martes, 22 de septiembre de 2009

Pan y Vino en el monte Athos




Pan de Vida

Lo he visto por dentro
En la rugosa cripta de mis húmedas entrañas
No menos que en la inmensidad ajena
Que se abre a mis pies cuando baja la marea.
Un populoso mundo de escombros y muñones
Huesos secos esparcidos
Desolada bruma densa
Y entre medio un grito
Solo, perdido
Sin fuerza, dolido
Agotado, desganado, malherido,
Clamando una gota de sentido.

Muere el niño inocente
Brama Camus desde su Peste;
Muere el noble, el indecente
Ideal, amor, proyecto, meta:
Todo cae y muere:
es ist in allen...aporta el Poeta
Esta misma mano cae y desvanece
En desoladas playas inertes
De insípidos salitres que no saben ya salar
La insoportable levedad de toda muerte.

— Alarga tu mano al alimento prohibido
Y serás divino.

La herrumbre del pecado aún no lo ha borrado:
En el fangoso fondo de las almas ciegas
Al tembloroso tacto
Memoria y nostalgia se repliegan
Y vuelven a leer -desdibujada-
La punzante razón de su condena:
Has querido comerte la Vida
Y terminaste sentado
Revolcado en la ponzoña
De un fúnebre banquete
De negros manteles, hedor y roña
Entre platos de muerte y copas de pecado.

Allí,
Debajo de aquel árbol
La muerte comí
Que como un eco abruma sobre el tiempo
Su pestilente y rancio hedor.
Y sobre el orbe entero
Alargan sus lúgubres sombras
Aquellos platos, aquellas copas
Repletos del más funesto desamor.

Pero aquella populosa marea
De escombros y muñones
Más aún retrocedió.
Y yo vi lo que ningún ojo vio:
El negro mar lleno de muerte se abrió en dos
Y un Camino Viviente lo surcó
Y desde Oriente la bruma levantó
Y aunque llanto y pasmo me atontaba
Yo estuve allí y Lo miraba:
Recortado entre medio de las ruinas circulares
Un inmenso árbol conocí,
Frondoso, tupido
De tronco añejo, más que el mundo,
De brotes tiernos, más nuevos que el día.
Y yo, temblando
Hincado entre escombros y muñones
Lo oí:

— Alarga tu mano al Pan Vivo
Y serás divino.


el Athonita

Vino de Melancolía

Je sais que nous buvons à la même coupe
Tous le deux.
Elle est cet horizon commun de notre exil.

P. Claudel

Sobre la intemperie interior
Llueve la más delgada de las lluvias
Minuciosa, obsesiva,
Sórdido lamento de un cosmos en parto y agonía.
Todo es bruma gris
Melancolía
Mojada tarde
Impregnada de olores añejos y primarios.
Y dentro de la nube: añoranza.
Nostalgia de un sol ido
Que aunque nunca hubiera estado
Siempre sería ido.

Y empino la Copa
Horizonte, Umbral, Seña y Roca
Y cuando paladeo
La prenda de la gloria futura
Llega lo que me da miedo:
Crece el deseo,
Fluye indomable la bruma
Y grito hacia la Fuente
Sin ver ni su figura:
si me olvido de Ti, mi Locura
que se me apague el paladar
y deponga todo gusto y todo hablar
!

Ante este Cáliz virginal
Madre ensangrentada
Dejo mi rasa sandalia
Huelo y bebo
Buscando sobre el rojo mar de sangre
El aroma o los rasgos oh Madre
Del que exiliado, me exilió
Del que estuvo y se marchó
Y en prenda me dejó
Este punzante deseo,
Que quiero y que no quiero
Dolor lacerante en el ser
Por unos ojos que no tolero no ver.

Huelo y bebo
El Sésamo que abre antiguas noches
De aromas que lastiman
De diálogos, de risas, de guiños, de silencios
Idos.

Y bebo en frenesí
El morado Río entero
Que barreno o remonto -ya ni eso veo-
Buscando esa piedra primaveral
Sobre la cual
Un día que ya fue y no así
Me bebiste y te comí.

Y bebo
Aspiro suspiro huelo
La furia del fuego
Taninos infinitos;
Canelas, robles y ciruelas
Grosellas, acacias, eucaliptos
Que activan la memoria
De cenas, de bosques, de viajes: ¡tu Cara!
Y yo atesoro la punzada,
Aunque arda
Como lo mejor de mi mismo
Como suspiro sincero de mi nada enamorada.


el Athonita

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Effatá, Shemmá

(Glosa a Mc 7,31-37)

— Temprano, bien temprano habrá que arrancar mañana, si queremos llegar a remontar el Leontes y dormir en las altas cumbres —avisó el Señor a los Doce.
— “Al que madruga, Dios lo ayuda” —aportó Bartolomé, con ingenuo candor, sin sospechar que el piadoso dicho popular no caía bien al Maestro.
— ¡Dios ayuda al que madruga y antes, y más, ayuda a madrugar! —fulminó Cristo con ojos encendidos.

Largo y sinuoso sería el viaje. Pero prometía belleza como pocos.
Harían más de cien kilómetros, y el plan del itinerario preveía consumir para ello dos jornadas, y tal vez algo más.
Aún estaba oscuro cuando salieron los trece, muy de madrugada, a paso firme, de la todavía dormida Sidón.
El camino bordeaba el Mar Mediterráneo, aunque —según los recovecos topográficos— se alejaba o acercaba a la costa. Inmensos cedros del Líbano escoltaban el minúsculo sendero, ofreciendo a los silenciosos caminantes una suerte de Guardia de Honor de mudos gigantes que secretamente se arqueaban ante el paso hidalgo del Verbo Eterno en Quien todo fuera hecho y en cuyo Decir todo conservaba consistencia en el ser.
El grueso alfombrado de pinocha hacía el andar más misterioso aún, casi mudo.
Sólo parecía atreverse a desafiar el Silencio del Cristo de camino, el impertinente rugir del Mar Grande, rompiendo con violencia contra los peñascos fenicios. Parecía el chirrear del averno iracundo y desesperado por el “hasta aquí llegaste” de la Voz de Dios, que con Carne palestina, camina el Mundo, muy de madrugada, bajando de Sidón hacia Tiro, a punto de decirle al sol: ¡amanece!

