martes, 13 de julio de 2010

La Universidad: su Espirítu, su Espiritualidad (I)



Catedral viene de cátedra y no al revés.


Esta frase así, desnuda, tiene el sabor de una sentencia arcana, llena de latente sentido. Yo creo que sí. La etimología es una “ciencia” fascinante, por cuyos recónditos subsuelos se accede repentinamente —cual por alcantarillas urbanas— al más imprevisto microcentro del tema. Ocurre también a veces que términos derivados cobran mayor relieve y peso que su término de origen. Cristo viene de Crisma y no al revés, insistía san Agustín. Y con ello no quería reivindicar para el crisma un protagonismo o valencia que Cristo le hubiera usurpado, sino muy por el contrario, intentar que el Misterio de Cristo recibiera luz desde abajo, desde sus raíces lingüísticas. Pie viene de piedra, pastor de pasto, Cristo de crisma… y catedral de cátedra; y si al derivado le hace bien saborear el sabor radicular de su origen, al término de origen (y en él, la realidad asignada), le ha de hacer bien reparar en el “peso” del árbol frondoso que emerge por encima de su oculta y prosaica raigambre.

Digo todo esto, pues estoy ante “catedráticos”, titulares de “cátedras” y aunque todos estén muy lejos de pretender catedrales, yo quiero proponerles intentar juntos la (re)construcción de una.

Vuestras cátedras merecen catedrales, ameritan catedrales.
No construidas con piedras muertas sino con vuestro espíritu y con el Pneuma divino, que es capaz de hacer de los huesos secos de nuestras aulas universitarias, catedrales vivientes del saber donde se cante la Gloria de Dios y la gloria del ser.

Cuando el cardenal Newman, allá por el 1851, desarrolló sus conferencias en torno a The Idea of a University, dejó un legado intenso de lo que lo universitario era en sí. Aquellas ponencias son tan ricas como variadas. Entre muchas otras cosas, Newman plantea allí tres asuntos en que quisiera detenerme en esta reflexión: gratuidad, contemplación y unificación. Y se me ocurre que estos tres “materiales” pueden sernos de provecho para la construcción de la catedral que les propongo levantar.
Intentémoslo, al menos.

La gratuidad: el cimiento

Dirá Newman que la Universidad, como hogar del saber, contiene su finalidad en sí misma -podríamos decir: es autoportante- y por eso no necesita ser servil a los intereses externos a ella. Con esto abría un intenso debate, pues aunque los conceptos en juego son tan añejos como el viejo Aristóteles, ya se había instalado en el mercantilismo occidental la idea de las universidades como mercados de compra y venta de datos, compra y venta de profesiones. Las universidades son “útiles” a los intereses de la sociedad, ¡cómo llamarlas inútiles! A todos nos recuerda esto lo que los griegos decían de la Filosofía: no sirve para nada porque no es sierva de nadie; es señora. Para Newman el saber tiene un peso y dignidad tal que —aunque sea muy útil— no necesita cultivarse en función de nada ajeno a sí mismo. No es “funcionaria”. Finaliza en sí.

Hoy se debate sobre la Universidad gratuita en la acepción de “no paga”. En aquella Inglaterra se debatía por un concepto sutilmente más hondo: la gratuidad interior del quehacer universitario. Su distendida intencionalidad. Como un monje reza porque sí (aunque sus rezos muevan secretamente al mundo), alguien que le ha entregado la vida a la Universidad, estudia, lee, piensa, reflexiona y comparte estas reflexiones porque sí y no para que el alumno aprenda y apruebe y se reciba y se inserte en el circuito social. Una cosa son las escuelas de profesionales y otra, la Universidad: sede del saber. Así como catedral viene de cátedra, cátedra viene de una gran familia de términos griegos, entre los cuales está la silla, la “sede” donde se asienta el saber, donde gravita y reposa el saber. Esto último —reposar— es crucial. Y si seguimos removiendo raíces, descubrimos que “kathédra”(silla) proviene de “hédra”, que refiere a lo firme, al fundamento, al sostén último. El verbo “katéjo” nos aporta también algo crucial: se trata de conservar, poseer, retener. Y en lo que nos atañe, ‘retener’ hay que entenderlo no como un mezquino repliegue sobre sí, sino como un modo de impedir que el saber se derrame en esa frenética obsesión por mutar los fines en medios.


