lunes, 4 de enero de 2010

Cuando Jesús tenía ocho años


El padre lo mira, casi sin verlo. Sólo por la calma penumbra del candil adivina sus rasgos y sin esfuerzo completa por dentro lo que la lumbre adeuda. Aun en días de prisa —como lo era éste— es más fuerte que él: lo gana el quedarse ahí, perdiendo el tiempo, el precioso tiempo, mirando cómo el niño duerme.
Sí: ‘cómo’ duerme... porque ciertamente, hay un cómo en esto y qué cómo...
Manos apretadas, cual si haciendo fuerza, apenas entumecidas, como manoteando un inasible adentro. Rozagante, destilando salud, respira intensamente, como quien se esmera en un quehacer interior de importante incumbencia.
Todos los niños —piensa el padre— se tornan notablemente serios y adultos al dormir; pero ninguno como este niño...

Una secreta certeza tiene que ver con esta demorada diaria en zamarrear al crío para levantarlo: es la convicción de que en el sueño de este Niño ocurren cosas. (Con los años y la afincada costumbre de dilatarse con largueza mirándolo dormir, llegó incluso a sospechar más: capaz que ocurran cosas porque este Niño sueña).

Lo cierto es que costaba despertarlo.
Había un modo paterno de hacerlo, que sin ser violento era vehemente: nombrarlo con voz firme por su nombre tomándole ambas diminutas manos en las suyas. Pero también había ingenio materno, tan exquisito como eficaz: sin hablar, sin tocarlo, gustaba la Madre inclinarse sobre el dormidísimo y soplar sobre su purísimo rostro. Una vez. Dos veces. Tres veces. A la tercera, indefectiblemente, Iéshuah empezaba a despegar los párpados hasta que dos briosos ojos negros la miraban, encendiendo la sonrisa de ambos: el mirado y la mirada. Y ahí sí, la Madre le susurraba alguna cosa, acompañada de algún gesto, como el abrirle con suavidad esos puños afanosamente apretados, o despejarle la transpirada frente del enmarañado y oscuro pelo. “Arriba, hijo” solía alcanzar como consigna. Aunque por temporadas, volvía una frase que se había tornado casi como un ritual casero —¡qué familia no los tiene!— donde Madre, tras echarle el viento a la cara, ante esos ojos cristalinos, le susurraba: “Iéshuah, déjate soplar, y que el Viento de Yahvé te remonte en vuelo.”

Claro que todo eso solía ocurrir varias horas más tarde, con el sol ya despuntado. Pero era hoy un día especial. Distinto. Era el Niño quien había insistido con obcecada insistencia en querer acompañar al padre. Hasta que José dijo bueno. Y Madre, deteniendo su revolver, mirando a su esposo con cara de: ¿vas a poder con él todo el día?, sólo remató con mirada muy firme en el hijo: ¡atento a tu padre en todo, sin distracción! Y hubiera querido espejarle la consigna a su esposo, pero se contuvo y sólo lo miró con silenciosa complicidad.

Y el Niño feliz. Se encargó de avisarle al barrio entero que iría al campo con su padre. “A trabajar” remarcaba con ceño muy solemne.
Claro, a qué si no.

Y así es que Padre e Hijo parten muy de madrugada de la casa al campo. Aún es de noche. La Mujer les prepara, a la luz del celemín, unos panes y unas frutas para pasar el día. El rostro de Iéshua cuenta hoy con una seriedad absoluta. Como si a indelegable misión partiera. Madre aprieta los tientos de la desatada sandalia del niño, le acomoda el pelo y lo besa en la frente. Desde el umbral del hogar despide a ambos y aunque es de noche, con los brazos en jarra, permanece apoyada sobre la jamba de la puerta viendo cómo se recortan las figuras de ambos sobre el horizonte que ha empezado tímidamente a enrojecer.

En la noche estival, sólo vibra el croar de ranas sobre el ritmado fondo de los grillos. Y la brisa aún fresca tan ajena al calor abrumador del día en ciernes. Y el horizonte va mutando, con silenciosa estridencia, sus rojos y naranjas que progresan en luz.