Y amanece en Palestina.
Desde atrás del Monte Hermón asoma con tímida sumisión la primera claridad.
Y el Maestro se detiene. Y con Él, todos... y todo.
La primavera, explosiva, despliega —modestamente primero; luego, desinhibida— uno por uno sus encantos: aromas, colores, trinar de pájaros, brisas meciendo cedros y sicómoros... y el Verbo, el Cristo, muy de pie, cual director de orquesta ante el ensayar desordenado de todos los músicos, sube a su tarima —un descuajado cedro— y entona Su prístino Shemmá Israel.
Como armónicos reverberantes, la orquesta entera responde: Tú eres nuestro Rey; Tú afirmaste el orbe, lo hiciste inconmovible. El Cielo se alegra, la tierra se regocija; retumba el mar y cuanto contiene; exulta el campo con todos sus frutos y gritan de júbilos los árboles del bosque...

Hacia el mediodía pasaron por Sarepta, aunque no entraron. El sol se había puesto fuerte. El Señor, que iba puntero, relojeó a Juan, el más chico, y al verlo empapado de calor, se detuvo. Comamos algo acá —avisó al grupo, apoyando la palma abierta de su mano sobre la cabeza del discípulo amado.
Entre la bruma del acaldado mezzogiorno, tras el candente polvaderal, se recortaba la antigua Sarepta de los cananeos.

— ¿Saben por qué Elías pudo hacer el milagro aquí y no en favor de las muchas viudas que habían en Israel?
— Porque nadie es profeta en su tierra —apuró Tomás.
— ¿Pero por qué? —insistió el Señor.
— Porque la familiaridad produce acostumbramiento —arremetió Andrés, esmerándose en mostrar que lo había atendido en la Sinagoga de Nazaret— y la costumbre impide el milagro, atonta la mente y la fe.
— Y atonta el amor —aportó Juan, tímidamente.
— Sí, sí. Han hablado bien —sentenció el Maestro—. La costumbre impide el milagro. Pero... ¿por qué?

Sólo se sentía el desganado chirrear de cigarras y chicharras y el afanoso mordisquear de los comensales. Y el sutil tremolar de polvo, nimbando la facalda siesta fenicia.

— Saben, —avanzó el Maestro— La costumbre impide el milagro porque obstruye la escucha. Ustedes, por ejemplo, no han sabido escuchar todo lo que se ha dicho desde que salimos de Sidón.
— ¡Pero si has andado la mañana entera taciturno y callado! —emprendió el flemático Pedro, experto en azuzar el avispero...
— La tierra entera ha cantado la Gloria de Dios y ustedes no supieron escuchar su voz. Y no escuchan, porque el acostumbramiento les ha pervertido el oído.
Ustedes oyen sin escuchar. Como miran sin ver.
Porque oyen y miran demasiado. Hasta el embotamiento.
Tienen atascado el oído de mil palabras y conceptos, que taponan el acceso de mi Voz a vuestro interior.

Un silencio señorial cubrió al puñado de harapientos amuchados bajo la sombra de unas añejas retamas en flor. Un par de tórtolas arrullaba lo suyo, mientras incansables abejorros disfrutaban del dorado dulzor de la retama.
Todos tenían los ojos fijos en Él. Y aunque poco Lo entendían (y cada vez menos), una curiosa habilidad o instinto habían logrado desarrollar en estos años: ante un timbre muy determinado del Maestro (que podía surgir en la coyuntura menos pensada) sólo cabía callar, mirarlo, y atenderlo.

—Sí; no hay mayor tragedia que esta: mi Voz no pudiendo llegar al interior del Hombre.
Esa Voz que Es desde antes de que el Mundo fuera.
Esa Voz que pensó este Cosmos y al decirlo le dio consistencia y lo dejó
impregnado de su timbre, de su fraseo, de su modo de decir las cosas...
Esa Voz que habló por los Patriarcas y Profetas...
Esa Voz que dijo Amén al Proyecto salvífico del Padre y dijo “Aquí estoy” ya en el seno de este Mundo y Madre.
Esa Voz que revestida de carne, timbre y dicción vino para decirles: amen, perdonen, oren, confíen en el Padre, desenfoquen la paja ajena, disfruten del Don, acojan toda
Noticia Buena, déjense salvar...
Esa Voz, que por divina es Omnipotente y Creadora; y por humana: pobre y humilde, débil y esclava.
Esa Voz mendiga al umbral de todo oído humano el “hágase en mí Tu Palabra” sin el cual queda a la puerta sin pasar. Y con el cual, sin más, hace lo que dice.
Esa Voz, cubierta del rocío de la espera, ha venido a salvarlos, pero ustedes no
quieren recibirla.

Sarepta seguía allí, minúscula, a las espaldas del Maestro, fulgurando al ardor de la siesta palestina. Jesús, levantando los ojos hacia las tórtolas que –cual flautas barrocas- en su arrullar habían acompasado el intenso discurso, remató:
— Sólo se trata de eso: de escuchar esta Voz, hoy. Sin resistencias.
—Hay que escuchar la Voz de Dios y poner en práctica lo escuchado —acotó Santiago, sacando agua del reservorio universal de la arrogancia humana.
— Ay, Jacob, Jacob —embistió la encarnada Voz de Dios— sigues luchando contra el Ángel. Por eso, también de ti amanecerá un “Fuerte-contra-Dios”, que luchará hasta mi Retorno en favor de las “acciones” humanas de esta empresa divina.—Y con enérgico ademán se incorporó para retomar la marcha.

No bajarían hasta Tiro. Pues por allí habían subido desde Galilea. El Señor quería volver por la Decápolis, para lo cual había que ir internándose por caminos escarpados hasta atravesar la Región montañosa, donde seguramente los sorprendería la noche.
Y así hicieron.
Puntero de nuevo, ágil como un cervatillo, avanzaba el Señor a paso franco y firme. Hasta que el sol se puso, sugiriendo plegaria, comida y descanso.

