martes, 27 de abril de 2010

Lactancia eucarística


En su momento comenzamos y explicamos la idea a desarrollar con citas del libro "Dominus Est, Reflexiones de un obispo de Asia central sobre la Sagrada Comunión". De Mons. Athanasius Schneider.

Hoy sigo y voy eligiendo citas a mi antojo:

"El gran Papa Juan Pablo II en su última encíclica intitulada Ecclesia de Eucharistia, dejó a la Iglesia una ardiente admonición que suena como un verdadero testamento:


Debemos estar atentos con todo esmero en no atenuar alguna dimensión o exigencia de la Eucaristía. Así nos mostraremos verdaderamente conscientes de la grandeza de este don. [...] ¡No hay peligro de exagerar el cuidado que debemos a este misterio!" (n. 61)..."

"La palabra de Cristo que nos invita a acoger el reino de Dios como niños puede encontrar su ilustración, de modo muy sugestivo y bello, también en el gesto de recibir el Pan Eucarístico directamente en la boca y de rodillas. Este rito manifiesta en modo oportuno y feliz la actitud interior del niño que se deja nutrir, unida al gesto de humildad del centurión y al gesto de estupor adorante..."

"Es posible suponer que Cristo durante la Última Cena haya dado el pan a cada Apóstol directamente en la boca y no sólo a Judas Iscariote. Efectivamente existía una práctica tradicional en el ambiente de Medio Oriente en el tiempo de Jesús y que aún se conserva en nuestros días: el anfitrión nutre a sus huéspedes con su propia mano poniendo en su boca un pedazo simbólico de alimento.

"Otra consideración bíblica no las da el relato de la vocación del profeta Ezequiel. Ezequiel recibió la palabra de Dios, simbólicamente, directamente en la boca: "'Abre la boca y come lo que te presento'. Miré y vi una mano tendida hacia mí que tenía un rollo. [...] Yo abrí la boca y me hizo comer el rollo. Lo comí y fue para mi boca dulce como la miel"...

"Cristo nos nutre verdaderamente con su Cuerpo y su Sangre en la Sagrada Comunión, lo que en la edad patrística era comparado a la lactancia materna, como lo muestran estas sugestivas palabras de San Juan Crisóstomo:


Con este Misterio Eucarístico Cristo se une a cada fiel, y aquellos a los que ha
generado los nutre Él mismo sin confiarlos a nadie más. ¿No veis con qué impulso
los recién nacidos acercan sus labios al pecho materno? Pues bien, también
nosotros aproximémonos con tal ardor a esta Sagrada Mesa y al pecho de esta
bebida espiritual. ¡Es más, hagámoslo con un ardor mayor que el de los
lactantes!


"El gesto de una persona adulta que se arrodilla y abre su boca para dejarse nutrir como un niño, corresponde de manera feliz e impresionante a las admoniciones de los Padres de la Iglesia sobre la actitud que hay que tener durante la Sagrada Comunión, es decir: 'cum amore ac timore!'"

Natalio

jueves, 15 de abril de 2010

Al pan pan y a la Hostia Matzá


Hace un tiempo, para el Domingo de Ramos para más precisiones, el admirado Todoerabueno escribía en un post lo siguiente: "Pero volviendo a la sinceridad litúrgica. A mí me gusta que el pan que se va a consagrar parezca pan, y no una cartulina. Y me gusta que el vino parezca vino (de ese vino oscuro, espeso y dulce), y no ese agüita que se usa para no manchar los purificadores."

Me dejó pensando mucho en como la hostia no parece verdaderamente pan.

El tiempo pasó y llegó la Pascua que me encontró en la Abadía de Victoria en una misa celebrada por un obispo. Recordó allí la Pascua como la Fiesta de los panes ázimos y a Cristo como el pan de puro trigo.

Y ahí todo me vino a la cabeza con la ebullición del sentido del Pesaj, la Pascua, la Fiesta de los Panes Ázimos, el Bar Mitzva, Todoerabueno y varios más...

Dice el Éxodo: No me ofrecerás con levadura la sangre de mi víctima. (Ex. XXIII, 18).

La idea del Cordero Pascual inmolado e inmaculado se encuentra intimísimamente vinculado en el judaísmo con el Matzá (el pan ázimo). El Matzá se opone al Jametz que es todo alimento que tiene levadura. La levadura representa el ego, la ambición, el orgullo (por eso aquello de "cuidaos de la levadura de los fariseos") o, más amplio, toda inclinación al mal. El Matzá es el pan puro, sin mancha, inmaculado. Nadie puede pretender estar completamente libre de Jametz pero la fiesta de Pesaj es una fiesta en la cual se intenta despojar el alma de todo resto de levadura espiritual. Hostia, Víctima, Pan, Ofrecimiento se unen en una misma tradición.

