
En el último post sobre el sacerdocio universal de los fieles hice mención a un antecedente cabalístico del asunto y prometí realizar su extensión litúrgica.
El de hoy es una continuación de aquél sin ser todavía lo prometido, es decir, será una especie de preámbulo o introducción.
Ocurre que todos estos temas uno los aborda desde un lugar subjetivo, condicionado por propios conocimientos y experiencias. En mi caso particular, mi amor por la liturgia ha producido diversas aproximaciones y lecturas pero nunca un estudio o una investigación sistemática y exhaustiva. Quiero decir, no soy un experto ni muchísimo menos; simplemente intento aportar una visión intermedia entre el fundamentalismo ideológico progresista y el conservadurista (que se camufla de tradicionalista).
Para ello, y para amenizar un poquito esta serie de post medio acartonados, introduciré el tema con confesiones autobiográficas para que se vea con claridad desde donde uno arriba a estos caminos.
Antes de comenzar quisiera hacer dos aclaraciones. La primera es que para entender el sentido de este post se hace necesario leer todo lo que fuimos adelantando sobre el sacerdocio (o al menos el último sobre el sacerdocio universal de los fieles) y sobre liturgia (en especial el de la Liturgia Futbolera con sus comentarios). La segunda es que no quiere ser este post más que un relato sin juicio de valor acerca del problema general en tanto no estoy ni mínimamente capacitado para hacerlo. Como en todo en este blog (y aunque le debemos una respuesta a Mary al respecto) no intento enseñar (no puede enseñar el que no sabe) sino, tan sólo, mostrar por dónde camino.
De niño mi profesión era la de acólito o monaguillo. Gracias a una sabia decisión de mis padres, concurríamos a todo tipo de liturgias (todas católicas por supuesto) que iban desde la misa tridentina de los lefes a las misas superprogres de mi colegio pasando por toda clase de misas intermedias (vale decir, "novus ordo" con todos los chiches). En todas ellas yo era monaguillo y, como es evidente, percibía como las más opuestas la lefe con la progre de mi colegio.
Desde mi perspectiva las diferencias importantes radicaban en si mi "roquete" tenía más o menos adornos, si utilizaba una suerte de "albita" blanca (valga la redundancia), una sotanita roja o lo hacía "con lo puesto"; si tenía que estar más atento a los detalles y pequeños ritos o las posiciones serían menos estrictas y relajadas; si tenía que tocar diez veces (más o menos) la campanilla o solamente una; si tenía que decir "amén" al recibir la Comunión o no; si debía contestar en latín o en castellano; etc.
Incluso recibía algún grado de instrucción tanto de los lefes, como de los progres, como de los "línea media". Recuerdo los esfuerzos que me representaba el memorizar los mínimos movimientos y ritos según se tratara de una Misa "Solemne", "Cantada" o simplemente "Rezada" (uno de los instructores era, entonces, un joven clerical, hoy sacerdote sedevacantista "integrista", una verdadera pena).
Entre estas cuestiones pasaba todo este (pequeño o inmenso según el punto de vista) segmento de mi diminuta existencia. Ya allí comenzaba a imprimirse a fuego el estigma perpetuo: "progre para los lefes, lefe para los progres". Percibía todas las diferencias puntuales entre los diversos ritos y escuchaba a variadas personas en mi casa hablar de ello, por lo que todo me resultaba bastante natural. Se trataba, simplemente, de ritos diferentes de una misma y Santa Misa.
Pero esta percepción de meras diferencias puntuales comenzó a cambiar un día, en un momento y con una conversación. Allí empecé a intuir algo que se iría agrandando con el tiempo y las lecturas: existen dos visiones casi antagónicas (o no, como pareciera buscar el Papa) de la liturgia.
Empecemos por el hecho.
Un día volviendo en auto solos con mi madre (mi modelo espiritual) charlábamos sobre alguna cuestión de la Misa. Allí me dijo una frase sencilla que me quedó gravada para siempre (como tantas otras que ella ni recuerda ni imagina): ¡Qué gracia tan grande la tuya de poder estar tan cerca en el momento de la consagración!
Eso me abrió y me sigue abriendo millones de pensamientos e interrogantes pero en lo que más me marcó fue el darme cuenta, en mis pequeños diez años de vida, que las dos liturgias diferían en algo esencial. Mientras que en la liturgia Tridentina la consagración era casi un secreto entre el sacerdote y yo (en tanto los fieles sólo observaban nuestras espaldas en silencio y sin escuchar nada) en el novus ordo (y más allá del respeto por las rúbricas del misal en este punto) era un hecho público que todos veían. Mientras en la Misa Tridentina veía inclinarse hasta casi tocar el altar con la cara mientras que, como un susurro (en el que parece que sale más aire que sonido de la boca, como si las palabras flotaran en el aliento que caía y abarcaba envolviendo la Hostia sostenida en sus manos), decía: Hoc est enim Corpus Meum, en la "Misa nueva" todos veían al sacerdote tomar la Hostia, y escuchaban (más alto o más bajo, más pausado o menos pausado, etc.) el: "Porque Esto es Mi Cuerpo".
Y aquello que advertí en la consagración no tardé en extenderlo al resto de la liturgia, encontrando dos celebraciones completamente diferentes en tanto que, si bien se asemejaban en muchos puntos, obedecían a distintas "filosofías" (o, en rigor, distintas "teologías").
Con los años, las lecturas y las misas comprendí al fin que la Misa Tridentina rezada (o dialogada) era el último (y más bajo) paso de una concepción que entiende la liturgia como un acto de adoración y alabanza a Dios celebrado por los ministros y al que los fieles "asisten" (siendo lo pastoral algo subordinado al culto) a otra que entiende la liturgia como una acción principalmente "pastoral" de acercamiento de Dios a los fieles que "celebran con" los ministros.
Esto explica infinidad de cosas que van desde el lenguaje litúrgico a las misas privadas, pasando por la música litúrgica, el comportamiento de los fieles durante la liturgia (el seminarista rezando el rosario durante la Misa que tanto asombró a Todoerabueno) y muchas otras cosas.
Desde aquí arrancaremos en el próximo post pero me interesa mostrar que existe un línea definida (que tiene nombres, apellidos, justificaciones, explicaciones, ideologizaciones, etc.) en la secuencia que abarca la Misa dominical única y solemne, las misas privadas, las misas cantadas, las misas dialogadas, las misas diarias, las misas en lenguas vulgares, las misas cara al pueblo, las iglesias circulares, etc. Los dos extremos hoy se pueden apreciar; en las liturgias orientales por un lado y en la misa más progre por el otro.
Creo que el Papa intenta un término medio o algo parecido. Quizás, en la misma línea del Padre Fabián haya que buscar la coexistencia de diferencias (parecido a lo que ocurre hoy con la posibilidad de los ritos católicos orientales, el rito extraordinario y el rito ordinario y siempre que se respeten los misales y rúbricas correspondientes) en las concepciones litúrgicas.
La seguimos luego.
Respetos Pascuales para todos los lectores.
Natalio
Pd: Me apena mucho que en las parroquias no se fomente la promoción y educación de pequeños monaguillos. Era una fuente de sana educación litúrgica, bellas vocaciones y apostolado familiar. Tanto Benedicto XVI como Juan Pablo II le han dado importancia al asunto. Es una lástima que se los escuche tan poco.