Majestuoso atardecer, en bronces y cobres, entre los agrestes y abruptos peñascos. Tras las oraciones, Tadeo se encargó del fuego y Leví de disponer la cena. Inmensa luna completa, emergió solemne y silenciosa. Sólo se escuchaba, cada tanto, ese grito entrañable y seco con que los zorros confiesan secretas añoranzas. Clima ideal para que el Rabbí retomara la charla:

—Qué creen ustedes: ¿gasta muchas, medianas, pocas o ninguna energía la luna para alumbrarnos? —Nadie atrevió la respuesta. Pues era cantado que el asunto venía con trampa. El Señor prosiguió:
—Ninguna. Ella tan sólo recibe y refracta la luz ajena. Así ustedes han de ser alumbrados y alumbrar. Tampoco un sarmiento se esfuerza por producir uvas: recibe la savia de la cepa.


Yo Soy la Vid, Yo Soy el Sol.
Yo Soy Palabra y vosotros, silencio.
Yo soy la Voz; vosotros, el oído atento.

A vosotros no les “sale” vivir la Palabra, porque no les “entra” el Evangelio.
Quien se abra a mi Palabra, se salvará. Quien se cierre, ya está condenado.
A esto he venido al Mundo: a pronunciar una Palabra Viva y eficaz; cortante como espada de doble filo.
—Dinos cuál es esa palabra y eso nos bastará —apuró Felipe.

Y el Señor los miró. Uno por uno los miró. Cada rostro, alumbrado por el centellear del fuego, expresaba con intensidad el cansancio y la pobreza, la dolencia y la impotencia humana. Todos percibieron que al Maestro le había gustado el “pie” de Felipe y redoblaba tambores con mirada y sonrisa, antes de derramar el logos salvífico en el corazón de sus íntimos.
—Effatá —dijo con inmenso gusto, demorando cada sílaba—. ¡Ábrete! Ábrete, Hombre, al Poder de un Dios que quiere salvarte por Sí mismo.
Ábrete y escucha, que lo demás vendrá por añadidura.

Pronto el frío de montaña apretó. Y bien acuevados, durmieron todos... menos el Señor, ocupado en asuntos Paternos.

El día siguiente ofrecía un itinerario más bello aún: la bajada hacia el Mar de Galilea, acompañando el descenso lúdico y risueño de arroyos cantores, por verdosas y mullidas riveras... De lejos divisaron Cesarea de Filipo, donde tiempo atrás Simón mutara en Pedro... El inolvidable “¿Y ustedes quién dicen que soy?” reverberó una vez más sobre el corazón de cada uno. Larga y silenciosa travesía les consumió el día, gravitándolos hacia el precioso Kinéret (el lago más bajo del mundo) que divisado desde los cerros delataba mudo la razón de su nombre, con su perfecta forma de lira.
—El fondo del orbe es un líquido salmo de alabanza al Padre —pensó el Logos, pero sólo para sus abisales adentros.
Ya casi de noche, lograron llegar a Betsaida, sobre la orilla del sereno Mar de Galilea.
Fue entonces, tras el rezo del Shemmá, que Jesús retomó su enseñanza:

—Quiero explicarles el auténtico sentido del “Shemmá Israel” que todos repetimos desde niños dos veces al día. “Escucha Israel”, manda Dios. ¿Para qué?; ¿para que prestando atención a la larga nómina de normas, preceptos y mandatos que el Señor tu Dios te impone, procures ponerlos en práctica?
No. Escúchalos: pues ellos hacen lo que dicen.
Si tú los escuchas, si tú amas esa Voz y la alojas, se cumplirá en ti todo lo que el Señor tu Dios manda que se realice en ti. Como la oveja: si reconoce la voz de su pastor, la sigue; pues esta voz la imanta, la encanta, la puede.

—Ahora entiendo —intentó reivindicarse Santiago—: Tu Palabra hace lo que dice, es eficaz. Nuestra es la tarea por abrirnos a ella.
—¿Que ahora entiendes? —increpó el Señor— Ay, Iacobus. Sólo Yo puedo abrirte a Mi Palabra. Sin Mí nada puedes. Sin Mí sólo puedes la Nada.
Yo Soy el Paso y la Pascua; Soy el Camino y la Vida, Soy el Decálogo y el Ábrete.
Y tras un silencio remató: —El que reciba mi Effatá, escuchará Mi Voz y cumplirá mis mandatos. En esto consiste el amor que me deben: en que alojen mi Palabra.
Y agregó luego: —Vayan hasta los confines del Mundo, y en mi Nombre, conjuren los oídos de todas las gentes, pronunciando con fuerza y poder el “Effatá” recibido. En esto consiste “enseñar a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28,20).

Y fue allí, a la mañana siguiente, a orillas del calmo Mar de Galilea, que el Señor completó con gesto elocuente, sus palabras de travesía. Ligándolas intrínsecamente.
Le llevaron para eso el Sordomudo que nos relata el evangelista. No son dos dolencias, como todos saben. Se es mudo porque se es sordo. Y eso no es más que parábola viviente de algo que no todos saben y muchos, aun sabiendo, olvidamos: se está impedido de vivir la Palabra como una rasa consecuencia de ser sordo, imposibilitado de una auténtica escucha.
Porque no nos entra, no nos sale.
La oímos, pero no la escuchamos.
Si la escucháramos, no haría falta más para ser canonizados y entrar limpios al Cielo. Fides ex áuditu. La fe procede de la escucha; de escuchar la Palabra de Cristo (Rom X,17). Y por la fe somos salvos (Ef II,8).

Y fue así que el Logos Eterno, en Carne, tomó con firmeza al enfermo, y lo apartó.
A solas con el sordo.
El Dedo divino —Llama de Fuego ardiente— avanza por el interior obstruido del miserable. Cerrazón —habrá pensado—: no hay técnicamente nombre más preciso para rotular el conflicto humano. Pétrea cerrazón. Punzada, estoqueada, horadada por el Fuego divino: Lanza, Flecha, Bastón que parte piedra para que emerja del prístino hondón el agua pura atascada.
Y las Aguas Eternas —¡Plasma divino, Vida trinitaria!— hechas saliva del Pantocrátor, tocan el interior del miserable, que recibe el exorcismo primordial: ¡Effatá! dijo el Señor en un estruendo que conmovió hasta los cimientos del orbe.