Pero vamos a nuestra Eucaristía.

Cristo en la Última Cena celebra el Seder que es la cena con la cual se abre la semana de Pesaj.

Durante el Seder se pone sobre la mesa el cordero pero se come el Matzá (Pan sin levadura). Es decir, desde la tradición judía no cabe duda que Cristo insitituye la Eucaristía con Matzá. Es más, el Matzá utilizado en el Seder suele ser el de trigo puro (el cereal de mejor calidad). A diferencia del Matzá común (que por definición no puede tener el mínimo contacto con agua que podría hacerlo leudar y convertirlo en Jametz) el utilizado en el Seder es uno especial que está en contacto con el vino.

Que Cristo diga con el Matzá en la mano "esto es Mi Cuerpo", o este es el Cordero de Dios, o esta es la Víctima es la figura más normal y adecuada para el Seder como apertura del Pesaj. El texto bíblico de la fiesta es el citado: No me ofrecerás con levadura la sangre de mi víctima. (Ex. XXIII, 1).

Las figuras e interrelaciones entre Jametz (alimento leudado en alguna forma) y Matzá (alimento sin rastro de leudado) se tornan infinitas y con diferentes aplicaciones espirituales. La levadura, como las malas inclinaciones, actúa sola y se extiende por toda la masa mientras que el Matzá requiere de millones de cuidados (por ej. no amasarlo tanto que el calor haga leudar la masa, que el agua no toque el trigo, etc.).

Por eso la fiesta de la Pascua está precedida por una lucha encarnizada contra toda impureza del ego y del orgullo que se escondan en el corazón. El pesaj los debe encontrar blancos y sin contaminación alguna.

En este sentido la halajá (costumbre con fuerza de ley) prescribe que la noche anterior al comienzo del Pesaj se debe buscar meticulosamente, centímetro por centímetro, rastros de alimentos Jametz (migas de pan, galletitas, caramelos, etc.) por toda la casa. Incluso se esconden pequeños panes en rincones ocultos para que sean buscados y hallados por los integrantes de la familia. La idea es que del mismo modo en que se escudriña cada rincón de la casa se debe buscar y escarbar en cada rincón del corazón buscando restos del Jametz del amor propio, del orgullo, etc.

Cuando en mi primera Comunión me levantaba para ir a recibirla mi madre susurró en mi oído una oración que repito todavía en cada paso hacia Cristo: María llama de amor prepara mi corazón para recibir a Jesús. Y al caminar rezando la veo a la Madre escondiendo restos de Jametz, como las madres judías antes del Pesaj, fregando hasta el hartazgo cada centímetro. La veo presurosa trabajando en el desastre cual ama de casa ante la inminencia de una visita importante.

Y es que el que espera es el Pesaj, la Hostia inmaculada, la Víctima inmaculada, el Matzá más sagrado, el Cordero Pascual, el Rey, el Puro.

En Cristo no hay Jametz, es puro trigo del mejor.

Es pan y no es pan, es Matzá.

Natalio


jueves, 8 de abril de 2010

Bodas de Sangre


“Si me amaran, se alegrarían”

Jn 14,28


La textura o clima de todo lo cristianismo exige siempre una puesta a punto que sólo se lo puede otorgar la paradoja.
Sólo la paradoja (como contrarios coincidentes, trabados cual las hebras perpendiculares tejen su tapiz) es capaz de acercarnos al inefable Misterio de un Dios-Hombre, que aprieta en Sí todo cuanto el hombre pudiera siquiera imaginar como opuestos.

A la Iglesia le atañe celar y custodiar la presión justa de todas y cada una de sus paradojas. Siguiendo el Catecismo podemos constatar que esto vale para los dogmas más profundos de la Fe (son Tres pero son Uno); vale para la moral (todo es gracia pero no ha de faltar nuestro esfuerzo); vale para la Liturgia (Banquete y Sacrificio, Fiesta y Drama); y vale, no menos, para la plegaria (como hijos, ante un Rey temible).

