jueves, 22 de julio de 2010

La Universidad: su Espirítu, su Espiritualidad (II)


La contemplación: muros de la catedral

Entre el oscuro y enterrado cimiento y la vistosa y atrayente cúpula: los muros, que van de altura en altura dándole presencia al edificio, otorgándole progresiva ingravidez; o como arriesga san Agustín: invirtiendo la gravedad, haciendo que todo caiga para arriba… En una catedral -bien construida- las cosas caen para arriba…
Lo que hace las veces de piedras en la catedral que nos incumbe se llama “contemplación”. Palabra por demás erosionada por el uso y manoseo. Para el cardenal Newman ella es el ‘alma mater’ de la actitud universitaria. Se trata de una apertura que involucra todo el ser (no sólo la mente) que se inclina ante una realidad. Se inclina no como un cazador sobre su presa, sino con reverencia y a fin de acogerla con asombro y alojarla. Cuando se opone la contemplación a la acción puede pensarse que lo contemplativo es cualquier actitud cognoscitiva, enfrentada al afán por la praxis. Pero lo cierto es que lo contemplativo es una actitud posible frente al conocimiento: actitud diametralmente opuesta a la actitud activa con que hoy se procura conocer. Por eso su nota central es la pasividad, receptividad: el dejar que la realidad me invada, me aborde, me entregue su logos. Y esta entrega no sea “a punta de pistola”, sino por el arte de la hospitalidad. El contemplativo es un hospitalario con el ser de las cosas. No las acosa, no intenta conquistarlas a punta de lanza, no las interrumpe con infinitas preguntas o comentarios mientras ellas destilan en suave murmullo su propio logos.
Logos autoelocuente. Ciertamente autoelocuente.
Por eso, el contemplativo es un hombre de silencio, no de palabras. ¡Las palabras son asunto de las cosas! Y las palabras “caben” donde hay silencio que las acoja. Conocer no es criticar -como de Kant en adelante se instaló- sino alojar. No es atacar sino escuchar. Como -siguiendo con nuestra analogía catedralicia- no le toca al hombre iluminar el recinto, sino prever las lucarnas, los lucernarios que admitan la luz, que alojen la luz. Virando apenas la analogía: el muro debe suspender sus hiladas para habilitar el ingreso de luz; el hombre debe suspender su inquisidora “ratio” para quedar bañado en luz por la intuición.

Esta serena humildad con que el hombre universitario debe ser un escucha es lo que augura el encuentro experiencial con vuestro objeto de ciencia: ya sea un átomo, un gen, una galaxia o un conflicto humano. Ellos son el contenido; mi cátedra, el continente. Ellos, los protagonistas, nosotros, el soporte para ponerlos en relieve. El contemplativo natural es como Juan Bautista ante Cristo: la voz ante el que es la Palabra; el que disminuye para que el otro crezca. El dedo del Bautista: ¡he ahí una bella figura de vuestra tarea docente!

Algo crucial sobre este señalamiento: lo que deben señalar es a la realidad misma que les toca saborear y mostrar. No lo que “se dice” de la realidad, sino la realidad misma. Es esta de las mutaciones kafkianas más monstruosas que ha sufrido el saber. Saber ya no es saber la realidad sino saber la historia completa de lo que los demás han dicho sobre ella. El enano sobre los hombros del gigante ya no mira el amplio horizonte que se abre ante sí… ocupadísimo como está en hurguetearle la cabeza al que sólo se le ofrecía como andamiaje para ver más lejos… ¿Y por qué este viraje de la cosa misma hacia la idea sobre la cosa? Es largo y complejo responder a esto (escribimos años ha una “Égloga a la cosa” que puede servirles al respecto), pero es importante al menos percibirlo como un hecho y deplorarlo. ¿Por malo y perverso? Valdría. Más simple me parece hacerlo por insólito, insulso y metodológicamente conflictivo. A ningún astrónomo se le ocurriría direccionar su flamante telescopio sobre la pantalla de su televisor para sintonizar Discovery y ver las estrellas… pero si usted debe mañana dar una clase sobre la angustia, ¿qué hace? Su impulso cultural lo moverá a abrir el Google y teclear sin más “angustia” y recolectar con cibernáutica ansiedad datos y más datos y sobre todo, ¡nombres!, de lo que Fulano y Mengano han dicho sobre la angustia. ¿Plan B? Enfocar a ese adolescente angustiado que tengo en casa, o a ese anciano decaído y tratar de contemplar la angustia de frente… ¡sin intermediarios! Es la insoportable densidad del ser, lo que tal vez aterre, señor Kundera.