Bene omnia fecit, dijeron. Todo lo ha hecho bien. Y no tras hacer un racconto de todo cuanto había realizado, sino tras esta acción. Todo lo ha hecho bien pues este es el “Todo” en cuestión de la misión salvífica de Cristo: destrabar la sordera humana, para que el Hombre pueda irresistirse a la Palabra que salva. Y quedar salvo.
De ahí que el asombro hiciera cumbre.

Desde entonces, inclinar el oído sobre la Sagrada Escritura, y llevarse a la boca las Bienaventuranzas no es afrontar a un Dios que me desafía, sino a un Dios que me convida la Salvación. El Evangelio no es un manual promotor de propósitos. Él es Propósito. Divino e infalible. Performativo. Es Jesús mismo, en el ejercicio indefectible y continuo de su propio Nombre: Dios-está-salvando.
No hay Noticia más Buena que este gerundio horadando a las puertas de mi sordera.
Buena y promisoria, pues este gerundio es más poderoso que mi sordera.
Effatá mata cerrazón.

el Athonita

06-IX-09

viernes, 4 de septiembre de 2009

Wanderer está salvado


En lo de Wanderer se ha armado un despiporre fenomenal. La verdad es que, debo confesar, a veces la cuestión se pone divertida. Hay algo de morbo en los espectadores como uno porque, en definitiva, la cuestión se trata del armado de un ring donde se tira un tema para que todos se maten. Y es, en algún punto (con relación a ciertos temas), divertido. Porque se forman dos bandos más o menos definidos con algunos varios eclécticos que se dedican a repartir sopapos a unos y otros cual árbitros de la disputa. Y la lucha es a muerte. A veces uno ve resbalar un poquito a alguno y sólo resta ponerse a contar para que le caigan de a cinco para cimitarrearle la cabeza.

En algunos temas (en otros no tanto) la cuestión se convierte en un ejercicio interesante y entretenido, donde hay que saber pegar sin bajar nunca la propia guardia. En otros tiempos (con seudónimo o iniciales) participaba con frecuencia pero descubrí que no tengo el temperamento adecuado para ese deporte. Termino enojándome y tomando las cosas como algo personal cuando, en verdad, debería resultar un "cruce de guantes" entre "amigos" (en un sentido amplio de la palabra).

El asunto que hoy traigo comenzó con un comentario de Ludovicus a un post de J. Tollers. Luego el Wanderer, al ver la naciente batahola, recogió el guante y redobló la apuesta. Siguió Ludovicus agregando un poco más de pólvora al asunto y luego definió Wanderer mordaz, irónica y divertidamente.

La cuestión en términos simples puede plantearse así: unos dicen "ya estamos salvados" y otros dicen "mientras vivimos no estamos salvados".

En términos más complejos (requiere ya de más matices) la cuestión puede plantearse: "hay que trabajar para condenarse" o "hay que trabajar para salvarse".

Y lo curioso es que todos lo enunciados son verdaderos "secundum quid", en cierto sentido (no podrían ser ambos verdaderos en el mismo sentido por el principio de no contradicción), aunque algunos requieran más ajustes que otros (los enunciados mediante la palabra "trabajar" en un sentido o en el otro).

El tema es interesantísimo y apasionante, tan viejo como la historia de la Iglesia o, me atrevería a decir, tan viejo como la religión mosaica (por hablar sólo de nuestro ámbito porque creo que está en el centro de toda concepción religiosa).

Asimismo, es un tema siempre recurrente en las aguas protestantes particularmente sensibles a los diferentes enunciados de ellas. En este campo nuestra amiga protestante tenía escritas varias cosas (entre ellas una serie fenomenal, compartida o no, de la teología del pecado que creo no está todavía mudada a su nuevo hogar) o, ya desde el lado católico aunque con mucho diálogo con la teología protestante, el amigo Gabaon en sus Cánticos del Siervo.

Pero además de todo aquello la problemática nos conduce también a algo que habíamos dejado de lado al hablar sobre las reformas al nuevo misal (en el entender del Athos colamos el mosquito y nos comimos el camello). Hablamos del tomen por el tomad de la fórmula de la consagración y dejamos de lado el "por muchos" en lugar del "por todos". Y el problema allí es el mismo ¿se salvan todos o se salvan muchos? ¿Cristo derramó la Sangre por todos o por muchos?

Habiendo mostrado varios caminos que venían circunvalando el tema en forma paralela, vuelvo al eje.

¿Estamos salvados por la muerte (y su resurrección como dicen algunos, aunque es otro asunto) de Cristo?

Eso, así dicho, puede significar varias cosas, algunas de las cuales son (con infinitos de matices en los mismos enunciados):

- Estamos todos salvados. En este sentido se entiende toda una línea de pensamiento que ya mencionamos que entiende que "historia de la salvación" e "historia de la humanidad" son una misma cosa, toda la humanidad está salvada por la muerte de Cristo, el infierno (si existe) está (o quedará) vacío.

- Estamos salvados todos los bautizados en tanto recibimos la Gracia de Cristo. El Bautismo, además de ser causa, es signo de Predestinación. Hagamos lo que hagamos (según las versiones) terminaremos salvados por la Gracia de Cristo ya que "Él nos ha destinado en la Persona de Cristo, por pura iniciativa suya a ser sus hijos..." (Qui praedestinavit nos in adpotionem filiorum per Iesum Christum in ipsum).

- Estamos salvados todos los bautizados en tanto la Gracia de Cristo actúa en nosotros haciéndonos actuar de modo agradable a Dios y sólo nos condenaremos en la medida que la impidamos actuar en nosotros.

- Estamos salvados todos los bautizados sólo en potencia. Se nos abre la puerta para que nos salvemos pero el pecado original, aunque borrado por el bautismo, nos sigue llamando al perder la Gracia. La salvación, entonces, es un trofeo que nos será dado al final del combate si lo hacemos adecuadamente. Ergo, lo más adecuado para este enunciado sería decir "no estamos salvados hasta que estemos salvados".

