jueves, 22 de julio de 2010

La Universidad: su Espirítu, su Espiritualidad (II)


La contemplación: muros de la catedral

Entre el oscuro y enterrado cimiento y la vistosa y atrayente cúpula: los muros, que van de altura en altura dándole presencia al edificio, otorgándole progresiva ingravidez; o como arriesga san Agustín: invirtiendo la gravedad, haciendo que todo caiga para arriba… En una catedral -bien construida- las cosas caen para arriba…
Lo que hace las veces de piedras en la catedral que nos incumbe se llama “contemplación”. Palabra por demás erosionada por el uso y manoseo. Para el cardenal Newman ella es el ‘alma mater’ de la actitud universitaria. Se trata de una apertura que involucra todo el ser (no sólo la mente) que se inclina ante una realidad. Se inclina no como un cazador sobre su presa, sino con reverencia y a fin de acogerla con asombro y alojarla. Cuando se opone la contemplación a la acción puede pensarse que lo contemplativo es cualquier actitud cognoscitiva, enfrentada al afán por la praxis. Pero lo cierto es que lo contemplativo es una actitud posible frente al conocimiento: actitud diametralmente opuesta a la actitud activa con que hoy se procura conocer. Por eso su nota central es la pasividad, receptividad: el dejar que la realidad me invada, me aborde, me entregue su logos. Y esta entrega no sea “a punta de pistola”, sino por el arte de la hospitalidad. El contemplativo es un hospitalario con el ser de las cosas. No las acosa, no intenta conquistarlas a punta de lanza, no las interrumpe con infinitas preguntas o comentarios mientras ellas destilan en suave murmullo su propio logos.
Logos autoelocuente. Ciertamente autoelocuente.
Por eso, el contemplativo es un hombre de silencio, no de palabras. ¡Las palabras son asunto de las cosas! Y las palabras “caben” donde hay silencio que las acoja. Conocer no es criticar -como de Kant en adelante se instaló- sino alojar. No es atacar sino escuchar. Como -siguiendo con nuestra analogía catedralicia- no le toca al hombre iluminar el recinto, sino prever las lucarnas, los lucernarios que admitan la luz, que alojen la luz. Virando apenas la analogía: el muro debe suspender sus hiladas para habilitar el ingreso de luz; el hombre debe suspender su inquisidora “ratio” para quedar bañado en luz por la intuición.

Esta serena humildad con que el hombre universitario debe ser un escucha es lo que augura el encuentro experiencial con vuestro objeto de ciencia: ya sea un átomo, un gen, una galaxia o un conflicto humano. Ellos son el contenido; mi cátedra, el continente. Ellos, los protagonistas, nosotros, el soporte para ponerlos en relieve. El contemplativo natural es como Juan Bautista ante Cristo: la voz ante el que es la Palabra; el que disminuye para que el otro crezca. El dedo del Bautista: ¡he ahí una bella figura de vuestra tarea docente!

Algo crucial sobre este señalamiento: lo que deben señalar es a la realidad misma que les toca saborear y mostrar. No lo que “se dice” de la realidad, sino la realidad misma. Es esta de las mutaciones kafkianas más monstruosas que ha sufrido el saber. Saber ya no es saber la realidad sino saber la historia completa de lo que los demás han dicho sobre ella. El enano sobre los hombros del gigante ya no mira el amplio horizonte que se abre ante sí… ocupadísimo como está en hurguetearle la cabeza al que sólo se le ofrecía como andamiaje para ver más lejos… ¿Y por qué este viraje de la cosa misma hacia la idea sobre la cosa? Es largo y complejo responder a esto (escribimos años ha una “Égloga a la cosa” que puede servirles al respecto), pero es importante al menos percibirlo como un hecho y deplorarlo. ¿Por malo y perverso? Valdría. Más simple me parece hacerlo por insólito, insulso y metodológicamente conflictivo. A ningún astrónomo se le ocurriría direccionar su flamante telescopio sobre la pantalla de su televisor para sintonizar Discovery y ver las estrellas… pero si usted debe mañana dar una clase sobre la angustia, ¿qué hace? Su impulso cultural lo moverá a abrir el Google y teclear sin más “angustia” y recolectar con cibernáutica ansiedad datos y más datos y sobre todo, ¡nombres!, de lo que Fulano y Mengano han dicho sobre la angustia. ¿Plan B? Enfocar a ese adolescente angustiado que tengo en casa, o a ese anciano decaído y tratar de contemplar la angustia de frente… ¡sin intermediarios! Es la insoportable densidad del ser, lo que tal vez aterre, señor Kundera.

