martes, 18 de mayo de 2010

Ouroboros o Ascensión

“¿De verdad estamos encerrados irremediablemente
en nuestro propio círculo?”

J. Ratzinger




Beda el Venerable, monje inglés muerto en el 735, cuenta, en sus crónicas de su viaje a Tierra Santa, que la noche de la Ascensión, el monte de los Olivos parecía estar encendido en fuego, de la cantidad de cristianos con antorchas que a medianoche subían para esperar la aurora rezando, todos orientados hacia el Saliente, festejando así esta entrañable fiesta. Patriarca y clero; monjes y oblatos; hombres, mujeres y niños. Cientos, miles: todos en unívoca dirección de cara al Cielo, donde las nubes habían sido rasgadas por la Carne del Logos al penetrar las entrañas mismas de Dios, instalando a la Humanidad en los interiores de la Vida intratrinitaria. Y que prometió que del mismo lugar lo veríamos regresar.

La Cabeza –como ocurre en los partos– había salido del estrecho útero del mundo creatural para respirar el Aire increado. Y nosotros, su Cuerpo, los pies de esta Cabeza (diría Crisóstomo), habíamos iniciado el vuelo esponsal, sobre las plateadas alas del Águila de oro puro.

En este imponente Suceso –histórico y metahistórico a la vez– miríadas de ángeles avisan a las demás Potestades que alcen los portones, que levanten los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas; pues va a hacer su entrada triunfal el Rey de la Gloria. ¿Y quién es ese Rey de la Gloria? –atreve algún Querubín. Jesucristo, el Señor –avisa con tono grave san Miguel. El Señor de los ejércitos, el héroe valeroso, vencedor del Enemigo.

Así se inaugura la Liturgia celestial, la única Realidad, cuyas sombras y figuras configuran nuestras liturgias terrenas.

Y anota san Ambrosio: “los mismos ángeles se maravillaron de este Misterio. Cristo Hombre, al que vieron poco antes retenido en estrecha tumba, ascendía hasta lo más alto del Cielo. El Hijo regresaba vencedor, cargado de una presa desconocida, de un curioso botín conquistado a la Muerte. No, ¡no es un mero hombre el que entra, sino el Mundo entero en la Persona del Redentor de todos!”

Sí: el mundo entero, anidado en el Costado inmenso de su Esposo y Señor, sube como incienso a Lo Abierto de la Inmensidad divina; a la majestuosa intemperie de un Dios desmesurado.

Geotropismo o heliotropismo: no hay mucho más en juego.

La Ascensión, dice Jean Corbón (ese gran liturgista greco-melquita), es el impulso divino que sostiene y orienta nuestro mundo. Es la Anámnesis Viviente del Único Sacerdote ante el Trono de su Padre. Ser el Cuerpo indesgajable de este Viviente constituye nuestra “posición”, nuestro lugar existencial, nuestra perspectiva y tropismo oracional. En algún sentido, ya no estamos “frente” a Cristo, sino que somos parte Suya, miembros Suyos, de cara al Padre. Como ataja y aclara san Agustín: “no es que queramos confundir la dignidad de la Cabeza con la del cuerpo, pero sí afirmamos que la unidad de todo el cuerpo pide que éste no sea separado de su Cabeza.”

Cristo, filoso puntal de la Historia, rompiendo el eón, arrastrando tras de Sí toda cautividad intramundana, es una imagen tremendamente gráfica y patente del impulso efectivo del Hombre hacia Dios. Es el rompimiento definitivo, el quiebre punzante de todo eterno retorno, de toda concepción cíclica de la Historia, de todo Sísifo, recurrente en su patética reiteración.

Cristo en ascenso, es el contra-ouroboros frente a toda religión autoreligante.

Es la aguda Cruz sobre la limada esfera. Es la salida vertical de las ruinas circulares del laberinto cósmico.

La mano tullida por el derrame del pecado, logra dejar de señalarse a sí mismo y se abre en limpia y franca plegaria coram Deo. Es la definitiva aniquilación de toda atrofiante circularidad.

Es el triunfo del Sentido; la victoria de un “¡por-aquí!”.

Y todo esto, gracias a Él: nuestro Aleph y nuestro Omega; nuestra filosa punta de lanza; el Pionero y Mayoral de nuestra Fe; el Jefe y Caudillo de nuestras batallas; nuestro amado Adelantado que inaugura Cielo y Suelo nuevos.

La Ascensión omnipotente nos arranca del polvo y nos imanta a las cosas de Arriba.

Y no; no puedo dejar de pensar todo esto en categorías litúrgicas... y alentar al imaginario de la piedad colectiva a reconciliarse con esta alineación tras las espaldas del Cristo ascendente y orante, Quien, cual la filosa quilla de un rompehielos, avanza, rasga los mil velos de los mil templos que nos separan del Padre; y rompe la tela del dulce Encuentro.

La Fiesta de la Ascensión, mucho más que en sus conceptos, en su sola expresión icónica, hace de potente antídoto a todo el ouroborismo litúrgico que nos tiene tullido y tufido el Culto; y no menos, nuestra privada plegaria solipsista.

Ante el indisimulable tufillo, ventilar es la consigna. La alternativa: abrir alcantarillas o claraboyas. Y yo digo: ¡Sursum Corda! ¡Llévanos tras de Ti!


el Athonita

10 comentarios:

Mary Lennox dijo...

