martes, 23 de marzo de 2010

Todas las mañanas del mundo


Jesús fue al monte de olivos.
A la aurora, volvió al Templo.
Le ponen delante a la mujer adúltera.
Jesús, inclinándose,
comienza a escribir en el suelo
con el dedo.

Jn 8,1-6


La tierra es maleable.
Por eso, a fin de grabar
de modo grácil y dúctil
la Ley nueva a transmitir,
la escribió en
tierra.

Santo Tomás de Aquino



Silente amanecer sobre brumoso Moldava —sentenció hacia sus adentros Jaromir, en respuesta a su propio juego: qué nombre le pondría al cuadro que enmarcaba la desvencijada ventana de su bohardilla.
Ciertamente estaba amaneciendo en una Praga aún quieta y otoñal. La bruma lo velaba todo con sus aristocráticas sedas. Los cobres del lúdico horizonte, ungiendo los olmos de la ribera confesaban que la paleta del supuesto pintor celaba con esmero el manejo de una sola gama. Jaromir se acordó de los períodos de Picasso y completó la ficha técnica de su curiosa pinacoteca: Silente amanecer sobre brumoso Moldava, del período ceniza y olivo.
Frotándola entre dos dedos, jugaba con una birome, ante un desmarañado pilón de hojas lisas color arena, llenas de desordenados garabatos, mientras sus ojos y entrañas seguían allí, inclinadas sobre el hiriente cuadro. —¿Qué estás escribiendo? —preguntó con desgano y en sordina la voz de ella sin sacar la cara apretada contra la almohada. Tras lo cual, se incorporó bruscamente sentándose sobre sus talones en el centro de la cama, que era una maraña de sábanas, edredones y almohadas: todo en incólume blanco. También ella era de una blancura transparente. —En serio, —insistió— ¿qué escribís?
—Mahler decía que él no componía, sino que era compuesto; yo no escribo: soy escrito —dijo de un tirón Jaromir sin darse vuelta ni distraerse de la aurora “en ceniza y olivo” en pleno acto. No perdía ese curioso hábito de sembrar el chiquero de perlas. Hacía no menos de diez años que se acostaba semanalmente con esa misma prostituta, en esa misma bohardilla, enredado en esas mismas sábanas... y un perverso placer le provocaba percibir la patética estulticia humana hecha estampa en la impermeable mueca de esa pobre mujer sin seso ni entraña, incapaz de alojar una palabra grave.
Era un modo, un tanto proléptico, de castigarse a sí mismo y constatar su propia deformidad en ese rostro lascivo y carnal, vacío y banal.
Se incorporó y le entregó los treinta euros en clara señal de pedirle que ya se fuera. Para volver a sumergir su dolor en ceniza y olivo.
Pensó en su mujer, en sus niños. En el intenso y vivo desayuno de su familia arrancando —apenas a unas cuadras de allí— un día normal y corriente: que mochilas de colegio, que tostadas a medio morder, que el firmado del cuaderno de notificaciones, que el celular, que el chirrear de la cafetera, que llaves... todo tan lejos y tan a la vuelta de su abrumada aurora.
Y las hojas de arena, empacadas, resueltas a rechazar su tinta. Noli me tangere, parecían decir. Y volvió a su cabeza la legendaria frase de Gustav Mahler...

