domingo, 4 de abril de 2010

Crónica de una Aurora


Qué profunda era la noche. Abrumaba ese cielo estrellado, ese hiriente titilar de calladas luces infinitas que, aún siendo incontables, nada alumbran. Y pensé: la luz tenue multiplicada por el número que sea, siempre sigue siendo tenue. Mil sospechas no hacen lo que una sola certeza.... Noche negra, noche ciega, noche quieta. En el mar el oscuro casco del firmamento cubre sin cobijar, envuelve y expone a la vez la desnuda poquedad de la propia condición. Noche y mar son como la conspiración cósmica más hiriente a la propia intemperie. La intemperie interior.


Y ahí estaba yo, con ambas manos entrelazadas en la nuca, dejando que esa tremenda negrura se me echara encima, cual aplastante bota de carcelero y chocara con el espeso desasosiego que bramaba desde abismos insospechados.


Conmigo éramos siete en la barca. Habíamos salido tarde, ya bien entrada la noche, casi sin decidirlo. Aunque por cierto había implicado una sorda decisión crucial: es que era la vuelta a una rutina abandonada hacía ya tres años. Tal vez por eso mismo todos disimulamos y cuando Pedro rompió un largo silencio con un escueto y suspirado “voy a pescar”, todos murmuramos un desmañado “vamos”.


La vida sigue. Esa era la muda y fatídica frase que enmarcaba la triste noche. Al rato estábamos ya llegando a lo hondo del Tiberíades donde dejar de remar. Natanael, Juan y Tomás ya estaban en el agua estirando las redes a babor, Santiago y Pedro hacían lo mismo a estribor. Quedamos dos buscando cardúmenes desde la popa. La luna menguante poco y nada aportaba en la tarea. Pero habían pasado largas horas, habíamos rotado por todos los puestos, y el fracaso era inmutable y abrupto: nada.

Y ahí estaba, mirando a la nada. Increíble posibilidad humana: poder mirar a la nada. Y sobre ese oscuro fondo amorfo volvían a indomables borbotones las escenas de los días pasados. En vano buscaba ahuyentarlas como al mismo Leviatán, pero no había caso, y como el sediento en el desierto, me abandonaba -una vez más- a que el lacerante recuerdo de Su Rostro volviera a destrozarme las entrañas. El agua golpeteaba suavemente contra la barca y sobre el firmamento volvía a cabalgar el Rabbí, el Ieshuah, el Maestro. Pensé en medio de un gran desorden interior: sus rasgos no podré olvidarlos, sus gestos y palabras tampoco; lo que no sé cómo retener es su Voz, el timbre de su Voz... ¿llegará el día en que lo haya olvidado, en que se haya desvanecido en mis entrañas? Y atinaba, como un esfuerzo de salvataje, volver a escuchar su timbre, diciendo lo que fuera. Le armaba frases, de esas que seguro había pronunciado en cantidad; giros que le eran frecuentes. Y hasta logré, con la cómplice ayuda de un cosmos mudo, volver a oírle reír. Mil años son un ayer que pasó dice el Salmo. A mí, por el contrario, las últimas 24 horas me sabían a milenio. Me escalofriaba caer en la cuenta de que eran apenas horas lo que me separaban de esa Cámara Alta en que me dijera y me expresara tanta cosa junta... eran apenas horas lo que me separaban de sus promesas, de sus últimas recomendaciones, de su presencia, del fuego de sus ojos... Y ahora no estaba.


Juan -tal vez el más desinhibido en tratar lo intratable- quebró el silencio y como sabiendo que el callado pensar de cada uno rondaba sobre lo mismo, como quien sube el audio de una conversación ya empezada, estampó: “si se habrá sentado en esta misma barca, en esta misma tabla...” A lo que Pedro animó, señalando la proa: “horas enteras ha dormido hecho un ovillo allí, agotado de tantas andanzas, o de nosotros...” Su mano quedó colgada del aire, señalando en falso, mientras su vista se perdía lejos, muy lejos, en una lejanía que sabía a infierno.
Temía por Pedro. Era -a mi juicio- el más débil del grupo. Estaba quebrado, deshecho. La traición -pensé- más aún que la muerte, es en verdad, lo sin remedio. Repetía al ritmado golpeteo del agua estas tres palabras “lo-sin-remedio” que como un ácido parecían ir comiendo y taladrando hasta las coyunturas. ¡Quién me diera alas de paloma! Pero no para volar y descansar, sino para volver sobre mis pasos, para volar y desplazar el curso de mi libertad, de mis opciones bajas, cobardes, horrendas... Ser otro del que fui en Getsemaní, ser otro en el Pretorio, ser otro en el Gólgota... Alas de paloma para ser otro.