Las palabras de mi amiga:
“Aquel cuya alma permanece Orientada hacia Dios mientras es atravesada por un clavo, está clavado en el centro del universo, en el verdadero centro, que no es el medio, que está fuera del espacio y tiempo, que es Dios. Según una dimensión que no pertenece ni al espacio ni al tiempo sino que es totalmente distinta, ese clavo ha hecho un agujero a través de la creación, a través del espesor de la pantalla que nos separa de Dios. Por esta dimensión maravillosa el alma puede, sin abandonar el lugar y el instante en que se encuentra el cuerpo al que está ligada, atravesar la totalidad del espacio y el tiempo y llegar hasta la presencia misma de Dios. Se encuentra en la intersección de la creación y el Creador. Ese punto de intersección es aquél en que se cruzan las ramas de la Cruz. San Pablo pensaba quizás en cosa así cuando dijo “Sed arraigados en el amor, a fin de ser capaces de captar lo que son el ancho, el largo, el alto y la profundidad, y conocer lo que sobrepasa todo conocimiento, el amor de Cristo””.
Simone Weil, Espera de Dios, Editorial Sudamericana, Bs. As., 1954 pp. 88-89

Anónimo dijo...

Plantear la Ascensión como “salida vertical de las ruinas circulares del laberinto cósmico” es la expresión más aguda que he escuchado sobre este Misterio en los últimos 67 años. Gracias Athonita por estas ráfagas.

Borges y Marechal, conciliados a los pies del Raptus: nunca visto.

Lo del “ouroborismo litúrgico”: inmejorable la expresión. La incorporamos (como tantas otras) al secreto diccionario de expresiones athónitas y athonizantes...

FRM

Javier Vicens y Hualde dijo...

Como usted mismo diría mejor: respetos ascendentes.

Alejandra dijo...

Frente a tal discernimiento, enmudeciò mi lira.
Mi màs humilde respeto ante tamaña desmesura.

FELIZ PENTECOSTES para todos!!!!!!!!

amelia dijo...

muy interesante, pero... dónde leyó que Beda había ido a Tierra Santa?

el Athonita dijo...

Está muy bien la objeción de Amelia. También yo, cuando lo leí, me llamó la atención. Pero apliqué el venerable principio del argumento de autoridad: se lo leí a quien sabe mucho y no suele pifiar: monseñor Gustavo Podestá.

Hic corpus delicti:

http://www.catecismo.com.ar/ascension/ascension04.htm

Aliquando bonus dormitat Homerus...

Anónimo dijo...

El error parece provenir del hecho de que Beda murió en la Vigilia de la Ascensión...

¿Qué opinará Podestá, quien seguramente lea cada tanto este blog?

amelia dijo...

Les copio la aclaratoria respuesta que me envió ayer Mons. Podestá:
"La reseña de Beda sobre la fiesta de la Ascensión se encuentra en el capítulo VII de su obra ‘De Locis Sanctis’, descripción de Jerusalén y los Santos Lugares basada en los escritos de unos tales Adamnan y Arculfus, ellos sí, peregrinos. Obra compuesta, muy probablemente, entre el 702 y el 703. Difícilmente haya podido Beda, a menos que se haya bilocado, conocer personalmente Jerusalén ya que sus viajes, según las fuentes imprecisas que tenemos de su vida, no lo muestran nunca saliendo de su británica isla.
La cita y descripción son, empero, correctas y fueron extraídas de William Smith & Samuel Cheetham, “A dictionary of christian antiquities (London 1875) Tomo I, 145 ss.
Piénsese que los sermones del pobre cura Podestá debían hacerse contra reloj, cuando la adrenalina le advertía, el sábado a la tarde, que llegaba el momento de la Misa vespertina del domingo, y se ponía a tipear inciertamente sobre el teclado de su PC, cuando aún no existía internet ni Wikipedia para las consultas.
Puede perdonársele haya hecho peregrinar al santo doctor a Jerusalén. Sin duda que el Venerable lo hizo, de deseo, con su magín y su enciclopédica información."

Alejandra dijo...

Creo que el error se produce cuando se interpolan las expresiones del santo respecto del viaje a Tierra Santa en vìsperas de la Ascensiòn en sus "Crònicas",al referirse al viaje de Santiado Apòstol a Jerusalèn en tal oportunidad . Cabe diferenciar lo imaginativo de lo real en este aspecto. En verdad, Beda muere el 25 de mayo del 735, vìspera de la Ascensiòn, en el monasterio de Jarrow, del que sòlo saliò una sola vez para dirigirse a York y volver inmediatamente. Aùn ante el pedido del Papa Gregorio II de ir a Roma, pidiò ser relevado de tal deber.
Tèngase tambièn en cuenta que una de las salas del palacio de Westminster se llama "Jerusalèn", y es conocido en la literatura inglesa -Shakespeare lo toma en RICHARD II- como Tierra Santa.

Alejandra dijo...

Creo que "el alemàn" me està alcanzando.En realidad, con mi comentario querìa llegar a otra conclusiòn. Y es que, màs allà de la precisiòn o no del dato en cuestiòn, el texto se sostiene por sì solo, por la centralidad de Cristo ascendidendo para fundirse en el Logos del que procede.