Al quitarse las enlazadas manos de la cara, el Padre Jean-Luc no vio más que al Cristo crucificado enarbolando su inmenso y caótico escritorio, atiborrado de libros, folios, agendas, llaves, diccionarios, apuntes, un cenicero rebalsado de colillas y un cigarrillo casi entero vuelto intocada ceniza... —Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo —balbuceó para sí, pero notó que la briosa expresión del salmista, impostada desde sus entrañas carecía ya de aroma y color.
Lo habían enviado a estudiar exégesis bíblica a una pulcra universidad romana, como una salida elegante del pestilente fango en que llevaba escareándose por años: “perícopas lucanas en el evangelio de san Juan” decía el macilento título de la tesina en ciernes. Pero nadie había reparado en lo obvio: que el ladrón lo llevaba puesto; consigo. Como la lepra y el cáncer: van con uno. La lacerante apostasía interior también. Cuando la Fe deja de salar, ¿quién puede devolverle el sabor?
—Tanta cabriola para seguir en las mismas —pensó. “¡Mañana, mañana!” decían las pisadas de aquel cura de The Priest de Foulkner... para mañana volver a decir mañana, remataría san Lope de Vega. Claro que su caso no se salvaba anulando la dilación del propósito. ¿Acaso era factible volver a creer a fuerza de fuerza, por determinada determinación?
Suspiró sobre el Crucifijo, reparando en que el Cristo tenía los ojos muy cerrados. Más que expresar muerte —pensó— parecía esforzarse en apretarlos cerrados, como un niño que prefiere no mirar o como quien procura no distraer una lectura o escritura interior. Y brotó sola la plegaria, esta vez sin noria: —¿Qué lees, Señor mío; qué lees o escribes tan ensimismado en ese adentro sin fondo mientras en mi diminuta cáscara de nuez el agua me llega al cuello?
La Fe nace de la escucha —recordó—. Sólo el arenoso silencio, sin señas ni marcas, puede recibir la indómita caligrafía médica del punzante Logos. ¡Pero me ha tocado en suerte un Dios mudo alegando ser Palabra! —murmuró más con dolor que con bronca. Y recordó la no menuda paradoja que anota Borges: Aquel que se dice Verbo, Aquel de quien se han escrito bibliotecas enteras, no dejó escrito ni un escueto aforismo. Dudaría hasta de si sabría realmente escribir —pensó— de no ser por aquella única escena que lo registra escribiendo... ¡en la anodina arena irresistente! —Y parafraseando al Profeta Daniel, exclamó: —Oh Dedo como de mano humana: húndete y escribe en el fresco estuco de mi castillo interior!

No pudo resistirse a oler el perfume intenso al hallarse tan cerca de su nuca. La había llevado con prisa, de pasillo en pasillo, por el inmenso Pergamon de Berlín hasta el salón exacto donde pendía con gallardo señorío la pintura que había prometido llevarla a ver. Pero parte del trato era que él le taparía los ojos con sus manos, la acercaría hasta la proximidad del lienzo y como volcando un baldazo de terrible belleza, correría cual telón sus manos para que el payaso de Rouault le sonriera tristemente a Gertrüd. Un silencio único enmarcó el suceso. Johan alternaba mirar cómo ella miraba con mirar la mirada del cuadro. Ella estalló en llanto. Él la abrazó y le escondió el rostro sobre su pecho, como apartándola de una escena policial sangrienta. Jamás la había abrazado, más que en sueños. El payaso no dejó de mirar, ni de sonreír, ni de estar triste. —¿Por qué lo hiciste? —sollozó ella, insinuando que todo el plan de Johan tenía por cometido provocarle este quiebre. —Yo no lo hice —avisó él, cuidando que no sonara a alegato, mientras le ofrecía su impecable pañuelo blanco. —La belleza lastima e interpela sola —agregó mirándola ahora a los ojos—. Pero no reclama; sin más, actúa. No dice: “¡cambia tu vida!”; más bien susurra: “¡yo puedo cambiar tu vida!”. Y tomando su cara hecha cristales entre sus manos, como quien acoge suavemente el caer de todas las hojas del otoño, agregó con tono sentencioso: —Te traje hasta esta Faz para que dimitas ante Él tus mil intentos por devolverle lo usurpado, por restituirle tu deuda, por escribir tu vida de conversión. ¿No te das cuenta de que es Él Quien quiere escribirla?
—Quién es el payaso? —balbuceó ella. —Es Cristo —arremetió él sin demora—. Para que su alegría no nos lastime, nos la da envuelta en tristeza. Cuando el Logos se desangra, cuando la Gloria se aliena, en cóncava sintaxis, vuelve a conjugar el Mundo.
Sarah no había estado muy segura de hacerlo, cuando él le insistió: —Está bien, no lo haga; pero al menos léame; se lo ruego: al menos léame. Henry era un londinense de alcurnia y cultura, ahora abandonado de los suyos, tras llevar décadas postrado a causa de una fibrosis quística. Sarah era una de las enfermeras más jóvenes de la clínica: soltera, algo tímida, bien parecida, eficiente. Cargaba en su conciencia haber colaborado, desde su labor de enfermera, con cientos de abortos realizados en esa misma clínica. Un lacerante insomnio la horadaba por dentro cada noche con los rostros de esos niños masacrados. En el siempre tardío sueño, deambulaba por los corredores de la clínica con los descuartizados fetos entre manos hasta que la clínica mutaba en un inmenso desierto de arena, donde ella se hincaba y escarbaba frenéticamente a fin de ofrecerle sepultura a los nonatos. Pero la delgada arena volvía sola a su pozo que nunca cobraba hondura suficiente. Mientras tanto, el impávido Henry llevaba semanas acosándola con que lo desconectara o lo durmiera para siempre.
Aceptaría la propuesta de leerle. Una ciega economía le sugería que su deuda podía llegar a cancelarse por allí. —¿Algún autor o género en especial? —había animado esa mañana. —No; cualquier cosa. Una novela, en lo posible —recibió por amplia consigna.
Y allí estaba Sarah, fuera de su horario habitual, con su The end of the affair[1] de Graham Green lista para empezar. Algo nerviosa, con los pies muy juntos y el libro sobre la falda, carraspeó un poco la garganta para lanzar resuelta el epígrafe de León Bloy con que se inicia la novela: “El hombre tiene lugares en su corazón que todavía no existen, y para que puedan existir entra en ellos el dolor.” Se sintió muy tonta al no poder continuar: un incontrolable llanto se había destrabado sobre el último compás de Bloy. Henry la miró impávido desde su cárcel.
—Señorita Miles —dijo con voz queda— somos ambos A burnt out case (un caso acabado), pero esa novela no hará falta que la lea, que ya hay Quien la escriba y entone con barroca minucia e intransferible dominio.