- Estamos salvados en la medida que nos "ganamos" la gracia con nuestras propias obras.

Entre los enunciados 3 y 4 podemos encontrar caminos que no son incompatibles y por los que marcha la teología católica. Y el problema en estos temas es que el que desbarranca... desbarranca en serio, no hay grúa que lo salve.

En cambio, los enunciados que enuncian la cuestión con la palabra "trabajo", si bien pueden ser bien entendidos ambos, hay que aclararlos un poco más.

- Si digo "hay que trabajar para condenarse" no debo olvidar que el pecado original mantiene una tendencia natural (naturaleza caída) al pecado, por lo que puede resultar equívoca la palabra "trabajo". Quiero decir, pecar, aún estando en Gracia, no requiere de mucho esfuerzo (por eso hay que estar alertas ante el "león rugiente que anda buscando a quien devorar").

- Si digo "hay que trabajar para salvarse" no debo olvidar que nada de lo que hagamos nos salvará. Nos salvamos por acción de la Gracia. Nuestro "trabajo" consiste más bien en un "dejar hacer a la Gracia".

En fin, lo importante es que Wanderer está salvado.

Natalio
Pd: No sea amarrete, haga caridad y compre estampitas a los pobres monjes.

lunes, 31 de agosto de 2009

Pauper, Servus et Humilis






I.

Tu vocación por la abyección
Es más arcana
Que la tejida
En las blancas entrañas de María.
Desde siempre y por siempre
Tú eres de Otro.
Tu delicia es
Lavar sus pies
Y aún sin Carne para Cruz
Vivir absorto, anonadado
En esos ojos que en el Amor te dieron Luz.
Y haces lo que ves.
Dices -y Tú eres tal decir-
Lo que escuchas al Otro.
Oh Verbo entregado sin retorno al Amor trinitario.

Y cuando falta hizo
Te lanzaste en cascada al Abismo.
Del Cielo a Belén,
A Egipto y Nazaret.
Bajaste a la hondura negra del Jordán
Y hasta al cráneo atemporal del rancio Adán.
Y cuando Cielo y Tierra convinieron
Al verte atravesar las raíces del averno
En suplicarte ¡detente!
Tu salto en caída libre
Voraz y refulgente
Siguió en bajada jovial
Gustoso, enloquecido, decidido
A usurparle al mundo, o a quien fuere
Del Orbe, el último lugar.

Y se detuvo
Quieto y mudo
Sobre la roca firme de este Pan primordial.
Oh soberbia arrogante de Adán:
Mira la dulzura
De Aquel que en blanca muda
Sin tremolar su divina figura
Mira desde abajo tu averno
Socavando sus cimientos
Anegando sus incendios
Reinando mudo
Desde las entrañas de un ácimo mendrugo
Último
Sin gracia ni hermosura
Más que aquella que otorga la locura
De un Amor extremo, o mejor: de desmesura.

II.

A veces hay que decirle que se vaya,
Como a un mendigo...
Pero él se queda allí,
acostumbrado como está a los insultos

Julien Green


Si alguna vez dijera, aunque temblando
¡largo de aquí! Con ademán y mando
Lo sé, y me estremece verlo:
Con inmutable gesto
Con Rostro blando, de pedernal secreto
Tú seguirías allí, de mi mirar sediento,
Impertérrito.
Mendigo imperturbable
Amigo inagotable.
Y con genuina ingenuidad delatarías
Lo que no es retórico erotema
Sino enigma y desconcierto para Dios:
¿Por qué me pegas?, dirías a media voz.
Y con mirar muy quieto,
Sereno y quedo
Ajeno a toda sorna
A mi lado quedarías
Imperturbable, recto
Aguardando tu limosna:
La devaluada Dracma de mi inestable afecto.



III.

En un sentido muy auténtico
Cristo estuvo de incógnito.
Y así continúa.

S. Kierkegaard


Cuando en un rapto de sensatez y cordura
Te expreso con seriedad y mesura:
“Crece Tú, y que yo disminuya”
Mi verbo se estrella y pulveriza
Ante tu Pan tan quieto tan sin prisa
Que me mira y eriza
Y susurra en suave brisa:
Deja eso para prédicas y libros
Tú crece hasta plena estatura
Que es para ello mi pena, mi herida, mi locura
Que crezcas en vida, en luz, en gran holgura
Mientras Yo sigo bajando a la raíz de tu negrura.

Déjame a Mí la sombra
Y asume tú la claridad
Come y contempla mi Pan taciturno
Y déjame ser en medio de tu mundo
El Secreto y el Callar
Lámpara debajo del altar
Infinito revestido del cero
León que protege con piel de cordero.
Y sé tú, desde las terrazas del orbe
La Voz sonora
Del consumido Verbo imberbe y mudo.
No confundas más:
Crece tú, come mi Pan
Y deja en paz Mí desmesura.
Que crezca en mi el otoño -que es la siega-
Y asume tú la primavera
Que entre ambos a este mundo ganaremos
No por otro atajo
Que este sagaz y secreto
Plan de trabajo.


el Athonita

viernes, 21 de agosto de 2009

El traductor está con "ustedes"

El amigo Odysseus me pasó este texto de un traductor de Sagradas Escrituras sobre el asunto del ustedes y el vosotros.

Tiene un tiempo pero resulta actual...

Natalio

APUNTES DE UN TRADUCTOR DE SAGRADAS ESCRITURAS (27-7-1999)

Sobre los pronombres personales de segunda persona del plural "vosotros" y "ustedes", sus formas pronominales posesivas y la repercusión de su uso en las versiones castellanas de la Sagrada Escritura.

La lengua castellana -como toda lengua- tiene sus formas morfológicas oficiales y diversos usos regionales y niveles según los multiformes ambientes de la vida de los seres humanos. Nos concierne el tema gramatical de la segunda persona del plural.

En España la forma "vosotros" es familiar, mientras que el "ustedes" pone distancia. En Hispanoamérica "ustedes" se usa tanto en el trato familiar como para poner distancia. Depende del tono.