En el ejemplo sobre la angustia hay un detalle de monstruosidad que puede escapársenos, pensando que el “in oblicuo” es de un solo trazo, como la luna recibe luz del sol. Lo cierto es que el autor de ese artículo ha hecho lo mismo que yo, y por tanto lo que en los claustros del saber se “trata” acerca de un asunto está distanciado vaya a saber cuántas generaciones del contacto directo con la cosa. Fotocopia de fotocopia de fotocopia… Steiner lo ha llamado “la ciudad secundaria” donde el comentario se nutre del comentario al infinito, sin recurso ni retorno a lo real. Un modo parasitario de ejercer el saber. Ante esto, el contemplativo contrasta abruptamente con su límpida e ingenua mirada sobre la cosa misma, estando ahí, ante mí. (Steiner imagina una ciudad primaria, donde el meta-texto (texto sobre texto) entrara en un riguroso índex y sólo estuviera permitido hablar sobre cosas…).
Y con este “ante mí”, ¿qué hace el contemplador? Viaja al hondón de la cosa. Viaja a sus raíces. Quiere nacer con la cosa (Claudel decía que conocer es co-nacer). Quiere bucear hasta esa instancia en que su objeto es arrancado del país de la nada y puesto en el ser. Quiere esa “instantánea”, y así se lo mendiga (¡qué verbo poco científico!) a su Dama Sapiencia. El contemplativo “lee-por-dentro” (intus-legere) hasta los tuétanos primordiales de lo que la amistosa realidad le oferta. (Valga decir: amor con amor se paga, y la realidad paga la afable y humilde hospitalidad con elocuencia y transparencia; y en cambio, devuelve al ávido y prepotente, con circunspecto hermetismo. Sincero con el sincero, astuto con el falso, dice el salmo. De Dios nadie se burla, dice la Escritura; y yo acoto: de la rosa tampoco…).

Y en el hondón de ese abismo interior del ser, el contemplador se topa experiencialmente con el ex-nihilo de su objeto (¡cual fuera!, pues vale para las ciencias duras como para las más blandas). Y ante ello, una doble experiencia lo invade —tremenda y fascinante a la vez—: percibe su origen divino y percibe —en el mismo foco— su contingencia, su poder-no-ser. Límite y anchura infinita se le revelan así en superpuesta elocuencia como la condición paradojal de todo lo creado. Y goza. Disfruta, paladea el exquisito manjar de su saber: su saber cuanto sabe y su saber cuanto ignora.
Si los monjes acuñaron aquellos pasos de la Lectio divina ante el Logos increado, los medievales animaron un itinerario alternativo para el pensador, hilvanado por la transversalidad del logos, que se esquematiza así: oratio-ratio-adoratio. Apertura, inquisición, postración. He aquí las “rúbricas” para vuestras liturgias catedralicias.

Un solo asunto más sobre el carácter luminoso de las cosas y su ingreso a nuestra catedral. Valdrá percibir una triple característica de estos rayos del sol: ellos muestran luz, se donan como luz y se dicen como luz. Y esta terna constituye de algún modo la morfología propia de todo lo real, que es superpuestamente bella, buena y verdadera. Y no que algunos rayos son verdaderos, otros buenos y otros bellos: esta terna es la trama propia de cualquier objeto sobre el cual haga ciencia, haga magisterio, haga cátedra. No es lo uno para la cátedra de lógica, lo otro, para la de ética y el otro para artes plásticas. En la Multiversidad actual esto es así; pero en la Universidad de siempre, no. Por una diminuta lucarna románica, ingresa todo el sol. Y esto es lo que nos habilita a armar la cúpula antes de que se nos vaya nuestro sol.