A Oliveira solían cargarlo con su paulatina pérdida de hábitos porteños, y su creciente inserción parisina. Solían, pues a esta altura el único hábito que preservaba era aquel universal empeño por la bebida. En un prolijo y métrico goteo lo había ido perdiendo todo: familia, amigos, empleo, vivienda, dignidad. No era más que un mendigo ingrato, como se apodaba Bloy. —Converso con el hombre que siempre va conmigo —repite para sí, recordando vagamente un verso ya ni sabe de quién. Se pregunta cómo saber si ya ha cruzado la delgadísima frontera de la cordura para iniciar un onírico descenso final por la abrupta ladera de la locura... o si Aquel Mendigo divino había llegado de veras en franca compañía. —Si eres Tú... —su mente quedó en blanco, a causa del alcohol. Trató de manotear por dentro alguna conditio coherente. Pero esas eran orillas ya muy desorilladas. —Si eres Tú, eres Tú; y si no, no —sentenció en un rapto de notable sentido común.
Un vagabundo, que insistía en proceder de las islas Orcadas (esos puntos suspensivos en que se deslía hacia arriba el Reino Unido) exhalaba una filosa melancolía y le hablaba con obstinada recurrencia de un libro de arena, que llevaba tal nombre, mucho más que por carecer de inicio y término (como aquel de Borges), por su infinita ductilidad. Y explicaba el desgreñado linyera escocés, sin énfasis alguno: —la arena, sólo cuando hace muy a la vez de papel y tinta, admite incontables versiones.
—¿Y hace bien leer ese Libro? —inquirió Oliveira, en verdad tildado en cómo se darían vuelta las hojas del invertebrado libro.
—¿Leer el libro? —el sin-techo se esforzó por entender siquiera la pregunta, como un miope fuerza el foco; o mejor aún, como quien intenta con dificultad leer en un espejo. —Entiendo que el alcohol es poderoso, pero mirá que hace falta caudalosa fantasía para imaginar a la Maga leyendo la arenosa Rayuela, a Pierre de Craon, el sembrador de campanarios, leyendo muy cruzado de piernas, L’annonce fait à Marie, o a la pobre Katiusha mojarse el dedo para dar vueltas las páginas de Resurrección. Cada ejemplo le provocaba un asombro mayor, que lo estimulaba a hurgar más, como quien disfruta del vértigo y del ridículo. —O la hermana Blanche leyendo Dialogues des carmelites desde el púlpito del refectorio; Daniel, el Mochuelo, leyendo El Camino de Delibes... Un estruendo de voces, chillidos, insultos y empujones los interrumpió al pasar por la salida de una taberna que emanaba espesos vahos indescifrables. Pero al Extranjero más que distraerlo le trajo más letra a su catarata de ejemplos: —¡Oliver Twist leyéndose a sí mismo, al fondo de un conventillo!; ¡Gregorio Samsa, sosteniendo con sus tentáculos La Metamorfosis! —¡Basta! —lo interrumpió Oliveira con indisimulada incordia. Ya le he entendido su enfoque. No nos atañe leer el Libro de Arena, pues somos sus protagonistas... o actores de reparto al menos.
—Hay más que eso —redobló el Mendigo— pero posiblemente sea demasiado para esta espesa noche parisina. Somos menos que los personajes. O más, según se mire. Lo nuestro es ser arena, donde el Dedo divino hunde el peso de su Grafía para desplegar el Poema. El andrajoso escocés se detuvo, como se clava una lanza en su destino. Y mirando muy serio y fijo al desmañado borracho, sentenció con férreo vigor, sazonado de una peculiar tristeza: —Si te dejaras escribir, Oliveira; si te dejaras escribir, conformarías una página inolvidable del Libro de Arena, una estrofa exquisita del Poema divino. El Cura cerró con violencia el bodoque de exégesis moderna y barrió con su brazo cuanto acumulaba su escritorio. Hiriente estruendo cundió en el oscuro cuarto del convento romano. Sólo el Cristo de ojos apretados quedó en pie. Hincado al lado del escombrerío de sus utilitarios, manoteó el Cristo y lo empuñó como un guerrero blande su espada. Pero de inmediato se lo llevó a la cara para