Pero eso no significa que "vosotros" nos sea ajena o extranjera: ocupa su lugar como forma oficial de la segunda persona del plural especialmente en la lengua escrita, en la poesía y a veces cuando la solemnidad de la ocasión lo requiere. Es un "nivel" del lenguaje que nos es familiar sobre todo por la escuela y la literatura. "Vosotros" es el único pronombre que tiene formas verbales y pronominales propias de la segunda persona del plural en cuanto tal, es decir, del "tú" plural (amáis, amad, vuestro, vuestras, etc.) mientras que "ustedes" ("vuestras mercedes") se usa con las formas verbales y pronominales de la tercera persona del plural (aman, amen, sus, etc.), con la consiguiente ambigüedad.

Las lenguas jóvenes y primarias conocen sólo el "tú" y el "vosotros". Así sucede en hebreo, arameo, griego, latín, gaélico, etc. La introducción de las formas de distancia o cortesanas ("vuestra merced", "vuesarced", "su Majestad", los originalmente femeninos "Lei" en italiano, significando "la sua Signoria" o algo parecido, análogo a "Sie" en alemán) es típica de épocas más tardías y envejecidas del idioma, marcada por la atmósfera cortesana o burguesa de la forma de vida: uno se dirige indirectamente al interlocutor o a los interlocutores con las consiguientes formas verbales y pronominales de tercera persona: "su Señoría quiere"; "ustedes vuelven a sus antiguas costumbres". Con la amplia difusión del pronombre "ustedes" en castellano latinoamericano resultó una notable ambiguedad no sólo en las formas verbales sino especialmente en el posesivo "su/sus", que puede significar "de usted varón", "de usted mujer", "de él", "de ella", "de ustedes varones", "de ustedes mujeres", "de ellos" o "de ellas".

La "segunda persona" gramatical tiene una inmensa importancia en la Teología, especialmente en la Sagrada Escritura y en la Liturgia. Dios es llamado "Tú" por la creatura en la Historia de Salvación, en los Salmos, en las oraciones de la Iglesia. De igual manera, frecuentísimamente Dios se dirige a una segunda persona singular o plural. Dios llama y trata de "Tú" a un patriarca, a un profeta, a su Ungido. Llama y trata de "vosotros" a su pueblo con especial solemnidad y énfasis, tanto en el Antiguo Testamento (es clave de la vocación y de la querella con el pueblo elegido), como en el Nuevo Testamento: especialmente en la relación Cristo-discípulos, Cristo-Iglesia.

El pronombre personal "vosotros", en consecuencia, adquiere una importancia inmensa, con todas las formas verbales y los pronombres posesivos correspondientes que se van hilvanando en el discurso divino. Así vemos, por ejemplo, la maravillosa frase de Isaías 55, 8: "Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos -oráculo de Yahveh-. Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a vuestros caminos y mis pensamientos a vuestros pensamientos".

Dios se dirige a su pueblo en la segunda persona plural y el posesivo ''vuestro'' adquiere un énfasis insustituible. El posesivo "sus", que corresponde a "ustedes" ("sus caminos", "sus pensamientos") es ambiguo. Podría tratarse de una tercera persona del plural "ellos", y el discurso perdería su fuerza. Lo mismo puede verse en la célebre frase de Cristo a María Magdalena en Jn 20, 17: "Le dice Jesús: No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios".

La sustitución de "vuestro" por "su" introduciría una ambigüedad teológicamente inadmisible, mientras que el añadir "de ustedes" destruiría el versículo desde el punto de vista literario (el ritmo, la simetría, la proporción, en una palabra, la belleza del mismo).

Los ejemplos podrían multiplicarse indefinidamente: muchos de éstos son pasajes claves del Antiguo y del Nuevo Testamento.

Viceversa, hay multitud de pasajes en que es muy deseable que se palpe, como en hebreo y en griego, que se está en presencia de formas verbales y pronominales de tercera persona. Se está hablando de un "ellos' que es una expresión prototípica de la Sagrada Escritura: Dios habla a su profeta de un "ellos" misterioso que camina a la perdición; el salmista pide auxilio a su Dios contra un "ellos" a veces innominado que son sus "perseguidores", o "los malvados", o "los idólatras, gentiles", etc. La tercera persona aleja de la intimidad divina sea para abandonar a la "Casa Rebelde" o los gentiles, o por el contrario pidiendo que desde la lejanía se conviertan al Señor.

Hay ejemplos copiosos:

Multiplican ["ellos' innominados] las estatuas de dioses extraños;
no derramaré sus Iibaciones con mis manos ni tomaré sus nombres en mis labios.
Salmo 15

Del mismo modo, en un pasaje central del Sermón de la Montaña (Mt 5, 14-16) leemos:
Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad puesta en lo alto de un monte. Ni encienden una lámpara y la ponen debajo de un recipiente sino sobre el candelabro, e ilumina a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

El juego entre el "vosotros" (el "tú" plural del Cuerpo de Cristo) y sus posesivos "vuestras" y "vuestro" contrastan admirablemente con el sujeto indeterminado "encienden" y "ponen" y con las terceras personas del plural "todos los que están e!1la casa" Y "los hombres", de los que se predica que "vean" y "glorifiquen". De las solas formas gramaticales surge todo un hilo para una profunda exégesis y reflexión teológica.

En cambio, si el pasaje es "traducido" al uso del pronombre "ustedes", resulta una total confusión. No se sabe quiénes encienden y ponen la lámpara, de quién es la luz, de quiénes son las buenas obras y de quiénes es el Padre que está en los cielos. Cuestiones no indiferentes, sin duda.

Apéndice sobre Sagrada Escritura y Liturgia.

La tesis de que el lenguaje de las traducciones de la Sagrada Escritura -o su lectura en la liturgia- debe acercarse lo más posible al lenguaje de la calle es lo que se llama propiamente un prejuicio. No se la somete al examen de la luz de la razón ni de las ciencias. Es, en verdad, la postura de una escuela litúrgica, que -como todas las escuelas sujetas a la moda- hoy están y mañana pasarán. Habrán envejecido. Todo lo que se aparta del sentir de la piedad tradicional de la Iglesia, se aparta de la fuente de la eterna juventud, pierde el contacto con aquello que es siempre nuevo porque es eterno. La Iglesia ama e incorpora lo nuevo, pero no incorpora el error, o la fealdad. Muchas de las modas litúrgicas de los clérigos de hoy ofenden a la piedad de los fieles, viejos y jóvenes, distinguidos o humildes.