La Unificación: su cúpula

Ya tenemos sobre la roca de la gratuidad, la apertura contemplativa a las cosas, que le dan a nuestros muros solidez, altura y trabazón. Y habilitan la entrada de luz. Desde la misma metafísica del ser, habrá que agregar un elemento que habilite el arco, que permita la cúpula, para que cuando en esa catedral se cante la Gloria divina e intramundana, “suene bien” y no parezca que estamos cantando en un sótano. La Universidad como fuente de Unidad, diría Newman. Ese “elemento” casi mágico se llama la analogía del ser. Un Mundo analógico significa básicamente que todos los “logos” que abordan cada una de vuestras ciencias son parcialmente lo mismo y parcialmente distintos. Es que el ser mismo es analógico, pues todo es y todo es algo distinto.

Ortega denunciaba que la Universidad se había transformado en Multiversidad. ¿Sólo por la multiplicidad de carreras de grado que se empezaron a multiplicar? No. No es esto lo que debe asustar. Es por la falta de ilación interna, de experiencia de unidad en el saber lo que se ha craquelado hasta la atomización, la fragmentación, dejando a la posmodernidad en una suerte de playa desolada -como describe trágicamente Steiner- de muñones y fragmentos. Ni alcanza con multiplicar seminarios interdisciplinarios. Es una experiencia interna de asociación de logos, “ecos” y “armónicos” que mi música, mi partitura genera y combina con las partituras de las demás cátedras y facultades. La Universidad es sinfónica o no es universitaria. La cacofonía cultural -tan patente en el mundo universitario- sólo es corregible desde la paciente y esperanzada búsqueda del “la” del primer violín, que torne “una” todas las voces y le devuelva música a nuestro ruidoso mundo.

Ustedes deben buscar el “la” en el Logos de Carne que es Cristo, Nuevo Orfeo que encanta a todos los saberes, que a la letra baña de espíritu, al fragmento lo tiñe del todo; al dato lo sumerge en el sentido; a la ciencia la nutre de conciencia. Todo logos tiene en Su ser Logos su “consistencia”, va a decir san Pablo usando un verbo muy gráfico para expresar este Mundo mono-lógico, cromo-lógico y cosmo-lógico. ¡Y que empiece la música!

El sonido metálico y seco de la academia mercantil posmoderna desconoce la reverberancia. Explicárselas parece empresa más compleja que describirle el verde oliva a un ciego de nacimiento. Viven atrofiados en esa barbarie de la especialización, donde cada vez saben más de menos, hasta que lo sepan todo de nada (como la Enciclopedia hizo el proceso de atrofia inverso: cada vez sabía menos de más, hasta que no supo nada de todo). A nosotros, discípulos del Logos -cantautor del Mundo-, nos toca intentar la mejor música donde genes y sales, témpanos y ciclones, crustáceos y líquenes refracten su música sobre formas de gobierno y la conducta prenatal, el miedo, la sangre, las leyes, el Quijote de la Mancha, el magma incandescente, el cáncer, la nostalgia, los océanos, el tiempo, Mozart, las sabanas y el rojo intenso del lejano Marte. Newman lo llama: la correlatividad de todo real, desde el serafín más glorioso hasta el más detestable de los reptiles. “Un universo íntimamente entretejido”, remata el inglés. Universo -aporta d’Exupery- por ser poema de un solo verso. Todo confluye en una única sinfonía, que canta la Gloria de Dios en sus obras admirables.

Lo universal de la Universidad es como la nota de catolicidad aplicada a la Iglesia: tiene un carácter extensivo e intensivo, horizontal y vertical. No sólo implica la interrelación de las cosas, y la unidad que conforman, sino también permite dar con el “unum” trascendental, con que cada cosa contiene en sí todo el Universo, el multa in parvo, el todo en el fragmento. Con cierto resabio eucarístico, cuando en la trastienda de la gota de agua se nos desvela el vasto cosmos sin fondo, el pensar entra en pasmo (bello es el stupore latino) y sólo atina a la gratitud frente a la desmesura del don. Los alemanes lo consignan así: del denken al danken. Y en una inclusión más completa podemos proponer con von Hildebrand andar de la gratuidad a la gratitud, con circularidad eucarística.