En el ejemplo sobre la angustia hay un detalle de monstruosidad que puede escapársenos, pensando que el “in oblicuo” es de un solo trazo, como la luna recibe luz del sol. Lo cierto es que el autor de ese artículo ha hecho lo mismo que yo, y por tanto lo que en los claustros del saber se “trata” acerca de un asunto está distanciado vaya a saber cuántas generaciones del contacto directo con la cosa. Fotocopia de fotocopia de fotocopia… Steiner lo ha llamado “la ciudad secundaria” donde el comentario se nutre del comentario al infinito, sin recurso ni retorno a lo real. Un modo parasitario de ejercer el saber. Ante esto, el contemplativo contrasta abruptamente con su límpida e ingenua mirada sobre la cosa misma, estando ahí, ante mí. (Steiner imagina una ciudad primaria, donde el meta-texto (texto sobre texto) entrara en un riguroso índex y sólo estuviera permitido hablar sobre cosas…).
Y con este “ante mí”, ¿qué hace el contemplador? Viaja al hondón de la cosa. Viaja a sus raíces. Quiere nacer con la cosa (Claudel decía que conocer es co-nacer). Quiere bucear hasta esa instancia en que su objeto es arrancado del país de la nada y puesto en el ser. Quiere esa “instantánea”, y así se lo mendiga (¡qué verbo poco científico!) a su Dama Sapiencia. El contemplativo “lee-por-dentro” (intus-legere) hasta los tuétanos primordiales de lo que la amistosa realidad le oferta. (Valga decir: amor con amor se paga, y la realidad paga la afable y humilde hospitalidad con elocuencia y transparencia; y en cambio, devuelve al ávido y prepotente, con circunspecto hermetismo. Sincero con el sincero, astuto con el falso, dice el salmo. De Dios nadie se burla, dice la Escritura; y yo acoto: de la rosa tampoco…).

Y en el hondón de ese abismo interior del ser, el contemplador se topa experiencialmente con el ex-nihilo de su objeto (¡cual fuera!, pues vale para las ciencias duras como para las más blandas). Y ante ello, una doble experiencia lo invade —tremenda y fascinante a la vez—: percibe su origen divino y percibe —en el mismo foco— su contingencia, su poder-no-ser. Límite y anchura infinita se le revelan así en superpuesta elocuencia como la condición paradojal de todo lo creado. Y goza. Disfruta, paladea el exquisito manjar de su saber: su saber cuanto sabe y su saber cuanto ignora.
Si los monjes acuñaron aquellos pasos de la Lectio divina ante el Logos increado, los medievales animaron un itinerario alternativo para el pensador, hilvanado por la transversalidad del logos, que se esquematiza así: oratio-ratio-adoratio. Apertura, inquisición, postración. He aquí las “rúbricas” para vuestras liturgias catedralicias.

Un solo asunto más sobre el carácter luminoso de las cosas y su ingreso a nuestra catedral. Valdrá percibir una triple característica de estos rayos del sol: ellos muestran luz, se donan como luz y se dicen como luz. Y esta terna constituye de algún modo la morfología propia de todo lo real, que es superpuestamente bella, buena y verdadera. Y no que algunos rayos son verdaderos, otros buenos y otros bellos: esta terna es la trama propia de cualquier objeto sobre el cual haga ciencia, haga magisterio, haga cátedra. No es lo uno para la cátedra de lógica, lo otro, para la de ética y el otro para artes plásticas. En la Multiversidad actual esto es así; pero en la Universidad de siempre, no. Por una diminuta lucarna románica, ingresa todo el sol. Y esto es lo que nos habilita a armar la cúpula antes de que se nos vaya nuestro sol.