Padre e Hijo avanzan a paso firme y sereno, cuesta arriba, hacia la colina cultivada, donde les aguarda la faena del día. En verdad sólo al padre tocará trabajar. Lo del hijo es un decir. Él sólo sabe jugar. Jugar delante de su padre. Pero a madre, parientes y vecinos el niño se lo ha dicho muy de veras: mi padre trabaja y yo también trabajo.
Como sea, de faena han salido antes de la aurora y ésta los ha sorprendido ya sobre la cresta de la colina; sobre el tupido monte en que ondean los trigales.
Allí, el dorado mar flamea con parsimonia y simetría. Y el sol despunta majestuoso. Como asomaría la dorada cabeza de un adulto león emergiendo en horizonte. Y sin demora y sin zozobra, inicia su litúrgica consigna de preñar de luz el aire, el cielo, el mar de trigo y el rostro purísimo del niño, que lo mira absorto.

Y el padre hebreo se detiene.

Deja el atado de víveres al borde del camino, y mirando hacia el Naciente, toma con firmeza la diminuta mano del niño. “Es la hora del Shemmá, Iéshuah”, murmura sin más.

De todo el programa que implicaba para el niño que su padre lo llevara a un día de faena rural, nada, absolutamente nada era más esperable que esa instancia: la hora del Shemmá. Y la voz gruesa del padre entonó el letánico rezo de la aurora, bañados ambos con la luz del Origen. Y la delgada y pura voz del niño no se quedó atrás: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu fuerza…
Y el cosmos entero, en pasmo severo, contuvo su voz. Trigo en el campo, trigo en los ojos, trigo en la voz de un Verbo eterno hecho infante palestino, hecho orante matutino.

Mira los campos dorados: parecen aguardar con ansia la hora de su siega, le dice José a su hijo. Y mientras éste pasa la jornada correteando entre el denso trigal, el padre a destajo va recolectando parvas de rebosantes espigas. Sólo la oscura cabecita del niño asoma, cual barca diminuta, por entre las olas doradas del trigal. Y sus manos, ínfimas, extendidas cual ave en lúdico vuelo, van rozando las puntas de la era, al son de una danza llena de infante señorío. A su paso, el trigal se arquea entero, adorando la imprevista presencia de su Autor.

José, empapado en sudor, descansa su fatigado cuerpo, gravitándolo entero sobre la punta de su zapa y apoyando la pera sobre ambas manos mira al Niño. A su Niño, cómo no.
Grácil, piensa. Esa es la palabra más precisa para describirlo.
Ingrávidamente grácil.
No le ve los pies, pero no le cuesta imaginarlos despegados del suelo, librado ese diminuto cuerpo humano al soplo del Viento, planeando sobre las alas de térmicas invisibles, casi como el dedo de un ágil escribiente pudiera garabatear sobre la arena, palabras tan inútiles como bellas. Danza Jesús sobre el dorado mar trigueño.
Calandrias y mariposas, zorros y cervatillos, el viento mismo, y hasta el bruñir del calor parecen ofrendarle secreto contrapunto a Quien, entre floreo y juego, orquesta la más bella sinfonía jamás escrita.

¿Por qué hay que lastimar el trigo para que haya pan?, pregunta Iéshuah ya de camino en retorno al hogar. Y José -hombre de pocas luces, o mejor, de una sola Luz- acostumbrado a las preguntas del niño a su cargo, sin perder la vista del sinuoso sendero, con un tono quedo, como quien repite sin entender un dictado interior: en el monte, Dios proveerá… y aprieta con ruda firmeza la frágil y diminuta mano del Niño, como percibiendo peligro.

María los espera. El niño apura el tranco ya en la recta final a la casa y se confunde feliz entre los pliegos del vestido materno, siempre cobijo y siempre fiesta. Ella se engolfa entera sobre él, le besa la cabeza y lo mira casi verticalmente desde arriba, tan sólo para verle en los ojos cómo le fue.
Y esos intensos ojos, sin más gramática que la muda hermosura, le dan a entender que en Dios hay delicia, y esta Delicia es la vida de este Niño entre los hombres.


el Athonita

3. I. 2010

Notas del atareado blogger Natalio:
1) Gracias Athos por aportar, yo terminé el anterior y arranco el nuevo del mismo modo: corriendo. Si fuera por mí habría un profundo silencio....
2) Las imágenes de las fotos se pueden adquirir en diversos formatos (uno es un ícono el otro una escultura, ambos creo que se pueden conseguir como estampas, etc.). Para adquirirlas pregunten al mismo Athos de dónde las saca porque hay evíos para todo el país e incluso hay "sucursal" del Athos en Baires...
3) Feliz Navidad y Santo Año Nuevo para todos los lectores. Espero que este año concretemos el prometido asado o una apetitosa picada o al menos una birra digna.