El Universo de la Universidad ha de ser faro que profetice sobre los huesos secos de esta cultura anunciando un Mundo de sentido. Así como Claudel se convirtió escuchando el Magnificat en una catedral, vuestras cátedras-catedrales deben poder ser ámbito propicio para la conversión de sus alumnos. No la conversión sobrenatural, sino la vuelta, el retorno natural al ser de las cosas. La conversión del insulso cientificismo pragmático al “sápere” al que saben todas las cosas, cuyo exquisito sabor ustedes han de cultivar, gustar y enseñar a catar, como catedráticos y catedralicios enólogos mendocinos. Ni funcionarios ni sofistas: académicos, pedía Pieper. Como aquellos que en la Grecia platónica se juntaban en las afueras de Atenas, en el bosque de Academos a pensar el mundo, a desentrañar la rugosidad del ser. Den clase de biología molecular o de literatura inglesa: cualquier aula, toda aula es el estrecho atrio o umbral (eso significa “aula”) que da al universo mundo. Toda materia, toda bolilla, toda “quaestio” es el parvo preñado del todo. Como aquel ínfimo Aleph de Borges.

En fin: dar (trádere) de lo contemplado, es la consigna que deja fray Tomás de Aquino. Nosotros podríamos expresarlo con un ejemplo prosaico pero muy exacto: no emitir moneda sin el respaldo en oro de una macerada contemplación. La hiperinflación académica en que vivimos ha devaluado la palabra universitaria, que antaño supo ser el genuino cuarto poder, hoy en manos del periodismo (que opina, lo cual -como se decía antes- es lo previo al saber).
La realidad acontece. Y lo de ustedes consiste en presenciar el acontecimiento con asombro; maravillados, atónitos. Y contarlo con ojos grandes, con respiración entrecortada, como Magdalena en la aurora de la nueva Creación.

Vuestras aulas están pobladas de muertos en vida, de pálidos rostros aburridos… no de la clase: ¡aburridos del mundo! Sólo el testimonio, sólo el retorno a una docencia testimonial puede augurarle una nueva primavera al campus del saber. Y testigo no es el que sabe: es el que estuvo. Un falso testigo puede decir la verdad, pero sigue siendo falso si no estuvo en el lugar y la hora de los hechos.

Ante un Mundo de sentido, una Universidad de testigos. Esa es la justicia/justeza con que ir forjando una suerte de “espiritualidad universitaria”, centrada en aquello que san Juan dice de la Palabra de Vida y nosotros podemos decir de la vida interna de nuestra realidad verbal: lo que hemos visto, lo que hemos tocado con nuestras manos, eso les anunciamos, para que ustedes vean y toquen y tengan vida.


P. Diego de Jesús (Athonita undercover)

martes, 13 de julio de 2010

La Universidad: su Espirítu, su Espiritualidad (I)



Catedral viene de cátedra y no al revés.


Esta frase así, desnuda, tiene el sabor de una sentencia arcana, llena de latente sentido. Yo creo que sí. La etimología es una “ciencia” fascinante, por cuyos recónditos subsuelos se accede repentinamente —cual por alcantarillas urbanas— al más imprevisto microcentro del tema. Ocurre también a veces que términos derivados cobran mayor relieve y peso que su término de origen. Cristo viene de Crisma y no al revés, insistía san Agustín. Y con ello no quería reivindicar para el crisma un protagonismo o valencia que Cristo le hubiera usurpado, sino muy por el contrario, intentar que el Misterio de Cristo recibiera luz desde abajo, desde sus raíces lingüísticas. Pie viene de piedra, pastor de pasto, Cristo de crisma… y catedral de cátedra; y si al derivado le hace bien saborear el sabor radicular de su origen, al término de origen (y en él, la realidad asignada), le ha de hacer bien reparar en el “peso” del árbol frondoso que emerge por encima de su oculta y prosaica raigambre.