Pero la Iglesia, a su vez, se ve siempre urgida por retensar sus paradojas internas, como quien tensa los tientos de una carpa expuesta al viento. Como quien ajusta (o desajusta) las clavijas de un instrumento de cuerdas, que siempre necesita ser vuelto a afinar. Y para esto no puede seguir un protocolo fijo, sino que ha de reaccionar en contrapeso, compensando, tironeando del lado opuesto al ladeo. Kinesiología espiritual, que le dicen.

Hoy (Viernes Santo) quiero proponer el ajuste de unos tientos o vientos de nuestro carpón eclesial, que tiene que ver con la experiencia, la inefable experiencia que Jesucristo haya tenido de su propia Pasión. Y sobre esta huella, cuál ha de ser el ‘clima’ justo en que vivir nosotros este día tan especial.

El Mundo banaliza la Semana Santa. Y nos duele en el alma esta indiferencia.
En reacción a ello, podemos creer que desde la Fe y la piedad más honda lo que nos incumba sea teñir el Viernes Santo de profunda pena y congoja. Meditar intensamente en los sufrimientos de nuestro Señor y concluir que ha sido un día horrendo para Él; un día triste, un día trágico, un día nefasto y fatal. Y en solidaridad a tamaña desgracia, también nosotros declararnos tristes y apenados.

Hemos leído la Pasión. Si no pretendemos otorgarle una categoría propia, cual si fuera un Libro sagrado diferenciable como tal del texto del que está extraído; digo, si en verdad lo consideramos parte del Evangelio, y hasta su médula... mucha acrobacia afectiva y retorcimiento mental harán falta para negarle su condición inmediata: si la Pasión es Evangelio, ¡se trata de una Buena Noticia! Y no hay recurso presentable para no encarar una buena noticia sin gozo.

Banalización y dolorización de este Misterio redentor son dos caras de una misma moneda: la de una mirada meramente humana del acontecimiento. Una mirada desde nosotros, centrada en nosotros o apuntada desde nosotros.

Y lo cierto es que se trata de Dios. El sujeto de la Pasión es Dios. El Dios humanado en Jesucristo, redimiendo al Hombre, expresando su amor extremo por el Hombre. El Verbo eterno (y no es otro Jesús de Nazaret) es una Persona infinitamente feliz. Indevaluablemente feliz. Siempre feliz. Y en todo feliz. Goza, tanto del Padre como de los hombres. Es pura Luz. Y es siempre Luz, nuestro Santo y Feliz Jesucristo, como le canta la Liturgia.

Cuando el sol se eclipsa, o se cubre de nubarrones, se oscurece la Tierra... pero no el sol.

La gente simple, cuando uno hace alusión al sufrimiento de Cristo (a los clavos, al peso de la Cruz, a las humillaciones, etc) suele refutar: eh, pero Él era Dios! A lo que con indiscriminada llaneza retrucamos sin pestañar: eso nada tiene que ver.
Hoy creo que sí tiene que ver. Porque es Dios. Y ser Dios no puede ser un “detalle” colateral o desactivado en la experiencia de este Crucificado.
— ¿Está insinuando, Padre, que entonces no sufrió de veras? ¿o que al menos el dolor fue mitigado por una coraza interna divina?
— No. Sólo digo que ser Dios sí tiene que ver. No para menguar el dolor. Pero para asumirlo desde una experiencia que nos es inimaginable. Pues esta Persona no es siquiera mitad Dios y mitad Hombre: es exclusivamente divina.
—¿Pero acaso no es tan Dios como Hombre?
— Sí, claro. Pero ser Dios es más que ser Hombre. Y eso hace diferencia.

Vuelvo al —peligroso pero imprescindible— arte kinesiológico que le incumbe a la Iglesia: en tiempos monofisistas, habrá que elongar y tironear acentuando que Cristo no era un Dios disfrazado de Hombre, sino verdaderamente hombre. En tiempos arrianos —como los que corren— hay que tensar los tientos de la cristología para no perder de vista que el que pende del Madero es el Creador del Mundo.

Sugiero, para acercarnos a las entrañas del Crucificado, atender a algunas expresiones Suyas que puedan rectificarnos la tónica lúgubre y sombría, fúnebre y luctuosa que solemos darle a la Pasión de nuestro Señor. Y son las palabras —las únicas— que consigna san Pablo en labios de Jesús: que hay más alegría en dar que en recibir (Hch 20,35).

