significado de fe vale también en el ámbito religioso y que, entonces, los contenidos de la fe cristiana son un nivel previo e imperfecto del saber... Sin embargo, para los creyentes cristianos, la expresión 'creo' indica una certeza absolutamente peculiar, en algunos aspectos mayor que la de la ciencia; pero, desde luego, también lleva en sí misma un momento de 'sombra e imagen', un momento de 'todavía no'.
Cierto es también que el asentimiento del acto de Fe es causado por la voluntad, y no por la comprensión directa del entendimiento: en esto consiste la particular forma de libre albedrío en la decisión por la fe. Con esto se muestra la particular estructura espiritual de la fe. La fe no es solo un acto del entendimiento, sino un acto en el que confluyen todas las potencias espirituales del hombre... Ahora, sólo porque el fundamento del alma, el corazón, es tocado por Dios, es que se pone en marcha toda la estructura de las potencias espirituales que confluyen en este sí de la fe... Cuando el corazón entra en contacto con el Logos de Dios, con la Palabra encarnada, se toca ese íntimo punto de su existencia»[15]

— Ser tocado por el Logos, alcanzado por el Verbo, Quien pone en marcha toda la maquinaria interna del acto humano... creo que empiezo a entender. Al menos me ventila y oxigena la zona más encerrada del asunto que es esto de la voluntad instigando al entendimiento a que diga ‘ajá’... Es que me da miedo la autosugestión, me aterra que el convencimiento admita el reflexivo: “convencer-se” de algo me da pánico... tengo como fobia al autismo y la paranoia de que cualquier movimiento en falso, me puede tullir y atrofiar hacia un adentro sin retorno... Por eso, de la puesta a punto de la Fe, me importa –más que su funcionamiento mismo- su origen, su “ex”. Ya lo sé, san Pablo dirá: Fides ex auditu... pero acépteme que con eso corremos un poco la frontera, pero sin franquear los límites del propio yo. Sigo siendo yo el que escucha... No sé si entiende mi inquietud...

— Perfectamente. La fe no es fruto de mis pensamientos, sino que me viene de fuera. Esto es crucial. Por eso, la Palabra no es algo de lo que dispongo y cambio a mi antojo, sino que es anterior a mí mismo: precede siempre a mi pensamiento. La nota peculiar del acontecimiento de la fe es el carácter positivo de lo que viene a mí, de lo que no nace en mí y me abre a lo que no puedo darme a mí mismo. La fe depende por tanto de algo más que está fuera de mí mismo.[16]

— Bien. Con eso queda fundada la Fe al menos fuera del radio de gravitación del propio yo. Para mí era crucial que esa “cosa” llamada Fe no brotara como un hongo del suelo sino que cayera cual meteorito del cielo.
Resuelto el origen, pregunto entonces por la meta... aunque la Carta a los Hebreos nos prevenga de que se trata redondamente de lo mismo. Pero digo meta no tanto como objetivo sino como objeto, aunque debe ser lo mismo, capaz. Me importa esto: ¿qué enfoca la Fe? ¿A mi yo creyendo o al Dios creído?

Y con esto hago una voltereta da capo, pues de lo mucho que me viene diciendo, me ha quedado clavada como una daga eso de que la Iglesia se enferma en la medida en que se mira, se analiza y se concentra en sí misma... Y no puedo dejar de aplicar esto a la Fe... ¿era el cardenal Newman el que insistía que la verdadera Fe es incolora, o sea, transparente? Creo que dice algo así como que a través de la Fe el alma contempla a Cristo, pero que el alma sana repara tan poco en la Fe como el observador lo hace en el aire que atraviesa su mirada. Mirar a Cristo, remata el inglés, es quedar justificado por la Fe; pero pensar en que uno está justificado por la Fe es apartar la mirada de Cristo y hundirse, como Pedro caminando sobre las aguas...


continuará...


el Athonita


[1] [N. del E.]: Lo cuenta Scolla con mucha gracia al prologarle a Ratzinger su autobiografía (Mi vida, 1997)
[2] Introducción al Cristianismo, 1968
[3] Ibid.
[4] Teoría de los principios teológicos, 1985
[5] Evangelio, Catequesis, Catecismo, 1993
[6] Introducción al cristianismo.
[7] Fe y Futuro, 1983
[8] Teoría de los principios teológicos, 1985
[9] Conferencia en Toronto, 1986
[10] Una mirada a Europa, 1993
[11] La cita es de Fe y futuro, pero en realidad es una charla radiofónica del año 1970.
[12] Teoría de los principios teológicos, 1985
[13] Ibid.
[14] Ibid.
[15] Convocados en el camino de la Fe, 2004
[16] La Palabra en la Iglesia, 1976

10 comentarios:

Odysseus dijo...