Digo todo esto, pues estoy ante “catedráticos”, titulares de “cátedras” y aunque todos estén muy lejos de pretender catedrales, yo quiero proponerles intentar juntos la (re)construcción de una.

Vuestras cátedras merecen catedrales, ameritan catedrales.
No construidas con piedras muertas sino con vuestro espíritu y con el Pneuma divino, que es capaz de hacer de los huesos secos de nuestras aulas universitarias, catedrales vivientes del saber donde se cante la Gloria de Dios y la gloria del ser.

Cuando el cardenal Newman, allá por el 1851, desarrolló sus conferencias en torno a The Idea of a University, dejó un legado intenso de lo que lo universitario era en sí. Aquellas ponencias son tan ricas como variadas. Entre muchas otras cosas, Newman plantea allí tres asuntos en que quisiera detenerme en esta reflexión: gratuidad, contemplación y unificación. Y se me ocurre que estos tres “materiales” pueden sernos de provecho para la construcción de la catedral que les propongo levantar.
Intentémoslo, al menos.

La gratuidad: el cimiento

Dirá Newman que la Universidad, como hogar del saber, contiene su finalidad en sí misma -podríamos decir: es autoportante- y por eso no necesita ser servil a los intereses externos a ella. Con esto abría un intenso debate, pues aunque los conceptos en juego son tan añejos como el viejo Aristóteles, ya se había instalado en el mercantilismo occidental la idea de las universidades como mercados de compra y venta de datos, compra y venta de profesiones. Las universidades son “útiles” a los intereses de la sociedad, ¡cómo llamarlas inútiles! A todos nos recuerda esto lo que los griegos decían de la Filosofía: no sirve para nada porque no es sierva de nadie; es señora. Para Newman el saber tiene un peso y dignidad tal que —aunque sea muy útil— no necesita cultivarse en función de nada ajeno a sí mismo. No es “funcionaria”. Finaliza en sí.

Hoy se debate sobre la Universidad gratuita en la acepción de “no paga”. En aquella Inglaterra se debatía por un concepto sutilmente más hondo: la gratuidad interior del quehacer universitario. Su distendida intencionalidad. Como un monje reza porque sí (aunque sus rezos muevan secretamente al mundo), alguien que le ha entregado la vida a la Universidad, estudia, lee, piensa, reflexiona y comparte estas reflexiones porque sí y no para que el alumno aprenda y apruebe y se reciba y se inserte en el circuito social. Una cosa son las escuelas de profesionales y otra, la Universidad: sede del saber. Así como catedral viene de cátedra, cátedra viene de una gran familia de términos griegos, entre los cuales está la silla, la “sede” donde se asienta el saber, donde gravita y reposa el saber. Esto último —reposar— es crucial. Y si seguimos removiendo raíces, descubrimos que “kathédra”(silla) proviene de “hédra”, que refiere a lo firme, al fundamento, al sostén último. El verbo “katéjo” nos aporta también algo crucial: se trata de conservar, poseer, retener. Y en lo que nos atañe, ‘retener’ hay que entenderlo no como un mezquino repliegue sobre sí, sino como un modo de impedir que el saber se derrame en esa frenética obsesión por mutar los fines en medios.


Nuestra cultura es alérgica a los fines y fanática de los medios. Y si en el asfaltado bosque brota por descuido un “porque sí”, con urgencia hay que mutarlo en un metálico “para qué”: asignarle un cauce de utilidad, para que corra y no se detenga. Que una cátedra sea “sede” de un saber (sede porosa, absorbente) es casi lo contrario a que sea un “conducto” del saber (conducto inclinado e impermeable).

