viernes, 19 de febrero de 2010

Cristianismo Mendigo I: Presión atmosférica

Para comenzar la cuaresma propongo una serie de tres entregas del Athos que, me parece, tienen un tiempo. Si bien para él son más propias del Adviento, me gusta el planteo como camino o "programa" cuaresmal. Es, por otra parte, la misma idea con la que arrancamos la Cuaresma pasada y donde se descubrieron las coincidencias que taparon alguna antigua diferencia...

El Athos está con ustedes (¿o con vosotros? volveremos sobre el punto....)

Natalio

Pd: Recuerdo y recomiendo los artículos (del 2008) de Ignis Ardens sobre la historia y la espiritualidad de la Cuaresma:I, II, III, IV, V así como su Vía Crucis con textos de Columba Marmión.


Presión atmosférica

Nada mejor que comenzar este Cuadernillo con una bella “anécdota” de nuestros queridos padres del Desierto. Se trata de un tal Máximo que se internó en el desierto resuelto a poner en práctica el mandato del Señor “hay que orar siempre, sin interrupción”. Convencido de que no podía ser este versículo una suerte de consejo optativo, exagerado y hasta casi extravagante...se empecinó en llevarlo a cabo, dedicando largas horas a repetir el Padrenuestro, salmos, y cánticos. Pero el tedio y la distracción le hacían imposible atrapar lo que parecía esencial al mandato: que fuera “siempre” y no “de a ratos” por más prolongados que estos fueran. Y mientras redoblaba los esfuerzos por mantener la concentración y la tenacidad por permanecer ininterrumpidamente orando, pedía a Dios “el secreto”, “la clave” para que esta empresa faraónica fuera simplemente factible.


Y sola llegó la respuesta: primero su huerta fue arrasada por la peste y pasó hambre, intenso hambre que lo mantenía suplicando a Dios por unas migajas de pan... Luego fueron los terrores nocturnos, miedos y tentaciones, que lo tenían, literalmente, “con el Jesús en la boca”. Luego se enfermó, luego un huracán arrasó con su vivienda, luego lo amenazaron malhechores...y el pobre Máximo no paraba un instante: ¡Señor Jesús, Hijo del Dios vivo: ten piedad de mí, pecador!” grito que ya brotaba solo al ritmo de su agitada respiración...Y este orante había alcanzado la oración continua, aprendida en la única escuela capaz de enseñarla en su versión genuina: la necesidad. Y recordó que entre las palabras de Jesús estaba ésta, que en su propósito inicial había pasado por alto: “es necesario orar siempre, sin desfallecer”. Cuando ya anciano sus discípulos le preguntaban quién le había enseñado a orar, el viejo Máximo sólo contestaba: “Sencillamente, los demonios”.

Las pruebas -las simples y pequeñas como las complejas y grandes- son el “clima” indispensable para que nuestras súplicas se desarrollen como conviene. Sin el peso de esa presión, nuestra oración de súplica se torna pesada y apesadumbradora. Una paradoja similar a la que se da con el clima: cuando hay poca presión atmosférica, en vez de sentirnos más livianos, nos sentimos más pesados que nunca...

Sin el peso de la “prueba nuestra de cada día” levantar los brazos al Cielo se tornaría una tarea faraónica y desfalleceríamos en el intento. “Las lágrimas -como dice el salmo 42- son verdadero pan” con que se nutre nuestra plegaria.

No sabemos pedir como conviene, sencillamente porque no sabemos gritar como conviene, ni sabemos articular nuestras carencias como conviene.

Cuando Jesús avisa misteriosamente que aún no hemos pedido NADA, que recién cuando lo hagamos seremos escuchados, está apuntando a esto mismo: todavía no han logrado presentarse ante Dios con la crudeza de mostrarle sus cuerpos y almas llagadas, enfermas, laceradas por el pecado, por la angustia, por la impotencia de ser pura carencia. Sólo cuando nos presentamos como pura necesidad ante Aquel que todo lo puede y quiere, estamos empezando a suplicar como conviene a la Verdad de ambos. Cuando logremos ponernos por nombre propio -como Juan bautista- “yo soy el-que-tiene-necesidad” (Mt 3,14)... seremos escuchados.

Creemos que nuestro conflicto oracional se centra en la falta de amor: que oramos con poco amor. Y esto es cierto. No obstante hay algo previo y fundante de lo otro: sólo la verdad es amable. Es más: la verdad es inflamable al amor como la nafta a un fósforo. A nuestra relación con el Señor le falta mucha verdad, y es muy factible que éste sea el meollo de todos nuestros problemas en la oración. No logramos ser-yo-mismo -sin caretas ni barnices- ante el triple Ser-Sí-Mismo del Dios Amor Verdadero.

el Athonita

5 comentarios:

Javier Vicens y Hualde dijo...

Don Natalio: Que Dios le pague esta amabilísima y luminosa entrada.

Natalio Ruiz dijo...

Que se la pague al Athonita que es el luminoso!

En cualquier caso, gracias Padre por la visita y el comentario.

Respetos cuaresmales.

Natalio

Anónimo dijo...

He comprobado en carne propia la verdad de estas palabras.
Fueron tres veces en mi vida que pedí bien, que recé bien, y las tres veces se me concedió lo pedido.

La primera, aunque muy improbable, era una tontería si hoy lo veo, pero, a mis nueve años, era para mí muy importante. Las dos posteriores sí fueron de mayor importancia.

Estas tres veces, y ahora pensando creo que "sólo" estas tres veces, tuve plena certeza que lo pedido me sería dado.

Saludos,

Anónimo dijo...

Ernesto dijo,

pues aquí quiero aprovechar la amabilidad del Athonita para formularle una pregunta. En circunstancias como las que señala, se me hace casi imposible rezar. Bajo presión (enfermedad grave, dificultades ìmprobas) no lo puedo hacer. Es como si Dios no existiera, no lo encuentro de ningún modo. No así en la oración de agradecimiento, o en los momentos serenos ¿alguna explicación?

Natalio Ruiz dijo...

La imporancia de llamarse Ernesto...

Respetos.

Natalio