desarmarse en llanto y congoja incrustándose el yeso en el rostro. —Mírame, Señor mío; ¡mírame! —clamó en un tono cercano a la impertinencia—. ¿Hasta cuándo persistirás en tu enojo? ¿Vas a estar enojado para siempre? Ciertamente no eran preguntas de un exégeta moderno. Ni tan siquiera eran preguntas. El solo timbre, estridente y desmañado, delataba un Sitz im Leben diferente de la pregunta del perito... Más bien era la supurante llaga del Hombre enlodado, clamando por una gota de piedad. —¿No ves que no soy más que polvo? Arena inconsistente, arena revuelta, tierra reseca... ¡Escríbeme, Señor! ¡Escríbeme de nuevo! Sin letras de molde; sin cuidada caligrafía: a mano alzada, como caen en danza las hojas otoñales, mit verneinender Gebärde... [2] ¡No grabes ya tu Ley en la impenetrable piedra inerte! ¡Escríbela en la arena suelta, en la tierra blanda, en el humillado humus de mi tierra abierta, que no se resiste a tu gramática! Mientras estacionaba en doble fila, sobre la Zeltnergasse, a la entrada del colegio de los chicos, repitió para sí esta imprevista frase, que llegaba con cristalina dicción desde sus napas más oscuras. —¡Escríbeme de vuelta! —dijo en voz alta y serena, paladeando cada letra. Detenido y con balizas, se había aferrado al volante como si avanzara a altísima velocidad y se dispusiera a afrontar un brusco impacto. Al fondo de la calle, como pidiendo permiso para asomarse, las hirientes agujas de la centenaria San Vito parecían imantarlo. Jean-Luc llora como un niño; como cuando alguno de esos cuatro vándalos —que ahora irrumpen en el auto sin aviso— se golpean o se asustan. —Write me again! —leyó Sarah entonando, muy compenetrada, la línea en que un tal Maurice le suplica a su amante (casada con su amigo) que no se aparte del todo, que al menos le vuelva a escribir... Pero ella ha prometido otra cosa. —Prometer cosas a Dios es usurparle su lugar —interrumpió Henry, molesto—. El Hombre no tiene palabra. Ni tiene sentido que procure tenerla. Dios tiene palabra. Y la escribe, no poniendo, como se vierte tinta, sino sacando, como se talla, se graba... como se escribe en la arena. Gertrüd, volcada sobre el petril de hierro del Oberbaumbrüche, miraba las silenciosas y dóciles aguas del plateado Spree en aurora, y masculló: —La irresistencia, la irresistencia... Henry le pidió a Sarah que se acercara lo más posible a él, rostro ante rostro, que no temiera, que no la besaría, que tan sólo quería, más que mirarla, saberse mirado por ella. El Mendigo, mientras comenzaba a clarear, se escurrió por la angosta y empedrada rue des Lombards, bajo sus añosos olivos. Antes de ensombrecerse al final de la cuadra, dándose vuelta declamó con egregia entonación: —¡Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullece aquella en que he sido escrito yo! Johan le besó las manos, sin atreverse a más: —¿quién te condena, mujer? —aventuró en un hilo de voz—. Tu nombre ha sido escrito en el Cielo, porque el Suyo dejaste grabar en tu suelo. Y allí, a la sola distancia del espesor de un velo, Henry le dijo con cuidada modulación: —Somos Escritura de Dios, Sarah; sólo que a algunos nos es dado ser el intervalo entre ciertas letras, como planea Bretón en su Lo escrito se lo lleva el viento. ¡Que nos lleve el Viento, Sarah; que nos lleve el Viento!
Acababa de despuntar el sol en la empedrada Roma. —La sombra del ciprés es alargada —susurró para sí Jean-Luc subiendo por la Via della Purificazione, al notar cómo los primeros rayos del día manchaban en sombra la calle. Pensó en Rouault y la dolida pregunta del payaso trágico: Qui ne se grime pas?[3] Es ist in allen[4] —se contestó desde Rilke. Las graves y solventes campanas de la catedral de Praga tañeron el Ángelus. Jaromir se hincó en la vereda sin resto de respeto humano. —Fiat mihi Verbum tuum[5] —balbuceó, mientras una muy aseñorada dama dejó caer una moneda a sus pies.