Es lo que Guardini planteaba ya en la posguerra, en su bella y aguda ética para nuestro tiempo: la necesidad de volver a vivir algunas cosas sin intenciones. El saber es, de un modo eminente, un caso posible. Su objeto lo hace posible, por la dignidad que entraña el saber mismo. Pero cuando crece la valencia instrumental del saber (estudio para aprobar, apruebo para recibirme, me recibo para conseguir trabajo, trabajo para comer, como para…; y su correlato docente: enseño para que el otro…) las escuelas del saber se tornan factorías de información con salida laboral. El “amo porque amo, amo por amar” de san Bernardo admite varios formatos: uno de ellos les atañe a ustedes de un modo ineludible: estudio porque estudio, estudio por estudiar. Y estudiar acá significa el panorámico ejercicio de todo lo vinculado a vuestra tarea. Pero sobre esto volveremos en la segunda “nota universitaria” de la terna escogida. Sólo les adelanto: no creerán ustedes que lo específico de vuestra labor universitaria sea dar clases… eso no es más que el rebalse de un trato cotidiano con la ciencia que les atañe: a ese trato —“trato de amistad”— lo llamo ampliamente la estudiosidad, y es la que admite el adagio bernardino.

Rescatar o restaurar la gratuidad del saber implica un cambio actitudinal que no se improvisa, sino que se debe procurar no sin esfuerzo: implica un cambio de polaridad que sólo una esmerada ascética, una seria purificación de la mente, puede emprender con éxito. El amor que ustedes confiesan al saber que les atañe debe ser una ‘confessio’ expresada vitalmente, en el modo en que se inclinan sobre su objeto y lo rumian, lo palpan, lo “saborean” (como juega Bernardo con el sabor del saber) y lo atesoran y conservan por el valor que tiene en sí mismo. No se prestan a la “manipulación”, que es justamente esto de mutarlo en objeto de utilidad, en mercancía.
La catedral que queremos, en su último subsuelo (etimológico y cotidiano) no tiene una “sala de máquinas”, sino una suerte de bodega -silenciosa y quieta- donde reposa, donde se conserva (katéjo) el saber. Y diría más: se conserva y se adoba, es decir, se añeja y mejora… no con más datos, sino con el quieto reposo de lo sabido en mí. Es una suerte de gratuidad con trampa… pues esconde la mayor utilidad: lograr el mejor vino del mercado.

Veamos algo más de esta gratuidad a cultivar en vuestras escuelas del saber. Tal vez su nota más específica. Y otra vez me valgo de los subsuelos del lenguaje: “sjolé” en griego, del cual proviene el schola latino y la escuela nuestra, significa “ocio”. La negación del mismo, eso es el trabajo, ese el negocio. Trabajar en una escuela es casi una contradicción en términos. Y ocio se opone a trabajo no tanto como la acción se opone al reposo (aunque también), sino sobre todo como la gratuidad se opone a la utilidad. La dis-tensión es, tal vez, el término que mejor grafique la actitud interior del que se aboca al saber por el saber mismo. El caminar (figura tan cara al itineraium mentis, como a la ped-agogía) admite tres modos de hacerlo: el que camina sin rumbo hacia el error -errante-, el que camina resuelto hacia la meta -peregrino- y el que camina por caminar, el que pasea. Los peripatéticos griegos hacían esto: paseaban; y algunos milenios previos, eso hacía el primer Hombre con Dios en el paraíso: pasearse. Es el caminar primordial. He aquí una imagen bella y diáfana de la gratuidad del buen pensante.

Una Universidad que sin desdibujar sus utilidades sociales, preservara y protegiera su sustrato o cimiento gratuito, augura poder hacerle frente a la “catedral” que cada aula deberá construir. Con cierta dialéctica podemos decir que lo inútil deviene lo supra-útil cuando supera su momento “negativo” de utilidad.


Pero el Saber, en su inerme y candorosa inutilidad, se tentó de poder (tal vez habría que achacarle a Bacon con su Novum Organum este parvo error del principio que con los lustros y siglos se tornó en lo que hoy es la oferta universitaria: sepa más y será poderoso). El aprehender como apresar, como dominio, como poder. La practicidad, aplicabilidad, o su versión más actual aún: su salida laboral, hacen de único cimiento de un edificio, que por lógica será de una sola planta. Chato, aplastado como pan árabe, feo, funcional: como un gélido edificio de trámites burocráticos.