Si esto es así, en buena lógica: a mayor dádiva, mayor alegría. Y ante la máxima dádiva, la máxima alegría. No creo estar trivializando el Misterio central de nuestra Fe al decir que este Día Santísimo ha constituido el día más feliz y bienaventurado de nuestro Señor sobre la Tierra. Día que Él ha deseado con ansia, con avidez. ¡Para esto he venido al Mundo! —ha dicho el Verbo eterno, llegada Su Hora—. He venido a echar Fuego sobre la Tierra y este es el momento de hacerlo. Ardo en deseo de consumar esta Obra. Cristo es la hipóstasis misma de las bienaventuranzas evangélicas, como anotaba Zundel.

Así como decimos que lo cortés no quita lo valiente, podríamos reformularlo aquí diciendo que lo grave no quita lo gozoso.
Cristo avanza voluntariamente hacia la Muerte de Amor, como un novio enamorado en cortejo nupcial.
¿Con todo el peso del pecado del Mundo a cuestas? Sí.
Pero no menos (y sí más) con todo el peso del Amor divino al hombro: al mismo hombro.
Sí, son las Bodas del Cordero. Y avanza el divino Novio enamorado, cual ágil cervatillo, hacia el altar del Gólgota donde sellar Bodas de Sangre con su negra pero hermosa prometida. (Una antigua glosa cisterciense anota que Cristo, en su silencioso camino del Pretorio al Gólgota, más que mascullar los demandantes improperios, lo que va destilando en sus entrañas son los versos del Cantar de los Cantares...).

Si al Hombre le cabe —en un rapto de audacia— lanzar un fronterizo “Felix culpa”, ¿cómo no prever que esta Felicidad haya estado en plena ebullición en el Corazón de Aquel que vino a sobreabundarla en los culpables?
¿Cómo no hacer caso a lo que piedad y ciencia han dicho desde hace tiempo, respecto a que este Varón de dolores no murió de asfixia ni desangre, sino que hizo un infarto masivo? ¿Cuánto más ha de avanzar la Teología para convencernos que este Corazón literalmente estalló de amor?

Nadie me quita la vida —explica a los despistados—: Yo la doy porque quiero, la doy porque amo: ¡amo morir por ti!

Propongo —al menos por una vez— no distraernos en los Pilatos, Anás y Caifás; en apóstoles traidores o cobardes; en Barrabases o gentíos serviles. Son todos funcionales a un inabortable y resuelto Proyecto divino. Una sola resistencia presenta el Cristo dócil al curso de los hechos: Pedro desenvainando su espada, casi arruina la Fiesta del Amor extremo.
No perisferen la mirada. No arrabaleen la visual.
Concentren el foco en Aquel que avanza, hidalgo y solemne, libérrimo y resuelto, bello —¡nunca más bello!, aporta san Agustín— a sellar con Sangre la Alianza nupcial, nueva y eterna.

No lloren por Mí —avisa preocupado a sus daltónicos discípulos—: lloren más bien por los que se pierden esta entrega de amor. Por los que no aceptan este Amor dado.

Para los que nos dejamos amar por Él, hoy es un día de secreto gozo. Es el día del Amor extremo. Si hubiera que instituir un día del amor, un día de los enamorados, debería ser este: el Viernes Santo.
El color litúrgico lo indica: no es el tono agrisado, macilento, pálido, mortecino. No es el negro de la liturgia de difuntos. Ni es siquiera el turbio y compuesto violeta. Es el rojo, el rojo primario; ígneo y vivaz, fuerte y audaz. ¡Es una Fiesta al rojo vivo! Claro está que no es día de jarana, sin duda. Es día grave. No es día de algarabía, sino de silencio estupefacto, anonadado. Pero ciertamente, sobre todo, no es posible concebir este día como un día de amargura, sino de dulcísimo gozo. Gozo —diría Balthasar— porque el Amor guarda la Gloria.

Ni banalización ni lágrimas de Cuaresma. Hay un tiempo para cada cosa. Y ya fue el tiempo previsto para repasar y machacar sobre nuestras faltas. Es Hora de mirarlo a Él; es la Hora de mirar al Amor, y quedar alumbrados.
¿Qué se me pide hoy? Apertura de corazón al Misterio de un Dios prendido fuego en amor. Dejarme alcanzar por las lenguas de Fuego de esta Fiesta del indomable Hijo Pródigo, resuelto —en locura de amor— a despilfarrar sus bienes eternos en mí, minúscula pocilga humana.