La Unificación: su cúpula

Ya tenemos sobre la roca de la gratuidad, la apertura contemplativa a las cosas, que le dan a nuestros muros solidez, altura y trabazón. Y habilitan la entrada de luz. Desde la misma metafísica del ser, habrá que agregar un elemento que habilite el arco, que permita la cúpula, para que cuando en esa catedral se cante la Gloria divina e intramundana, “suene bien” y no parezca que estamos cantando en un sótano. La Universidad como fuente de Unidad, diría Newman. Ese “elemento” casi mágico se llama la analogía del ser. Un Mundo analógico significa básicamente que todos los “logos” que abordan cada una de vuestras ciencias son parcialmente lo mismo y parcialmente distintos. Es que el ser mismo es analógico, pues todo es y todo es algo distinto.

Ortega denunciaba que la Universidad se había transformado en Multiversidad. ¿Sólo por la multiplicidad de carreras de grado que se empezaron a multiplicar? No. No es esto lo que debe asustar. Es por la falta de ilación interna, de experiencia de unidad en el saber lo que se ha craquelado hasta la atomización, la fragmentación, dejando a la posmodernidad en una suerte de playa desolada -como describe trágicamente Steiner- de muñones y fragmentos. Ni alcanza con multiplicar seminarios interdisciplinarios. Es una experiencia interna de asociación de logos, “ecos” y “armónicos” que mi música, mi partitura genera y combina con las partituras de las demás cátedras y facultades. La Universidad es sinfónica o no es universitaria. La cacofonía cultural -tan patente en el mundo universitario- sólo es corregible desde la paciente y esperanzada búsqueda del “la” del primer violín, que torne “una” todas las voces y le devuelva música a nuestro ruidoso mundo.

Ustedes deben buscar el “la” en el Logos de Carne que es Cristo, Nuevo Orfeo que encanta a todos los saberes, que a la letra baña de espíritu, al fragmento lo tiñe del todo; al dato lo sumerge en el sentido; a la ciencia la nutre de conciencia. Todo logos tiene en Su ser Logos su “consistencia”, va a decir san Pablo usando un verbo muy gráfico para expresar este Mundo mono-lógico, cromo-lógico y cosmo-lógico. ¡Y que empiece la música!

El sonido metálico y seco de la academia mercantil posmoderna desconoce la reverberancia. Explicárselas parece empresa más compleja que describirle el verde oliva a un ciego de nacimiento. Viven atrofiados en esa barbarie de la especialización, donde cada vez saben más de menos, hasta que lo sepan todo de nada (como la Enciclopedia hizo el proceso de atrofia inverso: cada vez sabía menos de más, hasta que no supo nada de todo). A nosotros, discípulos del Logos -cantautor del Mundo-, nos toca intentar la mejor música donde genes y sales, témpanos y ciclones, crustáceos y líquenes refracten su música sobre formas de gobierno y la conducta prenatal, el miedo, la sangre, las leyes, el Quijote de la Mancha, el magma incandescente, el cáncer, la nostalgia, los océanos, el tiempo, Mozart, las sabanas y el rojo intenso del lejano Marte. Newman lo llama: la correlatividad de todo real, desde el serafín más glorioso hasta el más detestable de los reptiles. “Un universo íntimamente entretejido”, remata el inglés. Universo -aporta d’Exupery- por ser poema de un solo verso. Todo confluye en una única sinfonía, que canta la Gloria de Dios en sus obras admirables.

Lo universal de la Universidad es como la nota de catolicidad aplicada a la Iglesia: tiene un carácter extensivo e intensivo, horizontal y vertical. No sólo implica la interrelación de las cosas, y la unidad que conforman, sino también permite dar con el “unum” trascendental, con que cada cosa contiene en sí todo el Universo, el multa in parvo, el todo en el fragmento. Con cierto resabio eucarístico, cuando en la trastienda de la gota de agua se nos desvela el vasto cosmos sin fondo, el pensar entra en pasmo (bello es el stupore latino) y sólo atina a la gratitud frente a la desmesura del don. Los alemanes lo consignan así: del denken al danken. Y en una inclusión más completa podemos proponer con von Hildebrand andar de la gratuidad a la gratitud, con circularidad eucarística.