***
Lo mismo da Roma que Praga, Londres, París o Berlín: todos los otoños caen suavemente en Manos de Aquel que no vino a condenar sino a escribirnos de nuevo. Todas las mañanas del mundo el infatigable Logos, inclinado con esmero sobre las dóciles arenas del tablero paterno, reescribe el corazón humano. Uno. Cien. O millares. Infinitas hojas componen el vertiginoso Libro de Arena. Allí, con la grácil caligrafía de quien escribe con los dedos, se modifica el guión de un florista fanfarrón del mercado del bajo Flores porteño, a un rudo y mudo marinero mercante del gélido Báltico, de un vietnamita vendedor ambulante de linternas de papel en la abarrotada Hoi Àn, a un frustrado cura perdido en un lazareto del Congo, o el de un vendedor de alquimias en los arrabales de Bikaner.
Como dice Keats, Infatigable es de los más preclaros nombres divinos.
Pero hay llanto en Patmos por quienes se resisten.
Todas las cenizas, son olivo; todos los olivos son aurora; todas las auroras, adulterio y templo; templo y palabra. Todas las palabras, La Palabra. Y la Palabra se hace arena, y todas las mañanas del mundo, nos vuelve a escribir. En ceniza y olivo.

***
—Pero entonces, si este arcano Libro es infinito, ha de estar compuesto de variadísimos recursos literarios, incontables estilos y cadencias, coloreado de cuanta tonalidad combina las entrañas del orbe —le dijo Oliveira al Mendigo, acompañando su sentencia con el torpe ademán de quien cree estar entendiendo.
—No! —fulminó el Mendigo— No son más que variaciones sobre un mismo tema. Siempre en aurora. Y todo en ceniza y olivo. Es Mi paleta.

el athonita


21-III-2010


[1] El fin de la aventura, se entituló en la versión castellana. En verdad dice: El final del amorío.
[2] Con ademán de negación. Alude a un verso de Otoño, el famoso poema de Rilke.
[3] “¿Quien no se maquilla?” Aunque ‘grimer’ dice también la caracterización con que un actor asume su rol. Escrito por Georges Rouault al pie de la Lámina 8 de su Miserere, 1927.