Que esta viva y roja Sangre nos alcance y vivifique. Pues digámoslo una vez más, en estos tiempos inciertos y antropoprotagónicos: se trata de dejarnos amar por Él. Se trata de vivir de esta intensa y configurante experiencia de un Dios Hijo, el Cristo, que me amó y se entregó por mí (Gal 2,20). Y aunque la Liturgia Romana prefiera no usarlo en este día, no puedo callar esta revelada certeza: no hay incienso perfumoso fuera del suave aroma de esta Oblación (Ef 5,2).
Si no lo toman a mal, les deseo un radiante y perfumoso, sacro y feliz Viernes Santo, Fiesta del Amor extremo.

domingo, 4 de abril de 2010

Crónica de una Aurora


Qué profunda era la noche. Abrumaba ese cielo estrellado, ese hiriente titilar de calladas luces infinitas que, aún siendo incontables, nada alumbran. Y pensé: la luz tenue multiplicada por el número que sea, siempre sigue siendo tenue. Mil sospechas no hacen lo que una sola certeza.... Noche negra, noche ciega, noche quieta. En el mar el oscuro casco del firmamento cubre sin cobijar, envuelve y expone a la vez la desnuda poquedad de la propia condición. Noche y mar son como la conspiración cósmica más hiriente a la propia intemperie. La intemperie interior.


Y ahí estaba yo, con ambas manos entrelazadas en la nuca, dejando que esa tremenda negrura se me echara encima, cual aplastante bota de carcelero y chocara con el espeso desasosiego que bramaba desde abismos insospechados.


Conmigo éramos siete en la barca. Habíamos salido tarde, ya bien entrada la noche, casi sin decidirlo. Aunque por cierto había implicado una sorda decisión crucial: es que era la vuelta a una rutina abandonada hacía ya tres años. Tal vez por eso mismo todos disimulamos y cuando Pedro rompió un largo silencio con un escueto y suspirado “voy a pescar”, todos murmuramos un desmañado “vamos”.


La vida sigue. Esa era la muda y fatídica frase que enmarcaba la triste noche. Al rato estábamos ya llegando a lo hondo del Tiberíades donde dejar de remar. Natanael, Juan y Tomás ya estaban en el agua estirando las redes a babor, Santiago y Pedro hacían lo mismo a estribor. Quedamos dos buscando cardúmenes desde la popa. La luna menguante poco y nada aportaba en la tarea. Pero habían pasado largas horas, habíamos rotado por todos los puestos, y el fracaso era inmutable y abrupto: nada.

Y ahí estaba, mirando a la nada. Increíble posibilidad humana: poder mirar a la nada. Y sobre ese oscuro fondo amorfo volvían a indomables borbotones las escenas de los días pasados. En vano buscaba ahuyentarlas como al mismo Leviatán, pero no había caso, y como el sediento en el desierto, me abandonaba -una vez más- a que el lacerante recuerdo de Su Rostro volviera a destrozarme las entrañas. El agua golpeteaba suavemente contra la barca y sobre el firmamento volvía a cabalgar el Rabbí, el Ieshuah, el Maestro. Pensé en medio de un gran desorden interior: sus rasgos no podré olvidarlos, sus gestos y palabras tampoco; lo que no sé cómo retener es su Voz, el timbre de su Voz... ¿llegará el día en que lo haya olvidado, en que se haya desvanecido en mis entrañas? Y atinaba, como un esfuerzo de salvataje, volver a escuchar su timbre, diciendo lo que fuera. Le armaba frases, de esas que seguro había pronunciado en cantidad; giros que le eran frecuentes. Y hasta logré, con la cómplice ayuda de un cosmos mudo, volver a oírle reír. Mil años son un ayer que pasó dice el Salmo. A mí, por el contrario, las últimas 24 horas me sabían a milenio. Me escalofriaba caer en la cuenta de que eran apenas horas lo que me separaban de esa Cámara Alta en que me dijera y me expresara tanta cosa junta... eran apenas horas lo que me separaban de sus promesas, de sus últimas recomendaciones, de su presencia, del fuego de sus ojos... Y ahora no estaba.


