viernes, 15 de enero de 2010

Escoge el Fuego y vivirás


O la abominación de la disolución

El firmamento, como un poco dice su nombre, alude a lo firme, lo inconmovible, lo estable.
Las aguas, por el contrario, son su más abrupto opuesto: son lo feble, indefinido, lo amorfo, el caos primordial.
Y entre ambos: la tierra, nuestra statio, nuestro transitorio hábitat, en esta anástasis emergente desde el caos líquido hacia la contundencia celestial.

Acoplado a la idea muerte-vida, los antiguos y sus cosmogonías veían en la imagen plástica de la tierra firme el surgir de lo determinado desde lo amorfo, el emerger de lo concreto, lo sólido, de entre las entrañas de lo vacuo y fútil.

(Escueta apostilla para filósofos: palabra cara a la metafísica escolástica es aliquid —algo—: un trascendental poco estudiado, cuya convertibilidad con el ente tiene —a mi ver— más tela para cortar que la hasta ahora cortada...)

Noé viendo que las aguas retrocedían, que Dios colgaba su arco guerrero sobre el gancho firme de su firmamento, y la paloma traía su olivo, podía exclamar: tras el caos líquido, llega el orden sólido. Y nace una nueva humanidad.

También de Cristo Señor, emergiendo hidalgo del Jordán, nace un Hombre nuevo. Él inaugura un tiempo nuevo. Y avisa: se acabó el ‘nosismo’ (Chesterton) y el ‘masismo’ (Dolina): este es el tiempo firme, el tiempo de las contundencias; tiempo del sí, sí; no, no.
Yo hago Alianza contigo, Pueblo mío, y prometo no más lodos: el tiempo de los pantanos ha terminado. Pisa firme, Pueblo mío, que hay piedra a tus pies. Ya no parto la roca para que emerja agua: ahora parto las aguas para que haya roca.

La paloma de Noé volviendo con olivo en el pico avisa: donde hay brizna hay rama; donde hay rama hay tronco; donde hay tronco hay árbol, hay raíz, hay suelo firme.
La Voz de Dios anunciando Este—Es—Mi—Hijo—Amado avisa algo parecido: ha llegado la Religión de las contundencias. Ha llegado a su fin la Era de los divagues, de los ambages, de las perífrasis equívocas, del gatopardismo farabute, de la retórica recóndita y sinuosa, del masomenismo pálido, inane y macilento. (Linda etimología la de “contundencia”, del verbo latino “túndere”, que dice sin más: paliza, bife bien puesto, tunda).

Sí: retroceden las disolventes aguas inocuas y escurridizas, y emerge límpido, en nitidez y precisión, un empuñable Logos de impecable dicción y foco.

“Este” en Boca de Dios, tiene el sabor, la empírica sensación de quien habiendo perdido pie por haberse puesto a nadar con irresponsable riesgo mar adentro, tras arduo braceo, verticaliza su postura y percibe, con un gozo indecible —gozo que es certeza— que hace pie, que hay firmeza bajo sus pies.
“Este”, dirá Mateo. Lucas y Marcos lo registran como palabras del Padre a Jesús: “Tú”. Lo mismo da: en todo caso es un Dedo divino señalando con inequívoca precisión por dónde pasa la Salvación, la Verdad, la Vida.
Quien perciba cómo “reposa” el Dios infinito e inasible sobre esta “localizable” Sabiduría en Carne tiene resuelto —palabra clave— el conflicto crónico de una Humanidad que hace agua por todos lados y que nada anhela más que la tierra firme de lo certero e inequívoco.

Belén, Epifanía, Caná, Bautismo, son como cuatro postales de un mismo panorama: la Teofanía de un Dios macizo, autor de una obra maciza, de un proyecto macizo, de una propuesta maciza y de promesas macizas. Un Dios de trazo firme, decía Péguy... tan grácil como firme. Dios no sólo no se equivoca —aporta Simone Weil—; además, es inequívoco.

Cristo, tras sumergirse en el Jordán, no saca la cabeza de abajo del agua y se aleja de la escena a nado. Nada de nado. Emerge con hierática verticalidad, dejando como escabel de sus pies las aguas anodinas. Emerge de las entrañas del amorfo caos en idéntico trazo con que emerge victorioso del sepulcro, o nimba erguido flameando sobre el Tabor o se eleva solemne en la Ascensión... o —¡no menos!— emerge, puro y alado, tras las palabras consecratorias, del sombrío altar pétreo hasta el altar del Cielo (per manus sancti Angeli tui... in sublime altare tuum).
Del triunfo de Noé sobre las aguas nos queda como señal el rumboso arco iris.
Del triunfo de Cristo sobre las aguas se nos otorga la imagen ígnea y gallarda de un erguido Señor, que flamea derecho, trazando sobre el cosmos un Camino Recto, sin curvatura ni serpenteo alguno.
Él es el Camino Real, Camino Viviente, Camino derecho que vincula, sin vueltas, lo líquido de “la Desolación de la Disolución” con la firmeza del Firmamento paterno.

Entre Caos y Cielo: un Logos hecho surco y estela. Y su canteada seña es: la nitidez de la Cruz, que se recorta prístina, con sus cantos y aristas filosas y derechas.
La Alianza Nueva y Eterna no se expresa ya en lo curvo, sino en lo recto. La esfera —ayuda Chesterton— se asfixia en su propia redondez, mientras los brazos de la Cruz se expanden sin límites, sin jamás deformar su rectitud.