Mientras empezaba a clarear y un rosa muy delicado se esmeraba en teñir el cielo, recordé otro amanecer, en la misma barca, en el mismo mar... y al Maestro que venía caminando sobre las aguas. Sin palabras, sin que se escuchara su voz, sin presunción ni engreimiento. Pero Señor. Y otra vez el temor: ¿sabría recordarlo así? ¿Exquisitamente “así”? Ni un poco más erguido, ni un poco menos sereno: en la exacta conjunción de rasgo, gesto y porte que lo hacían tan...Único. ¿Sabría? ¿Lo lograrían los demás? ¿Pasarían los mil años del salmo y el ayer seguiría tan fresco como aún lo apresaba mi retina? Miedo a deformar. Miedo a olvidar: ese era el mayor tormento.


En eso estaba cuando veo recortada sobre la orilla la silueta como de un hombre. Aunque tal vez sólo fuera una solitaria encina. Quieto, parecía venirnos observando desde hacía rato. Cuando nos acercamos algo más a la orilla confirmé que no era un árbol sino un hombre. Misterioso y callado, costaba lograr ver su rostro pues un sol gigante estaba en plena tarea de despegarse del horizonte y llenaba de fogosos naranjas el firmamento. Una erguida silueta se recortaba dentro de ese inmaculado fuego y luz. Y la figura rompió el silencio de la aurora con un sereno “muchachos, ¿tienen algo de comer?” Pedro dio el no. Un no que parecía condensar y reverberar incontables otros no’s. Era la síntesis de toda carencia, de toda ausencia. Entre todas -pensé- la falta de sentido: esa sí, es la parte más pesada... Y la figura dijo: “tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán”. Cuando dijo esto, algo en mi interior comenzó a inquietarse. El acento de ese hombre, la firmeza de la consigna, el verbo encontrar... En la barca todo era estupor y mudez. Santiago echó mano a las redes ya enrolladas en la proa y las arrimó al borde; sin debate alguno, todos comenzamos a ayudarlo y echamos las redes...


Lo que pasó luego es muy difícil de verbalizar. Las redes parecían no lograr soportar el peso de cardúmenes enteros, que parecían acompañar la danza de fuego de la aurora. Mientras todos tironeábamos de los cabos para arrastrar hasta la orilla semejante pesca, Juan, en vez de ayudar, estaba atónito mirando al hombre de la orilla. Y gritó. Tal vez el grito más significativo de la historia del Hombre. Un grito entrañable, como de parto, que pareció deslizarse en eco hasta los confines del orbe: “¡es el Señor!”


El Lucero se estaba escondiendo sobre el Oeste; el sol ya estaba entero, escalando el firmamento; el cosmos entero, en pasmo severo, parecía contener el aliento ante el retumbe estruendoso de un candoroso adolescente que había estampado la afirmación más audaz que un humano pudiera atrever.


Y a Pedro le alcanzó. En un instante se había ceñido la túnica y se había arrojado al agua para llegar a nado antes que la barca. No podré olvidar jamás ese encuentro, entre un hombre desgarbado por el cansancio de tanto llanto, destrozado por la traición, empapado de angustia y desolación, y un Jesús sereno abocado a cocinar unos peces y unos panes cotidianos. Pedro se había aferrado a sus piernas y lloraba a mares como un niño. No animaba levantar los ojos. Y balbuceaba palabras sueltas y sin sentido, con sabor a compunción, dolor y gozo. Jesús se inclinó y con su mano le obligó a levantar la cara; lo miró y lo amó y con apenas un susurro, como una brisa de aurora, lo calló y dijo: nada de eso, Simón, hijo de Juan. No vuelvas sobre eso. Nunca vuelvas sobre eso. Pon los ojos en Mí; no en tu traición. ¿Me amas?