La “sede” mutó en “bureau”, en mostrador. La roca se pulverizó en arena. Nos toca a nosotros dar con el aglutinante que nos permita elaborar una ‘piedra reconstituida’: transfigurar la arena del utilitarismo en roca de gratuidad.


¡Pero ya es hora de empezar a levantar paredes!


Continuará...


Padre Diego de Jesús (Athonita undercover)


jueves, 1 de julio de 2010

Liberalismo satánico o satanismo liberal




Un anónimo anonimado me pasó este anónimo diálogo.


Da para pensar... Ya volveremos con el cambio de diseño y las reflexiones en torno al blog y los seudónimos.


Respetos (ni satánicos ni liberales).


Natalio


ENCUENTRO DE UN CATÓLICO Y UN SATANISTA.


— ¿Pertenece usted a la iglesia de Satanás?


— Sí.


— Y ese edificio ¿es el lugar de sus reuniones?


— En efecto, en ese local un sacerdote católico celebra nuestras misas negras.


— ¡Misas negras!


— Sí, así expresamos nuestras convicciones.


— ¿Pero no le parece una ceremonia ofensiva para los católicos?


— No, las misas negras de ahora no son como las del pasado. Hemos tenido nuestra reforma ritual, hemos quitado los gestos y símbolos que resultaban más chocantes para los católicos. Hoy se hace todo con la asepsia de un quirófano, y la delicadeza de una microcirugía.


— ¡Pero una misa negra sigue siendo es un acto sacrílego!


— Bueno, usted puede pensar de ese modo, pero lo importante es no ser fundamentalistas... Tenga en cuenta que nadie está obligado a participar de nuestras ceremonias; no admitimos menores de edad; las misas negras se realizan en un lugar público cerrado, así que no las ve sino quien quiere verlas; y, por último, no cometemos ningún delito.


— Pero se ofende la sensibilidad religiosa de muchos católicos…


— Tanto como el culto católico ofende nuestra sensibilidad de satanistas... ¿Por qué la sensibilidad de los católicos es mejor que la nuestra? ¿Acaso no somos todos iguales ante la ley?


— Pero el culto católico es verdadero…


— Eso piensan los católicos integristas. Le recuerdo que vivimos en un Estado aconfesional, que no es competente para emitir juicios sobre la verdad o falsedad de las religiones. Y en un Estado aconfesional, todos somos iguales ante la ley; luego, los satanistas no podemos ser discriminados ni tratados jurídicamente como ciudadanos de segunda categoría.


— Ustedes ultrajan nuestras creencias religiosas.


— Tanto como un exorcista católico con su ritual ultraja las nuestras.


— Lo que ustedes hacen atenta contra la moral pública.


— Le reitero que las misas negras se realizan en recintos cerrados y el acceso del público está vedado a menores de edad. En una sociedad libre, cada adulto puede hacer lo que le plazca, si no daña el derecho de los demás.


— ¡Pero profanan la Eucaristía !


— Nuestros ritos no violan las leyes y no dañan a nadie. El trozo de pan que destruimos es de nuestra propiedad. Todo lo que usamos en nuestras ceremonias lo pagamos con nuestro dinero y no pedimos limosnas a nadie.


— Como católico, repudio lo que ustedes hacen.


— Los satanistas, creemos que usted está en su derecho de pensar sobre nosotros lo que quiera. Poco nos importa, desde el fin de la era constantiniana…


— Yo soy católico-liberal, y estoy orgulloso de haber colaborado para terminar con la era constantiniana, derribando sus últimos bastiones, esos estados católicos, que nos impedían entrar en diálogo con el mundo moderno.


— Veo que en algo estamos de acuerdo.


— Bueno, hablando se entiende la gente. Y yo soy muy dialogante.


— ¿Y cómo hace usted para ser católico y liberal?


— Muy sencillo: como católico, creo que la democracia es la encarnación temporal del Evangelio. Como liberal, confío en que los males de la libertad se curarán con más libertad.


— ¿Y por qué quiere prohibir nuestras misas negras?


— Bueno, pensándolo mejor, aunque como católico me repugna lo que ustedes hacen, como liberal, daría mi vida por defender su derecho a hacerlo sin interferencias estatales.