Juan -tal vez el más desinhibido en tratar lo intratable- quebró el silencio y como sabiendo que el callado pensar de cada uno rondaba sobre lo mismo, como quien sube el audio de una conversación ya empezada, estampó: “si se habrá sentado en esta misma barca, en esta misma tabla...” A lo que Pedro animó, señalando la proa: “horas enteras ha dormido hecho un ovillo allí, agotado de tantas andanzas, o de nosotros...” Su mano quedó colgada del aire, señalando en falso, mientras su vista se perdía lejos, muy lejos, en una lejanía que sabía a infierno.
Temía por Pedro. Era -a mi juicio- el más débil del grupo. Estaba quebrado, deshecho. La traición -pensé- más aún que la muerte, es en verdad, lo sin remedio. Repetía al ritmado golpeteo del agua estas tres palabras “lo-sin-remedio” que como un ácido parecían ir comiendo y taladrando hasta las coyunturas. ¡Quién me diera alas de paloma! Pero no para volar y descansar, sino para volver sobre mis pasos, para volar y desplazar el curso de mi libertad, de mis opciones bajas, cobardes, horrendas... Ser otro del que fui en Getsemaní, ser otro en el Pretorio, ser otro en el Gólgota... Alas de paloma para ser otro.


Mientras empezaba a clarear y un rosa muy delicado se esmeraba en teñir el cielo, recordé otro amanecer, en la misma barca, en el mismo mar... y al Maestro que venía caminando sobre las aguas. Sin palabras, sin que se escuchara su voz, sin presunción ni engreimiento. Pero Señor. Y otra vez el temor: ¿sabría recordarlo así? ¿Exquisitamente “así”? Ni un poco más erguido, ni un poco menos sereno: en la exacta conjunción de rasgo, gesto y porte que lo hacían tan...Único. ¿Sabría? ¿Lo lograrían los demás? ¿Pasarían los mil años del salmo y el ayer seguiría tan fresco como aún lo apresaba mi retina? Miedo a deformar. Miedo a olvidar: ese era el mayor tormento.


En eso estaba cuando veo recortada sobre la orilla la silueta como de un hombre. Aunque tal vez sólo fuera una solitaria encina. Quieto, parecía venirnos observando desde hacía rato. Cuando nos acercamos algo más a la orilla confirmé que no era un árbol sino un hombre. Misterioso y callado, costaba lograr ver su rostro pues un sol gigante estaba en plena tarea de despegarse del horizonte y llenaba de fogosos naranjas el firmamento. Una erguida silueta se recortaba dentro de ese inmaculado fuego y luz. Y la figura rompió el silencio de la aurora con un sereno “muchachos, ¿tienen algo de comer?” Pedro dio el no. Un no que parecía condensar y reverberar incontables otros no’s. Era la síntesis de toda carencia, de toda ausencia. Entre todas -pensé- la falta de sentido: esa sí, es la parte más pesada... Y la figura dijo: “tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán”. Cuando dijo esto, algo en mi interior comenzó a inquietarse. El acento de ese hombre, la firmeza de la consigna, el verbo encontrar... En la barca todo era estupor y mudez. Santiago echó mano a las redes ya enrolladas en la proa y las arrimó al borde; sin debate alguno, todos comenzamos a ayudarlo y echamos las redes...


Lo que pasó luego es muy difícil de verbalizar. Las redes parecían no lograr soportar el peso de cardúmenes enteros, que parecían acompañar la danza de fuego de la aurora. Mientras todos tironeábamos de los cabos para arrastrar hasta la orilla semejante pesca, Juan, en vez de ayudar, estaba atónito mirando al hombre de la orilla. Y gritó. Tal vez el grito más significativo de la historia del Hombre. Un grito entrañable, como de parto, que pareció deslizarse en eco hasta los confines del orbe: “¡es el Señor!”


El Lucero se estaba escondiendo sobre el Oeste; el sol ya estaba entero, escalando el firmamento; el cosmos entero, en pasmo severo, parecía contener el aliento ante el retumbe estruendoso de un candoroso adolescente que había estampado la afirmación más audaz que un humano pudiera atrever.


Y a Pedro le alcanzó. En un instante se había ceñido la túnica y se había arrojado al agua para llegar a nado antes que la barca. No podré olvidar jamás ese encuentro, entre un hombre desgarbado por el cansancio de tanto llanto, destrozado por la traición, empapado de angustia y desolación, y un Jesús sereno abocado a cocinar unos peces y unos panes cotidianos. Pedro se había aferrado a sus piernas y lloraba a mares como un niño. No animaba levantar los ojos. Y balbuceaba palabras sueltas y sin sentido, con sabor a compunción, dolor y gozo. Jesús se inclinó y con su mano le obligó a levantar la cara; lo miró y lo amó y con apenas un susurro, como una brisa de aurora, lo calló y dijo: nada de eso, Simón, hijo de Juan. No vuelvas sobre eso. Nunca vuelvas sobre eso. Pon los ojos en Mí; no en tu traición. ¿Me amas?


