sábado, 3 de abril de 2010

El Rey duerme


El Rey duerme. Hay que despertarlo.
El Señor y Dueño del Mundo,
tras cantar su Cántico Nuevo, Cántico nupcial, duerme en paz,
como un niño, como un Rey
en la proa de la barca de la historia.

Todo se ha cumplido.
Y ninguna tormenta podrá ya prevalecer
contra el Amor más grande consumado.
El mundo ha sido -silenciosamente- hecho de nuevo.
Creado de la Nada, es ahora recreado del Amor.
Él, Adán de esta nueva Creación,
ha entrado en la profundidad del sueño,
para que de su Costado inmenso y abierto
el Padre pudiera hacerle Esposa. Una esposa que lo ame.

¡Despiértate, Tú que duermes! ¡Despierta, Nuevo Adán
y mira la Iglesia que Dios te ha dado por Esposa.
Tú, que de Lázaro dijiste:
“mi amigo duerme, iré a despertarlo”;
y de la semilla:
que debía dormir bajo tierra para despertar en brote;
Tú, mi Arquitecto y Guardián, Tú duermes y sueñas...
y sueñas conmigo, con mi rostro, mi nombre, mi santidad.

¿Quién pronunciará el “Thalitá Kum” sobre este Niño dormido?

Yo, Señor. Diré al mundo:
el Niño no está muerto sino que duerme.
Como Elías sobre el hijo de la viuda, me arrojaré sobre Ti.
Y el mismo Aliento que con fuerza expiraste sobre mí,
soplaré yo sobre tu Muerte y Sueño de Amor.
Te ungiré, Jesús mío, con la mirra de mi compunción,
con el aceite de mi nostalgia de santidad,
con el bálsamo de mi amor tenue pero cierto.
Y te diré: ¡Vive, y eso me basta!
¡Vive, y tu sueño se hará!