viernes, 2 de abril de 2010

Tu Pasión me apasiona



¿Cómo mantener las formas? ¿Cómo guardar la compostura cuando cada año intento salir a la poblada calle del Via Crucis para verte pasar con tu Cruz y poder, entre medio de la muchedumbre, persignarme, lamentar tu dolor, cumplir el piadoso gesto y volver a mis cosas... y no. No hay caso, Señor: te empecinas en detenerte y en clavarme esos ojos de fuego y luz como si no hubiera más que Tú y yo en el universo. Y no logro dominarlo, no logro controlar la situación...

¿Huiré como el venado herido hacia la espesura del bosque o dejaré que la herida de amor confiese y desangre mi verdad? Pero, ¿qué es lo que me enloquece tanto de tu Pasión? ¿Tu entrega de amor? ¿Tu mansedumbre? ¿Tu callada humildad? Seguramente. Pero no; hay algo más. Se trata de tu Rostro, Jesús, se trata de tu Rostro... y ya empieza a escasear el lenguaje... Sí, mi Dios y Salvador, es tu Cara, tu dulcísima y bellísima Faz la que descalibra mi pluma y mi afecto y me embarga hasta la vida que no tengo. Y esa pregunta, ¡esa pregunta!, sin el ínfimo dejo ni de enojo ni de retórica, sino brotada de la más honesta e ingenua perplejidad del que en verdad no entiende: y con los ojos clavados en los míos, con un desarmado y purísimo amor me taladras: “¿por qué me pegas?” No resisto que con tan genuina ignorancia, tus vulnerables ojos enamorados me insistan, año tras año, en esto. Y sin embargo, vivo de esa pregunta hecha llaga que enciende y enamora.

El último cuadro del tormentoso holandés medieval Jerónimo del Bosco, se llama “Cristo con la Cruz”. Es un colage de rostros. Todas son caras de violencia y perversión, agresividad y burla, y entre medio, como cabalgando sobre el horrendo caos, avanza tu Rostro, con los ojos bajos, con la serenidad de un Dios, con la dulzura de un niño, con los rasgos del más bello de los hijos de Adán, ante el cual se esquiva la mirada porque su belleza inicia lo terrible, detona el descontrol sobre los propios rumbos y proyectos.
Tu Ley manda “no robarás”, pero tu Belleza roba, tu Hermosura usurpa lo que toca; donde posas los ojos, incautas...

Tu santa Faz es mi tormento y mi delicia, es mi intemperie y mi refugio, es mi insomnio y mi consuelo, es mi desconcierto y mi brújula, es mi tarea y mi esperanza. Tu Rostro es mi Patria, es mi parte y mi Todo. Entre el robo del paraíso del Buen Ladrón y el sigiloso hurto de la Verónica, aunque arriesgue, confieso seguro mi opción: elijo tu Rostro, Señor, aunque tuviera que vender el mío y hasta el Cielo prometido.

Es que, tal vez, —como a ciegas sospechó Borges— cuando retumben las trompetas y la tierra publique sus entrañas, castigo y premio no sean sofisticadas invenciones divinas, sino tan sólo, sin andamiaje alguno, el gozoso disfrute o la abstinencia lacerante de un Rostro inmediato, intacto, fiel, inalterable: el Tuyo.

Aunque Roma lo pensó al revés, no salimos perdiendo los del Sur: ¡qué bien te sienta el otoño, Pasión de mi Señor! Que las hojas caigan, y caigan de muy lejos y que los encendidos ocres de las viñas y frutales y el llamear del oro de los álamos le canten al que pende como fruto maduro del madero; al que vino a echar Fuego en nuestro barro y ya llamea como Zarza ardiente desde la cumbre del mundo. Tu Fuego me enciende, tus llamas me acaloran, su danza me provoca, su juego me enamora. Oh Rey y Señor, mi Sol nocturno, Corcel que cabalgas y te recortas victorioso sobre el horizonte de mis entrañas con las banderas usurpadas al Enemigo: trasplántame al Jardín de tus delicias y echa Tú raíces en el huerto cerrado de mis entrañas.