Nuestra cultura es alérgica a los fines y fanática de los medios. Y si en el asfaltado bosque brota por descuido un “porque sí”, con urgencia hay que mutarlo en un metálico “para qué”: asignarle un cauce de utilidad, para que corra y no se detenga. Que una cátedra sea “sede” de un saber (sede porosa, absorbente) es casi lo contrario a que sea un “conducto” del saber (conducto inclinado e impermeable).

Es lo que Guardini planteaba ya en la posguerra, en su bella y aguda ética para nuestro tiempo: la necesidad de volver a vivir algunas cosas sin intenciones. El saber es, de un modo eminente, un caso posible. Su objeto lo hace posible, por la dignidad que entraña el saber mismo. Pero cuando crece la valencia instrumental del saber (estudio para aprobar, apruebo para recibirme, me recibo para conseguir trabajo, trabajo para comer, como para…; y su correlato docente: enseño para que el otro…) las escuelas del saber se tornan factorías de información con salida laboral. El “amo porque amo, amo por amar” de san Bernardo admite varios formatos: uno de ellos les atañe a ustedes de un modo ineludible: estudio porque estudio, estudio por estudiar. Y estudiar acá significa el panorámico ejercicio de todo lo vinculado a vuestra tarea. Pero sobre esto volveremos en la segunda “nota universitaria” de la terna escogida. Sólo les adelanto: no creerán ustedes que lo específico de vuestra labor universitaria sea dar clases… eso no es más que el rebalse de un trato cotidiano con la ciencia que les atañe: a ese trato —“trato de amistad”— lo llamo ampliamente la estudiosidad, y es la que admite el adagio bernardino.

Rescatar o restaurar la gratuidad del saber implica un cambio actitudinal que no se improvisa, sino que se debe procurar no sin esfuerzo: implica un cambio de polaridad que sólo una esmerada ascética, una seria purificación de la mente, puede emprender con éxito. El amor que ustedes confiesan al saber que les atañe debe ser una ‘confessio’ expresada vitalmente, en el modo en que se inclinan sobre su objeto y lo rumian, lo palpan, lo “saborean” (como juega Bernardo con el sabor del saber) y lo atesoran y conservan por el valor que tiene en sí mismo. No se prestan a la “manipulación”, que es justamente esto de mutarlo en objeto de utilidad, en mercancía.
La catedral que queremos, en su último subsuelo (etimológico y cotidiano) no tiene una “sala de máquinas”, sino una suerte de bodega -silenciosa y quieta- donde reposa, donde se conserva (katéjo) el saber. Y diría más: se conserva y se adoba, es decir, se añeja y mejora… no con más datos, sino con el quieto reposo de lo sabido en mí. Es una suerte de gratuidad con trampa… pues esconde la mayor utilidad: lograr el mejor vino del mercado.

Veamos algo más de esta gratuidad a cultivar en vuestras escuelas del saber. Tal vez su nota más específica. Y otra vez me valgo de los subsuelos del lenguaje: “sjolé” en griego, del cual proviene el schola latino y la escuela nuestra, significa “ocio”. La negación del mismo, eso es el trabajo, ese el negocio. Trabajar en una escuela es casi una contradicción en términos. Y ocio se opone a trabajo no tanto como la acción se opone al reposo (aunque también), sino sobre todo como la gratuidad se opone a la utilidad. La dis-tensión es, tal vez, el término que mejor grafique la actitud interior del que se aboca al saber por el saber mismo. El caminar (figura tan cara al itineraium mentis, como a la ped-agogía) admite tres modos de hacerlo: el que camina sin rumbo hacia el error -errante-, el que camina resuelto hacia la meta -peregrino- y el que camina por caminar, el que pasea. Los peripatéticos griegos hacían esto: paseaban; y algunos milenios previos, eso hacía el primer Hombre con Dios en el paraíso: pasearse. Es el caminar primordial. He aquí una imagen bella y diáfana de la gratuidad del buen pensante.