1. Una vez más asistimos a un signo de división entre los clérigos, con el inevitable desconcierto de los laicos. Pues unos ministros se acomodan al uso nuevo, mientras que otros se atienen al tradicional.

2. Se da también la división dentro de la Acción Litúrgica, pues unas partes de la misma tendrán lugar con el tratamiento de "ustedes" con formas verbales y pronominales de la tercera persona del plural, mientras que otras partes (por ejemplo la Consagración) se hacen hasta ahora con la segunda persona del plural "vosotros" y las formas verbales correspondientes.

3. El deseo de expresarse "en el idioma exacto que habla la gente de la calle", con la pretensión de serles cercanos e inteligibles, desconoce principios elementales de la lingüística.

Toda lengua tiene diversos niveles: diferencias regionales, sociales, profesionales, literarias, etc. El creyente, consciente de que a Dios se debe un trato especial, siente la necesidad de una liturgia de singular belleza. "Decef". Corresponde. Es bello. Lo contrario sería vulgar, inadecuado, con una "sombra moral" en razón de las circunstancias, importante fuente de la moralidad.

Por ejemplo, en Suiza la Misa no se celebra en el dialecto que la gente habla todo el día, sino en alemán Hochdeutsch (o como dicen ellos: in der Hochsprache) que es el idioma de la escuela y de los libros. Alemania, Italia, los países escandinavos, etc., están poblados de infinidad de dialectos de gran pujanza en la vida cotidiana. Sin embargo, la Liturgia -incluso la homilía- en dialecto sería impensable, inimaginable a toda persona de criterio, culta o ruda. No hay misales ni leccionarios en alemannisch ni en suavo ni en napolitano ni en siciliano ni en romanesco, por nobles que sean estos dialectos, algunos de los cuales tuvieron y tienen sus poetas y sus folkloristas de renombre. Así también los gramáticos de la lengua castellana -extendida en vastísimos territorios y carente de dialectos- han acordado formas morfológicas donde los usos regionales deben encontrar su punto de convergencia. Las lenguas tienen sus niveles. No se habla el mismo nivel en la casa, en la calle, en la ·escuela, en los Tribunales, en los discursos cívicos, en la Acción Litúrgica. Esto es un patrimonio universal de la humanidad, del hombre que pronuncia su palabra en la variedad del cosmos que Dios le ha dado.

Se dice en Irlanda: "Tierra sin lengua, tierra sin alma".
27-7-1999.

lunes, 17 de agosto de 2009

Sangre derramada por muchos


El Evangelio de este Domingo habla de Sangre. De beber Sangre.
Sangre ajena. Sangre derramada. Sangre divina.
Derramada por mí, por cada uno, por aquellos dispuestos a recogerla.

Leído desde la intención del donante: por todos los hombres, claro.
Leído desde la inviolable libertad del donado: en beneficio de algunos, en favor de los dispuestos, por muchos.
Leído desde la Revelación —¿cabía al diminuto microbio humano leerlo desde otro ángulo?—: perí polón, pro multis, por muchos. “Lo dice Dios y punto”, como repite a cada tranco, cual un latiguillo, uno de esos personajes simples y geniales de Claudel...

Tras varias décadas de debate, volvió el pro multis. Y estamos de fiesta.
Si los que lo defendieron tanto no saben disfrutar y celebrar este paso y se empantanan en el ustedes reemplazando al vosotros, creo que yerran fiero en el arqueo de caja o recuento de soldados. Es más: no distinguen núcleos duros de periferias negociables...
Ha sido un triunfo de la Tradición y de la Verdad.

Pero para no enlodarnos en estos minúsculos conflictos de tradicionalismos más “ísmicos” que tradicionales, propongo dejar esto de lado y paladear el Misterio de la Sangre:



El Lagar
Yo solo he pisado el Lagar

(Isaías 63,3)

Inmensa cuba de la ira de Dios
Cargada hasta el borde
Con los violáceos racimos del odio humano
Pisoteada en un suburbio pestilente del mundo
Las afueras del hombre, las afueras de Dios
Reventando el hollejo de cada malicia nauseabunda
Con el peso aplastante del Amor fragante.
Y la Palabra se hizo Sangre
Ojos en llamas
Y tiñó sus vestidos de culpa y cargo.
¿Quién eres tú con rasgos de cordero
Niño ingenuo parado sobre el nido de cobra
Jinete erguido, con brío y decidido
a beber hasta las heces
la Copa de la Ira
el Cáliz de vértigo
el Vino de furia
la ignominia espumante del orbe?
Tú, ¿quién eres?

Y Él mira, calla y pisa el Lagar.
Y aunque Él calle, yo voy a hablar:
Es Bar-Abbá, el Hijo Amado,
Hecho bandido
Para que nuestro sea el vino
De los hijos.


Pie Pelícane


Si amar es dar
y soltar lo dado
Tu te has quedado, oh Ácimo amado
Sin sangre ni aliento, diezmado
Sin Fuerza sin Paz sin Reino ni Talar.
Entregado nos dices, y no entendemos;
Derramado insistes y distraemos.
Pero tu pálido Pan -mudo y desnudo-
Lo expone elocuente y patente.
Y aunque sin voz -pues hasta el Verbo cediste-
Con mudos ojos bajos lo dices:
Lo Mío no es ser, sino ser-dado.
Y si tu Rostro carece ya de brillo y hermosura,
Es por el colmo de locura
Con que no has retenido para Ti
Ni tan siquiera tu Forma y tu Figura.
Que para hacernos bellos y divinos,
Hijos bienamados
Reposas quieto sobre el altar del mundo
Y desde allí te asomas
Deformado, desfigurado
Sin aspecto ya ni humano ni divino
Por la ínfima ventana
Del pan y del vino.