Pedro estaba completamente revuelto y conmocionado. Seguía llorando como niño y parecía que lo iba a lastimar de lo apretado que estaba al Maestro, y su respuesta no era justamente escolar, ni de las que se repiten de memoria en el catecismo; con mezcla de grito y gemido repetía ahogado en su propio llanto: si Tú lo sabes todo, Rabbí, Tú sabes lo que te niego y lo que te quiero.
Y yo volví sobre mi miedo, mi único miedo: que pasaran los milenios y la fascinación por su persona mutara en gélida adhesión a una doctrina; el fogoso encuentro apasionado, en hierática ceremonia conmemorativa; miedo a que la cautivada atención al “¿me amas?” virara en el rancio racconto de la blasfemia humana; y que el entrañable gemido de amor, menguara en insulsa moralina.


Esa mañana, a orillas del Tiberíades, sólo pedí esto al Dios eterno: que el lago sepa cómo retornar al río, y el río a su vertiente; sólo así, el agua de los bajos sabrá tan fresca y cristalina como su fuente y origen. Y mientras miraba cómo el agua de la orilla tras acariciar el pedregullo volvía a la hondura del lago, sonó el triple ring del microondas entregándome un oscuro café humeante. Y apagué el celular, y cerré la PC y despejé un poco el escritorio de boletas de Edemsa y Telefónica, y abrí el Evangelio en Juan 21, y cuando me topé con el Rostro del Nazareno, fresco, intacto, inmediato... supe que en aquella arcana aurora mi plegaria había sido escuchada.

sábado, 3 de abril de 2010

El Rey duerme


El Rey duerme. Hay que despertarlo.
El Señor y Dueño del Mundo,
tras cantar su Cántico Nuevo, Cántico nupcial, duerme en paz,
como un niño, como un Rey
en la proa de la barca de la historia.

Todo se ha cumplido.
Y ninguna tormenta podrá ya prevalecer
contra el Amor más grande consumado.
El mundo ha sido -silenciosamente- hecho de nuevo.
Creado de la Nada, es ahora recreado del Amor.
Él, Adán de esta nueva Creación,
ha entrado en la profundidad del sueño,
para que de su Costado inmenso y abierto
el Padre pudiera hacerle Esposa. Una esposa que lo ame.

¡Despiértate, Tú que duermes! ¡Despierta, Nuevo Adán
y mira la Iglesia que Dios te ha dado por Esposa.
Tú, que de Lázaro dijiste:
“mi amigo duerme, iré a despertarlo”;
y de la semilla:
que debía dormir bajo tierra para despertar en brote;
Tú, mi Arquitecto y Guardián, Tú duermes y sueñas...
y sueñas conmigo, con mi rostro, mi nombre, mi santidad.

¿Quién pronunciará el “Thalitá Kum” sobre este Niño dormido?

Yo, Señor. Diré al mundo:
el Niño no está muerto sino que duerme.
Como Elías sobre el hijo de la viuda, me arrojaré sobre Ti.
Y el mismo Aliento que con fuerza expiraste sobre mí,
soplaré yo sobre tu Muerte y Sueño de Amor.
Te ungiré, Jesús mío, con la mirra de mi compunción,
con el aceite de mi nostalgia de santidad,
con el bálsamo de mi amor tenue pero cierto.
Y te diré: ¡Vive, y eso me basta!
¡Vive, y tu sueño se hará!

viernes, 2 de abril de 2010

Tu Pasión me apasiona



¿Cómo mantener las formas? ¿Cómo guardar la compostura cuando cada año intento salir a la poblada calle del Via Crucis para verte pasar con tu Cruz y poder, entre medio de la muchedumbre, persignarme, lamentar tu dolor, cumplir el piadoso gesto y volver a mis cosas... y no. No hay caso, Señor: te empecinas en detenerte y en clavarme esos ojos de fuego y luz como si no hubiera más que Tú y yo en el universo. Y no logro dominarlo, no logro controlar la situación...