10 comentarios:

el Athonita dijo...

monje bruto! Donde dice "de véraz" léase "de veras".

Natalio Ruiz dijo...

Bruto el copiador en todo caso!!!! Ya lo arreglé.

Respetos ortográficos.

Natalio

el Athonita dijo...

Cuando Jesús tenía 8 años parece escrito por cuando el Athonita tenía 8 años... aunque a los 8 este muchacho casi ni hablaba la noble lengua castellana.

Digo, pues sigo viendo horrores ortográficos y hasta dislexias sintácticas...

Vaya con razón la Fe de errata (expresión enigmática si las hay...):

1. de entrada nomás: por celemín intentaba decir candil... se me revolvió Mt V y enroqué los sentidos: la frase de Jesús es q no debe ponerse la luz, o sea el candil, debajo del celemín sino sobre el candelero,,, el griego celemín dice "modios", que es el almud, la medida de volumen, q luego se empleó para aludir al cajón portador de esa medida, y del cajón, a la mesa....

2. aunque hoy se admitan ambos, lo más gallardo es transpirar: aunque la negrada traspire.

3. Seño es la amada dama que nos robara el corazón en el jardín de infantes. El que Jesús arquea solemne en este texto es su ceño, claro.

4. Por más h-onda que uno le ponga, los trigales ondean, no hondean.

5. Y parsimonia, Athos, par-si-mo-nia,,, debe venir de pars, al menos como mnemotécnica.-

Lo otro a acotar en alterno orden correctivo, es que todos nos quedamos esperando que cerrara el quiasmo, y el divino Niño volviera, agotado por la faena, a su apacible sueño, donde ocurren cosas o porque ocurran cosas...

Athos, el otro, el mismo

Anónimo dijo...

Bellìsimo.

Anónimo dijo...

Ludovicus dijo,

Bueno, parsimonia puede venir de "parcere" y la errata es más bien erudita. La culpa la tiene el español, tan impiadoso -en comparación con el inglés- a la hora de respetar la morfología de origen.
Lo que pasa es que
me pregunto por qué no corregimos cuando escribimos en internet. Este medio es ansiógeno y ha logrado poner ansioso a un monje y le hace perder la parsimonia de corregir. Qué le vamos a hacer.
Abrazo

Natalio Ruiz dijo...

Creó que sha estan correjidoz loz erorez de ortogragia.

Rezpetoz.

Natalio

Gatonegro dijo...

La gran siete con los tipos. ¡Cómo escriben! Con Todo respeto Natalio, me parece que puede ir armando otro blog, porque este ya tiene demasiado nivel para usted.
Saludos cordiales.

Natalio Ruiz dijo...

Estimado Gatonegro:

Estoy en completo desacuerdo con ud. Estos "tipos" escriben bien porque tienen "Pep Guardiola" en el banco que los pone.... No desprecie el trabajo que se hace desde el banco, no es soplar y hacer botella esto de hacer brillar a los virtuosos.

Si no me cree consulte con Maradona, Bilardo y Mancuso....

Respetos.

Natalio

Anónimo dijo...

Ya que habló el banco: la hinchada pide a gritos: póngalo de nuevo al reportaje Ratzinger, que estaba buenísimo y no se sabe cuántas partes más nos está adeudando! ¿Tan mal jugaba como para mandarlo al banco? ¿O es que no le quedan amarillas?

En este Tiempo de Epifanía, vaya esa arenga que casi todos los años escucho en el Athos: "si la Epifanía no es Teofanía, somos los más imbéciles de los hombres!"

FRM

Anónimo dijo...

Muy bello.
Me hizo acordar a esta escena, del minuto 7:40

http://www.youtube.com/watch?v=6NlViFwxIpQ&feature=related