Una Universidad que sin desdibujar sus utilidades sociales, preservara y protegiera su sustrato o cimiento gratuito, augura poder hacerle frente a la “catedral” que cada aula deberá construir. Con cierta dialéctica podemos decir que lo inútil deviene lo supra-útil cuando supera su momento “negativo” de utilidad.


Pero el Saber, en su inerme y candorosa inutilidad, se tentó de poder (tal vez habría que achacarle a Bacon con su Novum Organum este parvo error del principio que con los lustros y siglos se tornó en lo que hoy es la oferta universitaria: sepa más y será poderoso). El aprehender como apresar, como dominio, como poder. La practicidad, aplicabilidad, o su versión más actual aún: su salida laboral, hacen de único cimiento de un edificio, que por lógica será de una sola planta. Chato, aplastado como pan árabe, feo, funcional: como un gélido edificio de trámites burocráticos.


La “sede” mutó en “bureau”, en mostrador. La roca se pulverizó en arena. Nos toca a nosotros dar con el aglutinante que nos permita elaborar una ‘piedra reconstituida’: transfigurar la arena del utilitarismo en roca de gratuidad.


¡Pero ya es hora de empezar a levantar paredes!


Continuará...


Padre Diego de Jesús (Athonita undercover)


5 comentarios:

Natalio Ruiz dijo...

Charla dada por el Athos a profesores en Mendoza. Viene a cubrir con su sabiduría y estilo el silencio bloggero (ya bien interrumpido por un amigazo anónimo).

Recuerden hoy la marcha! Es casi una obligación.

Respetos marchantes.

Natalio

Psique y Eros dijo...

Hermosa página, Diego, en lo que hace a la esencia de la Universidad, al volver al origen mismo de la Universidad. Hace rato también vengo meditando el tema, y quería hacerte una pregunta, ¿no tenía que necesariamente "institucionalizarse" la universidad?¿al ser "institución" dentro del contexto de una sociedad organizada no es ya algo distinto de esa primigenia universidad ideal de la gratuidad?¿El carácter de institución no agrega al todo alguna característica esencial, en su referencia a lo social, que no está en esa universidad de la gratuidad ideal? Son preguntas curiosas, no retóricas. Hace tiempo que me da vueltas por la cabeza la idea que la Universidad-Institución es esencialmente, en realidad, un contralor del saber, más que un organismo educativo. Y dado que en nuestra organización social es imposible volver atrás a una Universidad puramente educativa que no sea institución, sería mejor que la Universidad-Institución en la que vivimos tuviera clara su identidad más profunda, ser mero contralor, y la gratuidad del saber la pondremos o no quienes investigamos. Tal vez te cambié el enfoque, pero es algo que vengo pensando hace rato, sobre todo en relación al fariseísmo institucional de las universidades "católicas", con asistencias obligatorias, imposibilidad de rendir materias libres, y mil cosas por el estilo.

Severian dijo...

Que golpe a mis prejuicios.... resulta que como ateo racionlista, me provoca una extraña sensación tener tantas coincidencias con alguien que se identifica con el catolicismo (situación que, debo decir, no se repite en casi ninguno de sus post anteriores, por lo que estuve ojeando).

En particular, rescato aquéllo de que la universidad no es una fábrica de profesionales, y de que el conocimiento es un valor en sí mismo que es anterior e independiente de sus aplicaciones. Le dejo mi post sobre el tema, no por hacerme propaganda sino para señalar las coincidencias.