Cómo no amarte cuando te veo arrastrar, avanzar y subir desde las honduras de mis añejos y retorcidos olivares y andar por los sinuosos empedrados de mis oscuras y húmedas entrañas hacia lo más alto y fresco de mi mismo, desde donde gritas como un marginal enamorado, rasgando ese insoportable velo que nos separa. Tu estridente grito de amor -en que expiras sobre mí como un Dios que sopla el barro- retumba desde esa cumbre interior que es sepultura del rancio Adán -los esparcidos huesos secos de mi Gólgota-, y reverbera por las profundas cavernas de mis grietas y abismos, abriendo insospechados espacios nuevos. Oh Viernes primordial en que soy recreado en tu grito de agonía, grito de parto, grito de amor que me da vida. Mi ser entero tiembla, el sol fugaz se eclipsa y esa negra espuma del pecado que ya llega al cuello retrocede... y cesan las lluvias y la gota sobre el alambrado parece a punto de estallar en luz, y sale el arco iris y emerge tu suave Voz, Señor, tu omnipotente suave Voz, diciendo: “ya está; Yo he vencido el mal que hay en ti: ¡Vive!” Y yo digo, como puedo: tuyo soy, Señor; tuyo soy.


Con qué secreta ansia aguardo el lucero que abra ese gran, ese único -el genuino- Shabbat y que el aire fresco del Tupungato apure el exquisito e inexorable milagro de hacer de mi cerro marginal el ombligo del mundo. Y ver que las nieves eternas se sonrojan, una vez más, ante la desnudez y muerte de su Creador. Ver que la multitud va partiendo, volviendo a sus cosas... Y que el de Arimatea te baje, Señor. Y que tu Madre desahogue al fin sus lágrimas mejilla con tu mejilla. Y que ya no haya nadie, o casi nadie. Y que caiga la noche. Y que te llevemos a un lugar tranquilo donde velarte, donde llenarte de besos y de flores al resguardo de los mirones de siempre.

Amo tu muerte, Señor. Amo llorarla como lo mejor de mí mismo. Eres tan bello así, dormido sobre la piedra, como en la proa de la barca de la Historia... Amo la noche del Viernes Santo, la Noche primordial, amable más que la alborada.

Sí, Maestro, yo sé que el cristianismo vive de la Pascua, de tu Vida nueva. Pero también sé -o tal vez no sea ese el verbo- que todas mis fuentes de vida están en el color de tu Sangre derramada, en los ríos púrpuras que brotan de tu Muerte. Bello siempre, pero más bello entre los azotes, arriesga el comparativo san Agustín; yo te hago público el mío: más bello aún, dormido, cuando todo se ha cumplido.


El Rey duerme; el cosmos entero contiene el aliento; el necio sigue su juego; el pío sigue el itinerario consignado: “mañana, 21 horas, Vigilia Pascual”. Yo detendría el tiempo y consumiría mi fugacidad aquí, ante tu Cuerpo yacente, ante el Amor más grande consumado. Ya ni lo intento: sé que si animara un “Señor: mira las calles del orbe; los hombres siguen errantes, distraídos, ¿corro a avisarles?” Sé la respuesta, Tu eterna respuesta: “ya despuntó el Lucero, ya abrió el Shabbat, ya se inauguró el tiempo del amor más grande, del silencio que mueve montañas, del frasco de alabastro hecho añicos. Deja que los muertos entierren a sus muertos: tú, vela la muerte del Dios vivo y quédate conmigo hasta que despunte el tercer Día.”

5 comentarios:

Monja de Clausura Orden de Predicadores dijo...

Gracias Natalio por su entrada tan hermosa, a mi me apasiona amarle RESUCITADO, es mi espiritualidad y realmente es una «Pasión de amor┌ que me hace decir su Santo Nombre en todo el mundo.
Felices Pascuas , amigo mío.
Con ternura.
Sor.Cecilia Codina Masachs O.P

Alejandra dijo...

TOUCHÈ!
SANTAS PASCUAS!

gra dijo...

El cuadro me impresiona mucho... y el Jesús dormido me toca en esta Pascua otoñal. Felicidades para todos los participantes! Gracias Athonita!

Natalio Ruiz dijo...

Gracias Hermana por la visita!

El texto pertenece al Athonita, un monje santo y sabio que honra el blog con sus escritos.

Espero que tenga una santa y feliz Pascua de Resurrección.

REspetos pascuales.

Natalio

Natalio Ruiz dijo...

Gracias Alejandra y Gra!

Estimadísima y maternal Gra, no olvide que puede adquirir al Jesús dormido escribiendo a lo Althos.

REspetos pascuales.

Natalio