El Universo de la Universidad ha de ser faro que profetice sobre los huesos secos de esta cultura anunciando un Mundo de sentido. Así como Claudel se convirtió escuchando el Magnificat en una catedral, vuestras cátedras-catedrales deben poder ser ámbito propicio para la conversión de sus alumnos. No la conversión sobrenatural, sino la vuelta, el retorno natural al ser de las cosas. La conversión del insulso cientificismo pragmático al “sápere” al que saben todas las cosas, cuyo exquisito sabor ustedes han de cultivar, gustar y enseñar a catar, como catedráticos y catedralicios enólogos mendocinos. Ni funcionarios ni sofistas: académicos, pedía Pieper. Como aquellos que en la Grecia platónica se juntaban en las afueras de Atenas, en el bosque de Academos a pensar el mundo, a desentrañar la rugosidad del ser. Den clase de biología molecular o de literatura inglesa: cualquier aula, toda aula es el estrecho atrio o umbral (eso significa “aula”) que da al universo mundo. Toda materia, toda bolilla, toda “quaestio” es el parvo preñado del todo. Como aquel ínfimo Aleph de Borges.

En fin: dar (trádere) de lo contemplado, es la consigna que deja fray Tomás de Aquino. Nosotros podríamos expresarlo con un ejemplo prosaico pero muy exacto: no emitir moneda sin el respaldo en oro de una macerada contemplación. La hiperinflación académica en que vivimos ha devaluado la palabra universitaria, que antaño supo ser el genuino cuarto poder, hoy en manos del periodismo (que opina, lo cual -como se decía antes- es lo previo al saber).
La realidad acontece. Y lo de ustedes consiste en presenciar el acontecimiento con asombro; maravillados, atónitos. Y contarlo con ojos grandes, con respiración entrecortada, como Magdalena en la aurora de la nueva Creación.

Vuestras aulas están pobladas de muertos en vida, de pálidos rostros aburridos… no de la clase: ¡aburridos del mundo! Sólo el testimonio, sólo el retorno a una docencia testimonial puede augurarle una nueva primavera al campus del saber. Y testigo no es el que sabe: es el que estuvo. Un falso testigo puede decir la verdad, pero sigue siendo falso si no estuvo en el lugar y la hora de los hechos.

Ante un Mundo de sentido, una Universidad de testigos. Esa es la justicia/justeza con que ir forjando una suerte de “espiritualidad universitaria”, centrada en aquello que san Juan dice de la Palabra de Vida y nosotros podemos decir de la vida interna de nuestra realidad verbal: lo que hemos visto, lo que hemos tocado con nuestras manos, eso les anunciamos, para que ustedes vean y toquen y tengan vida.


P. Diego de Jesús (Athonita undercover)

4 comentarios:

Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Natalio Ruiz dijo...

Perdone la supresion (no tengo acentos) pero creo que hay que tener un minimo de respeto, al menos con el cArd. Newman.

Respetos.

Natalio

Alejandra dijo...

"... y sigue la escarpada senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido. ..." Porque la Sabidurìa es cosa de pocos, lamentablemente. A los demàs sòlo nos queda escuchar. ¿Què oìdos toca esta nueva sinfonìa? Los nuestros, los de todos los que àvidamente buscamos a Dios, aunque no siempre en el lugar apropiado. No es la forma escudriñar las letras, los textos, sean nuevos o antiguos. No se llega al logos investigando, ni asì tampoco se da a conocer su esencia. Sòlo contemplando desde nuestro interior la estela luminosa de su Faz, el pensamiento se eleva y la oraciòn estalla.
En ese ìntimo y secreto espacio de tiempo y lugar se produce el fugaz e inefable encuentro. No hay muros reales que lo contengan. Deja o no su huella grabada en nuestro corazòn, en ese algo intransmisible, pero sì testimoniable, que llamamos FE.
GRACIAS !!

AleMamá dijo...

En mi blog te he dejado un premio. Espero que lo aceptes pues te lo doy de corazón. A mí me ha honrdo recibirlo. No es cualquier cosa, creo.