Y sin dilación
Como Moisés ante la Roca del desierto
Abres por tu cuenta tus entrañas
Punzas en su centro tu henchido corazón
-Sangría del Verbo sin razón-
Y brota el Río secreto del rojo amor que salva
Y hombres y mujeres y niños y más gentes
-¡Tu prole!-
Corren, suben, se trepan y llegan.
Te comen y beben.
Y sobre el altar queda
Sin vida y con más vida
El comido idioma de tu Amor.


El Athonita


viernes, 14 de agosto de 2009

Cuando el modelo modela

Ars curandi recargado y con ícono made in Athos


La Iglesia celebra en agosto el día del santo Cura de Ars: san Juan María Vianney.

Este año ha tenido un cariz peculiar la fiesta pues nuestro amado y audaz Papa Benedicto ha innovado en el asunto con algunos aditamentos que no todos han sabido o querido reparar:

1. Estamos en el corazón, epicentro, del año sacerdotal, que inauguró el Papa el día del Corazón de Jesús, pero que tiene por centro fontal y motivo los 150 años que se cumplen ahora de la muerte del santo Cura de Ars, el 4 de agosto de 1859.

2. El Cura de Ars, desde la época de Pío XII, creo, era patrono de los curas párrocos, y de ahí que se festejara desde entonces el día del párroco en este día. Pero Benedicto ha querido proponer a san Juan María Vianney como modelo para todos los sacerdotes. Y para resaltar con doble subrayado esta intención ha querido modificar ese patronazgo para ampliarlo hacia todos los sacerdotes, más allá del cargo pastoral o carisma específico que ejerzan en la Iglesia.
El santo Cura es, desde este año, patrono universal de todos los sacerdotes.

3. Patrono significa varias cosas. La palabra sola ya ofrece una amplia grilla de alusiones. Patrón es jefe, es el que manda, el que dice qué hacer. Patrón es protector, guardián, defensor. Pero patrón también es medida, typo, “modelo que sirve de muestra para sacar otra cosa igual” dirá la RAE en su novena acepción.

4. Así las cosas, como el Mundo financiero tiene (o tenía) su “patrón oro”, nosotros tenemos a nuestro “patrón Vianney”, que no sólo es oro porque ora por nosotros, sino porque es indeleble su modelo. A eso apunta —creo yo— la audaz medida papal.

5. ¿Por qué audaz? Porque los últimos lustros han intentado desplazar al santo Cura no del patronazgo protector pero sí del patronazgo modelante para el sacerdote posconciliar del tercer milenio.
Vianney —según estos aires llamativos y extraños, pero extendidos— es un modelo perimido: el del sacerdocio tridentino. Ya fue. Ni su estilo de oración, ni su penitencia, ni sus horas de confesionario, ni sus opciones pastorales responden ya al sacerdote que necesitamos.
Y este dislate corrió. Con patas cortas, como toda mentira, pero corrió. Hasta que se topó con un Mago blanco que le dijo: ¡detente!
Y reinstaló en el epicentro de la visual a la santidad de este sencillísimo cura rural. Para que todos los curas del mundo volvamos nuestros ojos hacia Ars, y aprendamos qué significa ser cura y cómo se ejerce ayer, hoy y siempre este maravilloso Misterio-Ministerio.

6. ¿Significa esto que el Cura de Ars agota todo el modelo sacerdotal?
No, no significa eso. Empezando por el mismo Cristo, Único Sacerdote, son modelo de sacerdocio los Apóstoles, pasando por todos los Padres latinos y griegos, los pastores y doctores del Medioevo y los santos curas de la Modernidad también. Y claro que sí: los de nuestros días, cómo no, también.

¿Y entonces?...

Modelos pueden haber muchos. Pero Patrón —y Patrón universal— refiere a uno solo, como parámetro y criterio para todos.

Y a eso apunta —en mi humilde hermenéutica— la medida pontificia.

Los vietnamitas no perderán su devoción por sus santos curas Ngon, Van Xuyen, Ninh y demás; ni los austríacos por Jacobo Kern, ni los puertorricenses por el beato Rodríguez Santiago; ni los daneses por Stensen, ni los holandeses por Tito Brandsma, ni los de Uganda por Lwanga... pero la idea, el plan, el “logos” del año sacerdotal no es que cada región se vuelva provincianamente a sus oriundos, sino que podamos todos mirar de modo diáfano e inequívoco a un solo y mismo modelo para todos.

Y para eso: el santo Cura de Ars.

Su vida. Su ministerio sacerdotal. Su piedad. Sus opciones pastorales. Su pobreza. Su caridad. Sus acentos y opciones. Su devoción eucarística; sus horas y horas de confesionario; sus ayunos y sus desvelos; su ternura con los niños, su llanto por los pecados de su pueblo. Y su despojo y caridad exquisita e incansable por los más pobres.
Su “el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra sino en el Cielo”; como su “orar y amar”. Su “concédeme la conversión de mi parroquia; admito para ello sufrir lo que queráis durante toda mi vida”; como su “no es posible ofrecer una danza como expiación de las faltas”. Su “sólo la oración nos hace capaces de amar a Dios”, como tantas otras aguas vivas que nos bajan, cristalinas, frescas y puras, desde la fontana de Ars.

No tengo nada contra el cardenal Pironio ni contra el cura Brochero. Ni contra Brandsma ni Lwanga. Pero este año no, este año la propuesta es una y nítida: un año sacerdotal con los ojos muy fijos en el ejemplo de vida que nos llega y lega el santo Cura de Ars.

Ya no patrono sólo de los párrocos, sino patrono universal del sacerdocio católico. Ya no sólo modelo tridentino, sino modelo del sacerdote para el tercer milenio.
Ciertamente: un modelo intenso, picante, exigente, de un radicalismo evangélico que puede darnos vértigo. Pero es ese el genuino antídoto al masomenismo que todos padecemos como hijos de estos tiempos diluyentes...

Dios nos dé la gracia a todos los curas de no acobardarnos, de no echarle soda al vino fuerte, de no patear al corner... y cabecear el centro impecable que se nos regala en la puerta del área.

el Athonita