Yo no sé si al Athonita se le habrá ocurrido preguntar en aquel tiempo lo que quiero que pregunte... Si no, como en "Volver al futuro" que vuelva y le le pida que nos cuente un poco más de esa antopología de raíz bíblica que intenta ser más unitaria al mirar al hombre. A ver qué cambia en este presente. :-P

el Athonita dijo...

Cosas locas trae esto del neomundo ciberespacial... que hasta los hábitos monásticos logra modificar y algo peor aún: el beneficio de la duda en la plegaria.

Digo,,, al haberme descubierto en estos días, a los pies del Pesebre, pidiéndole “Al-Que-Viene” por cada uno de ustedes. Lo extraño del caso es que, El Rezado —en su contundente inminencia— me sabía más “real” que los rezados... Pero no me dejé aturdir y arremetí con firmeza: por Natalio, Señor, y los Ruiz todos; por ambos FMR (y no le obvié el distingo: el de Cuyo y el de siempre); recuerda a tus hijos Gabaón y Odysseus; no sueltes de tu Mano a las bellas y candorosas Mary y Ruth: tuyas son; por el Coronel Kurtz y Pablo de Rosario y sus batallas; por Santopoco y Milkus, por Ludovicus, Tollers y no menos, por quien me introdujo en estas tierras ingrávidas de la blogósfera, el apreciado Wanderer; ya cuando le espeté: atiende las súplicas de tu hijo Maxwell Smart, un leve escozor me corrió por la espalda, como al racionalista cuando apurado por alguna circunstancia termina recorriendo a yema abierta el áspero yeso del santo implorado...

Hoy, ante el abrumadoramente real Verbo en Carne, renuevo mi tímida fe: creo Señor rotundo y Dios manifiesto, creo que estos señores con los que dialogo el año entero, existen. Creo también en el Athonita, que sin ser yo mismo tal vez sea y sea parabién y viva en mí.
Pero cuánto más real eres Tú, Señor y Dios mío, envuelto en el lúdico y amoroso velamiento de Carne y Pan: a tus divinos Pies no puedo más que exclamar con Sofronio: ¡nada, Señor, nada es más real que Tú!

Feliz Navidad les deseo a todos y me comprometo a “nombrarlos” in pectore al celebrar esta Medianoche el Sacrificio que torna buena toda noche. Como dice el saludo de este año de este Monasterio: les deseo a Dios de Dios; que den con Dios y queden con Dios.

padre Athonita

Gabaon dijo...

¡Dios! ¡Qué privilegio haber sido alcanzado por Cristo! ¡Hasta por mi versión cibernética se levantan plegarias delante de su trono!

También he orado por usted Athonita.

Él es el Sumo Bien. Adorado seas Señor.

Ruth dijo...

¡Gracias, Athonita! ¡Muchas gracias!

¡Feliz y Santa Navidad para Ud., el dueño de casa y todos los reunidos en este living!

Anónimo dijo...

Ludovicus dijo,

Muchas gracias Athonita.

Quien sabe, la oración por Maxwell Smart irá por el blogger y por Don Adams, que falta le hará.

Toto corde

Anónimo dijo...

Ludovicus dijo,

Uuups...
Escribí esto y el otro día encontré lo siguiente en la Wiki: "Adams was born Donald James Yarmy in Manhattan,[1] a son of William Yarmy and his wife Consuelo Deiter. His father, a restaurant manager, was of Hungarian Jewish ancestry. However, his mother raised him in her Roman Catholic faith"

Estamos rodeados... Siga nomás rezando por ambos Maxwell Smart.

Anónimo dijo...

confirmo mi existencia y reclamo la plegaria que me beneficia

Abrazo a todos

el Super Agente 86
(Maxi, como me dice la '99)

Juan Ignacio dijo...

No sé si es el lugar apropiado, pero dónde sino.
¡Feliz Navidad!
(Tengo pendiente esta interesantísima serie).

Odysseus dijo...

Padre Athonita, gracias por su oraciones!

el Athonita dijo...

Denada, para todos los agradecimientos. En verdad no había nada que agradecer, pues lo obsequiado era triplemente ajeno: ajeno el regalo in se, ajeno el cash con que lo adquirí e incluso ajeno en el rol mismo de obsequiarlo. Lo mío –como dice un texto antiguo- no es siquiera ser mediador: es ser relator.

Ody, busqué sin cronos ni fortuna textos de antropología bíblica del Padre José, que desplegaran más sus categorías, pero no di. Si hallo algo, te aviso.

Que este año feliz sea en verdad nuevo para todos.- Para no gastar pólvora en chimango, piola es arrancar machacándose hasta que entre, aquello cristalinamente revelado:

“Hay muchos proyectos en el corazón del hombre,
pero sólo el Plan de Dios se realiza

Proverbios 19,21


ath.-