[4] Ocurre (o está) en todo. Verso del ya citado poema de Rilke.
[5] Hágase en mí, según tu Palabra.




28 comentarios:

Natalio Ruiz dijo...

Aplausos cerrados para el Athos!

Una de las píldoras de los salmos en la que siempre me detengo y vuelvo hace referencia a otra veta del mismo Artista:

"Él modeló cada corazón y comprende todas sus acciones".(creo que 32)

Saberse modelado, modelable y mejorable. Siempre hay vuelta!

Respetos literarios.

Natalio

el Athonita dijo...

Nada de aplausos. Menos, en Cuaresma.
El título debía ser "Tous les matins du monde", en guiño hacia la película de Corneau, protagonizada por Depardieu. ¡Al menos le hubieran salvado la versión traducida!

Pero bueno... acá en el Athos me lo tiraron por la saviola: que me la paso apologando en favor del románico para después ser un barrocoso sin remedio.- Y esa cosa "borguiana" (diría Wander) que tan poco tiene que ver con "lo nuestro"...

A mí me gustó la cita que hallé de Aquino en su super Ioannem. Y un poema australiano que dice, entre otras cosas:

So, my Friend, I implore you -
make me over;
dream me anew;
let me be your song.

Put your pen to parchment
that your words may comprise my cells,

Let it be your ink that runs through these veins
and I shall intumesce by the force of your creation;
I shall become the alluring distortion of heat rising.

Compose me as paradigm or paradox.

Sí, mejor que Tous les matines, le va: Write me again!

el Athonita dijo...

Write me again es el título de este poema de John Flanagan.-

Anónimo dijo...

—Si te dejaras escribir, Oliveira; si te dejaras escribir, conformarías una página inolvidable del Libro de Arena, una estrofa exquisita del Poema divino.

Gracias, Athonita: me ha virado la Cuaresma en su última curva. Gracias.

Juan

Anónimo dijo...

¿Cómo guardar de los vientos las palabras escritas sobre nuestra ligera arena?

el Athonita dijo...

estimado anónimo (valga la contradicción): valdría contestar desde el manual, promoviendo un sofisticado sistema de protección, al modo del paraviento para la rosa del petit prince... Pero, como dice Henry (el de Green, claro): ¡qué nos lleve el Viento! Habrá que acertar —agrego yo— en planear sobre las alas de las térmicas adecuadas.

Ser —sin renglones— “palabra (nítida y perenne) que se lleva el Viento” capaz que sea la urdimbre de lo cristiano.

Cuando sea viejo y prescindan de mí para las labores de esta casa, prometo volver sobre este relato. Confieso sonrojado que me ha gustado. Sus inermes 8 páginas admitirían una glosa de al menos 500 carillas, desenfundando genomitos, metadiégesis y topónimos. Eso sí, como hiciera Yoyi, me instalo un par de semanas en la kafkiana Zeltnergasse...

Por si el Ladrón de Miedanoche irrumpe antes, quien recoja el guante anote esta clave: cuanto se intentó decir en “Todas las mañanas del mundo” lo saben, en partes parejas: el teatro de don Pedro Calderón de la Barca, la poesía de Rainer María Rilke y lo que Raïsa Maritain entendió de su gran amigo Georges Rouault.

Anónimo dijo...

Me parecía! Este Jaromir es el judío praguense del Milagro secreto de Borges!
Excelente relato, Athos. Espero no lo ofenda esta asociación, pero le encuentro aires a “Todos los fuegos, el fuego” de Cortázar, no me diga. Gracias por el secreto homenaje al recién fallecido Miguel Delibes, quien se inició en este arte con su ya legendaria “La sombra del ciprés es alargada”.
No logro sacar “quién es” Jean-Luc... ¿es por Nancy y su Noli me tangere? Podría ser también una mera referencia a que el texto glosado es la perícopa lucana incrustada en el evangelio de Juan... (pensé también en J.L. Marion, el discípulo de Bouyer... pero no veo el nexo). Me rindo!