Pedro estaba completamente revuelto y conmocionado. Seguía llorando como niño y parecía que lo iba a lastimar de lo apretado que estaba al Maestro, y su respuesta no era justamente escolar, ni de las que se repiten de memoria en el catecismo; con mezcla de grito y gemido repetía ahogado en su propio llanto: si Tú lo sabes todo, Rabbí, Tú sabes lo que te niego y lo que te quiero.
Y yo volví sobre mi miedo, mi único miedo: que pasaran los milenios y la fascinación por su persona mutara en gélida adhesión a una doctrina; el fogoso encuentro apasionado, en hierática ceremonia conmemorativa; miedo a que la cautivada atención al “¿me amas?” virara en el rancio racconto de la blasfemia humana; y que el entrañable gemido de amor, menguara en insulsa moralina.


Esa mañana, a orillas del Tiberíades, sólo pedí esto al Dios eterno: que el lago sepa cómo retornar al río, y el río a su vertiente; sólo así, el agua de los bajos sabrá tan fresca y cristalina como su fuente y origen. Y mientras miraba cómo el agua de la orilla tras acariciar el pedregullo volvía a la hondura del lago, sonó el triple ring del microondas entregándome un oscuro café humeante. Y apagué el celular, y cerré la PC y despejé un poco el escritorio de boletas de Edemsa y Telefónica, y abrí el Evangelio en Juan 21, y cuando me topé con el Rostro del Nazareno, fresco, intacto, inmediato... supe que en aquella arcana aurora mi plegaria había sido escuchada.

19 comentarios:

Maricruz dijo...

Feliz Pascua, Natalio. Gracias.

Analía dijo...

Gracias por esta entrada.
Se me puso la "piel de gallina" al leer, al imaginar ese abrazo de Pedro casi desarmando al Maestro, al Amigo. El deseo de desandar algún camino y lamentarse en silencio por no haber sido más valiente, más fiel, más "jugado".
Y lo que siento como invitación a volver los ojos sobre Él (a pesar de todos los caminos mal andados): ¿Me AMAS? Y que eso solo, clausure para siempre nuestros miedos, nuestras traiciones, y nuestras infidelidades.


Muy Feliz Pascua a cada uno!

el Athonita dijo...

Muy felices Pascuas, para los Ruiz y para esta comunidad virtual. Para cada uno pido al buen Dios "la muerte vencida".

In Domino,

p. Athonita

Ruth dijo...

¡Felices Pascuas, Natalio y amigos!

Anónimo dijo...

Bueno, les paso el parte desde el Athos: no creo que haya podido leerla antes, pero curiosamente coincidió la homilía de Vigilia pascual con el acento papal: el famoso mors et vita duelo; el elixir de la vida hallado, el antídoto definitivo a la muerte, alcanzado.
La de Athos fue una descripción teológicamente precisa y poéticamente graciosa, de lo ocurrido: la muerte, creyendo tragarse una presa más, estaba tragándose a la misma Vida, que cual caballo de Troya instalaba su vitalidad dentro del bastión enemigo. (Como en matemática –acotó- menos por menos es más, también en esta aritmética, la muerte de la muerte da vida).

La muerte fue engañada. Nunca había ocurrido antes (y de ahí que el Enemigo fuera tomado por sorpresa): Quien ingresaba a la Hora Nona desde el Calvario al reino de la muerte no era un muerto, sino un Viviente: Dios inmortal (inmorible, agregó, si no yerro) tomando Carne se ofreció como carnada y el Enemigo picó: mordió el anzuelo y devoró su presa, pero fue devorado quien creía estar devorando.

Me ha impresionado esta frase: Cristo ingresa vivo a la muerte; esa es la novedad. Porque es Dios y Dios no muere ni puede morir. Abusar de la comunicación de idiomas es eso: un abuso.
Todo el Triduo el acento fue el mismo: el ACTOR, en Sujeto actuante de los acontecimientos salvíficos celebrados ha sido Dios: Uno de la Trinidad.

FRM

Odysseus dijo...

Gracias, Natalio... y ¡santa Pascua para todos!