Solo por provocar, me pregunto si las universidades católicas no van un paso adelante en ese descariar respecto de las publicas, no tanto por su carácter confesional, sino por su cada vez más marcado carácter comercial.

el Athonita dijo...

ad primum dicendum quod, fueron unas charlas organizadas en conjunto con la Pastoral Universitaria de la Arquidiócesis. En sí es anecdótico este dato, pero pretende trasuntar un asunto nada menudo para “los del palo” que por estas latitudes procuran una evangelización por fuera de las instituciones eclesiales, que consideran irremediablemente infectas.
Y no: se puede hacer mucho y bien desde adentro sin necesidad de subirse a una palmera a tirar piedras.
Las tareas que despliega este Monasterio son un molesto e incómodo semáforo contra dicha apología del oenegeísmo; dado que —removido el “gravi necesitate”—, se les pulveriza su justificación. Algo así como si unos días previos a las ordenaciones de Lefebvre JPII les hubiera salido con el martes 13 del MPSP... ¿y ahora qué?, hubiera dicho el Galo.


ad secundum dicendum quod,,, mañana lo charlamos bien, chocolate caliente de por medio.

ad tertium,,, qué sorpresa! ¿Qué lo trae por acá, me pregunto sin derecho a respuesta? Sólo se me viene aquello tan agudo de George Steiner, que mereció el título de un librito suyo: cuando los mesianismos sustitutos van cayendo uno tras otros, en las desoladas playas, lo único que permanece nimbando es una inverbalizable “Nostalgia de Absoluto”.

Lo de sus prejuicios: no, no; reafírmelos con vigor. O mejor: verifíquelos con popperiana seriedad y quíteles el ‘pre’. Lo más factible es que no exista ninguna coincidencia: tan sólo un coincidente y azaroso cruce de nomenclaturas, diría Borges.- Imposible es que estemos hablando de lo mismo cuando ambos defendemos la “gratuidad” del saber. La insoportable levedad del ser justamente lo que no soporta es que algo pueda gravitar sobre su propio sentido. Sólo la praxis make sense, doctor.
Sí deploro el carácter comercial de las universidades católicas; y procuraré leer su post ni bien la nieve me deje más margen para estas gratuidades.- Mis saludos y respetos a Jack Celliers: hace mucho que no visito su pago virtual.

ddJ

Alejandra dijo...

Hay un problema màs profundo aùn en la "gratuidad del saber" tal como ha sido expresada, desde el punto de vista de quienes reciben ese "saber" y desde el de quienes lo transmiten. Si bien en la mayorìa de los casos esta sede llamada universidad se ha transformado en una plataforma previa a la contrataciòn y, por ende, tiene un valor de mercado, no es menos cierto que quienes tienen a su cargo la enseñanza tambièn ven en ella una suerte de status, de jerarquìa, por el solo hecho de ser "PROFESOR UNIVERSITARIO". Y es aquì en donde encontramos el centro neuràlgico de este efecto no deseado.
No se trata de que las universidades sean privadas, catòlicas o estatales. En mi experiencia personal, estudiè en dos prestigiosas universidades, una privada y otra estatal. Puedo decir con aval de mi experiencia que los mayores conocimientos no me los brindò la instituciòn, sino alguno que otro profesor amante de la enseñanza. Fueron clases magistrales que quedaron grabadas hasta hoy en mi memoria. Fueron clases entregadas con amor, plenas de saber, màs allà de las que recibì en otros casos, instructivas en su contenido -que tambièn pude haber encontrado en algùn libro.
Los profesores deben recuperar ese fuego-si lo hubo- que los llevò a enseñar. Entonces podremos hablar de verdaderas càtedras. En medio de tanta globalizaciòn seamos ùnicos, busquemos y brindemos la sabidurìa que sòlo se alcanza cuando se camina, se medita y se hace una con nuestro interior y por què no, con nuestro creador. Asì lo hicieron grandes filòsofos aùn antes de Cristo y despuès de El hasta nuestros dìas.