FRM

Ruth dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Mary Lennox dijo...

Perdon pero tengo un llamado a la solidaridad:
El epigrafe es tan picollino que no se puede leer.
Favor de agrandar la letra.
Mary

Anónimo dijo...

EPIGRAFE: Jesús fue al monte de olivos.
A la aurora, volvió al Templo.
Le ponen delante a la mujer adúltera.
Jesús, inclinándose,
comienza a escribir en el suelo
con el dedo.

Jn 8,1-6


La tierra es maleable.
Por eso, a fin de grabar
de modo grácil y dúctil
la Ley nueva a transmitir,
la escribió en
tierra.

Santo Tomás de Aquino

el Athonita dijo...

FRM: ha arribado Usted al kern del asunto, a la estación terminal de todo el itinerario. No conducía el sinuoso periplo más que hacia allí: a rendirse.
Puede Usted apearse del móvil y disfrutar de su destino. No se quede en el detenido avión absorto en la aburrida y satinada revista de abordo.

Avoid the surrouding; enjoy your surrender!

Gracias por viajar con nosotros.-

el Athonita dijo...

Nos invadieron los chinos,,, ¿qué pasó?

Feliz día de la Anunciación para todos. No dejen de ir a Misa hoy.-

Natalio Ruiz dijo...

Son muy interesantes los comentarios chinos.....

uds. se los pierden.

Recomiendo leer a Cristo by Ignis Ardens.

Respetos chinescos.

Natalio

Natalio Ruiz dijo...

Y a pedido de Mary, además del atentísimo anónimo, agrandé un poquito las letras....

Respetos ampliados.

Natalio

Anónimo dijo...

Ruiz, el título completo no sería Todas las mañanas del mundo?

Natalio Ruiz dijo...

efectivamente.

Gracias al comentador, perdón al Athos.

Soy un triste editor....

Los grosos se me van a ir a otro blog...

Respetos pusilánimes.

Natalio

Odysseus dijo...

Quiero traducción del comentario chino...

:-D

Cordialmente.
Odysseus.

Natalio Ruiz dijo...

A pedido de Odysseus traduzco el texto de los chinos:

"Si algún hombre posee entonces un ojo incorpóreo, que pase de contemplar el cuerpo a contemplar lo Bello, que remonte el vuelo hacia arriba y flote en lo alto, no pretnediendo ver forma o color, sino más bien aquello por lo que estas cosas son hechas, aquello que es quieto y calmo, estable e inmutable... eso que es uno, eso que surge de sí mismo y está contenido en sí mismo, eso que no es semejante a nada salvo a sí mismo".

Y después le hacen una pregunta a Tao sobre la coreografía de los juegos olímpicos.

Respetos de traductor.

Natalio

Anónimo dijo...

Veamos....

Jaromir: El milagro secreto, Borges.
Henry y Sarah: El fin de la aventura, G Greene.
Oliveira: Rayuela, Cortazar
Y Gertrüd y Johan?

Anónimo dijo...

Ayudo, con mis notas al margen, al último/a anónimo/a:

¿Por quién llega el nombre del cura francés residente en Roma? Me inclino por la sospecha de que sea nomás un guiño a los dos evangelistas. Aunque Nancy y la Fe harían buena puntada con hilo.

Hay un Machado por ahí mechado...

El Pérgamon de Berlín me hace ruido también: descarto que no es fortuito; pero los payasos de Rouault no están ahí. ¿por qué el Pérgamon entonces?

Gertrüd yo creo que es una prostituta de Claudel, pero no logro recordar de cuál teatro. (Podría ser también una referencia a “Brotes tiernos” de Gertrud Stein, donde abunda la arena, la aurora y los edredones... pero no creo, pues es Gertrude (con e) la atormentada poetisa lesbiana yanqui), aunque en el Athos todo es posible. También es Gertrud un personaje de Aguinis en La matriz del infierno. Pero más me inclino a vincularla a von Le Fort, y su “Die letzte am Schafott” (La última al cadalso), que inspirara a Bernanós para amonedar su Blanche, casualmente también citada en el cuento de Athos.