Odysseus.


Pd. Me mató el ring del microondas... :-P

Don Diego dijo...

Felices y Santas Pascuas a Natalio y a todos los visitantes. Muy linda la entrada, felicitaciones.

Roberto dijo...

¡Feliz Pascua de Resurrección! Que Cristo Resucitado te bendiga y te llene de su alegría, paz, esperanza y felicidad todos los días de tu vida.

Natalio Ruiz dijo...

Natalio estuvo ausente y también lo está ahora hasta mañana por lo menos (no pude leer los textos del Athos).

No obstante, y viendo en los mails la notable actividad del blog en estos días quiero decir:

- ¡Felices Pascuas para todos! Nada hay más importante que esta Fiesta.

- ¡Gracias Athos por mantener la actividad durante mis destierros cibernéticos!

- Los últimos textos (al igual que todos los que tienen nivel en este blog) son del Athonita y no del pseudo analfabeto Natalio.

Respetos Pascuales.

Natalio

Juan Ignacio dijo...

Qué bello relato. Supe que tenía que leerlo. Vengo de leer los relatos de Papini sobre la Resurrección, así también cargados de emoción. Uno pudiera leerlos siempre y mil veces. Y volver siempre luego al Evangelio, como al final el autor.

Natalio Ruiz dijo...

Ahora sí pude leer todos los textos: Geniales!

Lástima que no había cibernética en el campo, habrían ayudado en la semana santa.

Graicas Juan por la visita.

¡Felices Pascuas!

REspetos pascuales.

Natalio

el Athonita dijo...

Nadie me ha felicitado por lo único en verdad meritorio: ¡he logrado colgar tres posts sin la ayuda ni del soporte técnico laical, ni de postulante ni novicio alguno de esta vereda!

Confieso que me siento realizado......

Natalio Ruiz dijo...

Athos querido... todavía le faltan algunos detalles. Por ej. se olvidó de poner las "etiquetas".

Igual celebro la publicación y espero que sean los primeros de muchos.

Respetos pascuales.

Natalio

Anónimo dijo...

Me encantó el post!
Athonita, podría hacer un post sobre María Magdalena?

besos!

Mónica

Anónimo dijo...

Bellísimo el post! me emocionó verdaderamente, maravilloso!

Dígame, Athonita, el paisaje es el que Ud. ve desde su ventana? Me imaginaba el monasterio encerrado entre las paredes de las montañas, y no, así, abajo en el llano, y mirando hacia las imponentes alturas que se pierden en el cielo. Un lugar impresionante, esas montañas parecen recién salidas de la mano de Dios.

el Athonita dijo...

Respondeo al último anónimo/a:

No, aún no es lo que veo desde mi ventana; más bien es la visual que Dios tiene de mi ventana y de mi pasajero hogar.-

Parece en llano, por estar tomada la foto desde otro cerro, pero en verdad está en la punta de una cerrillada, a 1600 msnm.-
Es la zona de clausura del Monasterio, donde vivimos los monjes; más abajo (no se ve en la foto) está la iglesia mayor, la hospedería y demás dependencias del circuito pastoral.
Procuramos como Cristo, subir al Monte para orar a solas con Él al Padre, y bajar del Monte para enseñar —desde Él— el Padrenuestro.

Y no, las montañas no parecen, sino que son recién salidas de la Mano Suya: es admirable presenciar ese Acto.

ath.-

Gran Visigoda dijo...

Aquí vengo a su casa a agradecerle la visita que ha hecho a la mía, pero sobre todo a agradecerle los animos y la fuerza que su comentario me han dado.Muchas gracias de corazón y Feliz Pascua.
Verdaderamente de Él me vendrá el auxilio.

Monja de Clausura Orden de Predicadores dijo...

Gracias Natalio , es un excelente relato, me gusta como trata las cosas sagradas. Es usted un hombre afortunado.
Que Dios le bendiga.
Sor.cecilia Codina Masachs O.P

Natalio Ruiz dijo...

Gracias Hna. pero por desgracia no escribo tan bien ni tengo ese trato con las cosas sagradas... El texto es del Athonita, monje sabio que comparte con nosotros sus experiencias contemplativas.

Respetos Pascuales.

Natalio