El Cristo erguido no es agua atravesada de luz. Es Luz atravesado por la Luz (Lumen de Lúmine, decimos en el Credo). Él es la diáfana Verticalidad de la Luz sin doblez. Él es la empinada y aplomada Columna de Fuego: tan férrea como grácil; tan áspera como tersa; tan concreta como inasible; tan precisa como indómita. Pero rotunda, inequívocamente rotunda.

Cristo sobre las aguas del Jordán es una impecable espada, bruñida y filosa, pulida y refulgente, apuntada y anclada al Cielo. Para que el firme firmamento cristalice, cuaje, fragüe y hasta vulcanice estos desolados “tiempos líquidos” (Zygmunt Bauman).

Cristo de pie, sobre un mundo líquido: esperanza de la Gloria.
Cristo de pie, sobre una cultura líquida: esperanza de la Gloria.
Cristo de pie, sobre una conciencia líquida: esperanza de la Gloria.
Cristo de pie, sobre una Iglesia líquida: esperanza de la Gloria.

El flamígero Cristo de pie, con bieldo en la mano (imagen que se han esmerado en ‘licuarnos’ hoy, vaya ejemplo inmediato) es como un Obispo empuñando con vigor su báculo, puesto por el Padre “en funciones”, ungido para iniciar su ministerio apostólico.

Es el Cristo Sólido y Solvente (bella palabra castellana, esta última, pues es el participio pasivo del verbo solver, que hoy empleamos como resolver. Solvente no es el que disuelve sino el que resuelve, el que tiene crédito contundente y capacidad rotunda para hacerlo. Sólido, como vocablo, tiene su bella historia también, como moneda de oro romana, valuada en 25 denarios de oro...

*****
Hay personas acuosas y personas fogosas.
Hay pensamientos acuosos y pensamientos fogosos.
Hay opciones aguachentas y opciones ardientes.
Incluso —por qué disimularlo— hay vertientes eclesiales líquidas y vertientes férreas...

Ante un mundo magro, diet, edulcorado, acuoso, laxo, híbrido, tibio, fláccido, mortecinamente pálido, Cristo se nos presente como una propuesta de Fuego. ¡Basta de agua! —nos grita desde Caná— Ha llegado la Hora, y ya estamos en ella, de abrazar una Religión fuerte; fuerte como un vino de prensa: pesado, perfumoso, vigoroso, corpóreo. Fuerte como la muerte. Fuerte como el Amor.


Desde los bajos pantanosos del Jordán hasta las cumbres rocosas del Tabor, resuena sobre el Evangelio y sobre la Cristiandad el inequívoco y diáfano mensaje salvífico: es “Este” —y no otro— en Quien se abre la filiación divina y el amor del Padre sobre los hombres. Escúchenlo y punto. Sin soda. Sine glosa. Sin vacua prolepsis, ni paráfrasis, ni apostilla.
Sobre todo: sin “aditivos”... tanto barrocos como posmodernos.

Escúchenlo y punto, qué tanto.
Pues es “Este”.

Vino a traer Fuego a la tierra. Vino a prender fuego a la cansina languidez del exangüe viandante posmoderno. Y su Fuego arde sobre nosotros; y su Fuego hace retroceder —en nosotros— las pantanosas tierras movedizas del maldito masomenismo cuyo macabro fango ya nos llega al cuello...
De entre medio, o mejor: del más profundo centro de ese fango interior, Cristo Fuego se eleva en cabriola y danza majestuosa. ¡Anástasis!, casi como una onomatopeya, es el diamantado grito de guerra, la arenga egregia y viril con que sin arrumacos ni soflamas, somos arrancados de la Nada —de la insoportable levedad de la nada— a la firmeza y contundencia del discipulado incondicional, donde ser hijos y amados del Padre.
En la Verdad sin redondeos.
Como el Sábado Santo en el Averno Adán escucha: ¡salgamos de aquí!, con parecido timbre y brío el Bautismo de Cristo nos arranca hoy del crónico pantano de nuestro cristianismo diluido y devaluado.

Mientras el agua arrastra y se arrastra, de menos en menos, disolviendo cuanto embebe, redondeando cuanto erosiona... el fuego se eleva, gallardo, indómito, consumiendo la escoria y bruñendo lo noble.
Fuego gravita al Cielo. Agua repliega al caos...

Como dice la Escritura bajo otro nomenclador: hoy pongo ante ti el agua y el fuego: si optas por agua, morirás disuelto en la nada; escoge el fuego y vivirás. Pero ojo también: si eliges ambos... se te evaporará la Fe.



el Athonita


Fiesta del Bautismo del Señor 2010

3 comentarios:

Natalio Ruiz dijo...

Ajo ajo yo me rajo.

Respetos vacacionales.

Natalio

el Athonita dijo...

Por recóndita razón, se retira sin estridencias el mejor blog que tuviera la Argentina: ENS.

A su apreciado autor sean dedicadas entonces estas rústicas letras, en gratitud por tanto Fuego mutado en tinta, para lumbre y calor de incontables lectores. ¡Gracias Eduardo!

el Athonita, su humilde lector

Ruth dijo...

Me hizo recordar El gran divorcio de Lewis, donde la Realidad Celeste es maciza, consistente, sólida, luminosa, y los hombres, ante Ella, se ven como fantasmas, inconsistentes, transparentes, opacos. Al principio les resulta duro y doloroso caminar Ahí, pero si siguen caminando hacia las Montañas, ellos mismos se van "solidificando". Lo digo muy rudamente, pero en el libro es hermoso y es una de las imágenes que más me gusta.

Hermoso el post! Sobre todo Cristo como Columna de Fuego que emerge de entre las aguas.

(Natalio, si subir al Athos fue difícil, le aseguro que bajar lo fue mucho más. ¡Qué bien se está ahí! Uno quisiera levantar tres tiendas en el Monte...)