El Mendigo de las islas Orcadas (Cristo, bah) es el que le ofrece el libro de arena en el relato de Borges.

El Otoño de Rilke atraviesa el cuento de cabo a rabo.

La empedrada Rue des Lombrads nos toca a Leon Bloy, claro.

Algo pasó sobre el Oberbaumbrüche de Berlín (¿Johan Goethe? ¿y de paso le damos destino al Johan de Tous les matins du Monde? Goethe, más allá de su masonería, tiene mucho que aportar a este topic del Hombre jugando un “rol” y “guión” que le es asignado desde afuera (su largo comentario a Calderón de la Barca).

La enumeración final me tiene perplejo: salvo el lazareto del Congo (Green again, with his An burnt out case) y Bikaner, que nos devuelve al libro de Arena de Borges, no entiendo bien las otras referencias.

Buena y santa Semana Santa para todos los del foro.

Uranga Imaz

el Athonita dijo...

Se están olvidando de Gertrude, la madre de Hamlet y reina de Dinamarca...

HAMLET: You go not till I set you up a glass where you may see the inmost part of you.
QUEEN: What wilt thou do? Thou wilt not murder me? Help, ho!

Odysseus dijo...

Natalio no sé si creerle... me inclino a que sí, porque no encuentro pista de ironía.

Tampoco encuentro pistas en el texto del Athonita, a no ser la referencia del Evangelio... :-(
Odysseus tiene muchos siglos pero se quedó con el Evangelio y nada más (Como diría Susana Giménez hablando de sí misma mirando una foto suya :-P)


Cordialmente.
Odysseus

Alejandra dijo...

Todo se conjuga en este texto magnìfico para llegar inexorablemente a La Palabra. Anona- darse y renacer, como nexo de todos los personajes -nosotros?- habilmente moldeados, reescritos.
Gertrûd me especialmente. Creo que la dièresis sugiere un origen germano, que asociado con Johan nos lleva a Goethe, de marcada educaciòn religiosa. En Hamlet, Gertrude muestra aspectos diferentes. En los versos citados por el Athonita, Hamlet no dejarà ir a su madre hasta que ponga frente a ella un espejo en el que pueda ver hasta el fondo de su ser, lugar oscuro por cierto en el que Shakespeare no duda en profun- dizar; mientras que esta Gertrûd se mira en El Amor y a travès de El es perdonada. Sus làgrimas son de sanaciòn, en tanto en la madre de Hamlet, son de estupor ante el insondable abismo en el que se re-
siste a entrar.
El Padre Jean-Luc, en su bùsqueda casi dolorosa, me recuerda el càntico de San Juan de la Cruz "A dònde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido... ?
"Ceniza y olivo..." Todas las mañanas estamos a tiempo!

Natalio Ruiz dijo...

Estimado Odyseus, como detective ud. se muere de hambre (o no si consigue que le regalen unas empanadas salteñas algún vecino....)

Bienvenida Alejandra y gracias por el aporte!

Sigo contemplando la erudición literaria de los comentadores...

Respetos santos.

Natalio

Alejandra dijo...

Muchas gracias, Natalio. Pido disculpas por los guiones entre palabras, pues obedecen a que al ceñirme a este espacio los utilicè y despuès el programa lo resolviò solo.
Al referirme a Gertrude, donde dice " me especialmente", obviamente falta una palabra, a saber "me intriga especialmente". A tales horas mi mente no trabaja igual.
Saludoseptor

Odysseus dijo...

Por el ayuno cuaresmal me tragué la coreografía china.
No olvide, sin embargo, que el detective no soy yo, si no, Penélope.
:-P

Cordialmente.
Odysseus.

Natalio Ruiz dijo...

Pero todavía puede redimirse adivinando el autor de la cita....

No se rinda amigo Odyseuss

Respetos santos.

Natalio

Odysseus dijo...

Ah! Pero nadie me dijo que era cuestión de redención... bah... ¿Nadie le contó de un tal Jesús?

:-D