¿Huiré como el venado herido hacia la espesura del bosque o dejaré que la herida de amor confiese y desangre mi verdad? Pero, ¿qué es lo que me enloquece tanto de tu Pasión? ¿Tu entrega de amor? ¿Tu mansedumbre? ¿Tu callada humildad? Seguramente. Pero no; hay algo más. Se trata de tu Rostro, Jesús, se trata de tu Rostro... y ya empieza a escasear el lenguaje... Sí, mi Dios y Salvador, es tu Cara, tu dulcísima y bellísima Faz la que descalibra mi pluma y mi afecto y me embarga hasta la vida que no tengo. Y esa pregunta, ¡esa pregunta!, sin el ínfimo dejo ni de enojo ni de retórica, sino brotada de la más honesta e ingenua perplejidad del que en verdad no entiende: y con los ojos clavados en los míos, con un desarmado y purísimo amor me taladras: “¿por qué me pegas?” No resisto que con tan genuina ignorancia, tus vulnerables ojos enamorados me insistan, año tras año, en esto. Y sin embargo, vivo de esa pregunta hecha llaga que enciende y enamora.

El último cuadro del tormentoso holandés medieval Jerónimo del Bosco, se llama “Cristo con la Cruz”. Es un colage de rostros. Todas son caras de violencia y perversión, agresividad y burla, y entre medio, como cabalgando sobre el horrendo caos, avanza tu Rostro, con los ojos bajos, con la serenidad de un Dios, con la dulzura de un niño, con los rasgos del más bello de los hijos de Adán, ante el cual se esquiva la mirada porque su belleza inicia lo terrible, detona el descontrol sobre los propios rumbos y proyectos.
Tu Ley manda “no robarás”, pero tu Belleza roba, tu Hermosura usurpa lo que toca; donde posas los ojos, incautas...

Tu santa Faz es mi tormento y mi delicia, es mi intemperie y mi refugio, es mi insomnio y mi consuelo, es mi desconcierto y mi brújula, es mi tarea y mi esperanza. Tu Rostro es mi Patria, es mi parte y mi Todo. Entre el robo del paraíso del Buen Ladrón y el sigiloso hurto de la Verónica, aunque arriesgue, confieso seguro mi opción: elijo tu Rostro, Señor, aunque tuviera que vender el mío y hasta el Cielo prometido.

Es que, tal vez, —como a ciegas sospechó Borges— cuando retumben las trompetas y la tierra publique sus entrañas, castigo y premio no sean sofisticadas invenciones divinas, sino tan sólo, sin andamiaje alguno, el gozoso disfrute o la abstinencia lacerante de un Rostro inmediato, intacto, fiel, inalterable: el Tuyo.

Aunque Roma lo pensó al revés, no salimos perdiendo los del Sur: ¡qué bien te sienta el otoño, Pasión de mi Señor! Que las hojas caigan, y caigan de muy lejos y que los encendidos ocres de las viñas y frutales y el llamear del oro de los álamos le canten al que pende como fruto maduro del madero; al que vino a echar Fuego en nuestro barro y ya llamea como Zarza ardiente desde la cumbre del mundo. Tu Fuego me enciende, tus llamas me acaloran, su danza me provoca, su juego me enamora. Oh Rey y Señor, mi Sol nocturno, Corcel que cabalgas y te recortas victorioso sobre el horizonte de mis entrañas con las banderas usurpadas al Enemigo: trasplántame al Jardín de tus delicias y echa Tú raíces en el huerto cerrado de mis entrañas.

Cómo no amarte cuando te veo arrastrar, avanzar y subir desde las honduras de mis añejos y retorcidos olivares y andar por los sinuosos empedrados de mis oscuras y húmedas entrañas hacia lo más alto y fresco de mi mismo, desde donde gritas como un marginal enamorado, rasgando ese insoportable velo que nos separa. Tu estridente grito de amor -en que expiras sobre mí como un Dios que sopla el barro- retumba desde esa cumbre interior que es sepultura del rancio Adán -los esparcidos huesos secos de mi Gólgota-, y reverbera por las profundas cavernas de mis grietas y abismos, abriendo insospechados espacios nuevos. Oh Viernes primordial en que soy recreado en tu grito de agonía, grito de parto, grito de amor que me da vida. Mi ser entero tiembla, el sol fugaz se eclipsa y esa negra espuma del pecado que ya llega al cuello retrocede... y cesan las lluvias y la gota sobre el alambrado parece a punto de estallar en luz, y sale el arco iris y emerge tu suave Voz, Señor, tu omnipotente suave Voz, diciendo: “ya está; Yo he vencido el mal que hay en ti: ¡Vive!” Y yo digo, como puedo: tuyo soy, Señor; tuyo soy.


Con qué secreta ansia aguardo el lucero que abra ese gran, ese único -el genuino- Shabbat y que el aire fresco del Tupungato apure el exquisito e inexorable milagro de hacer de mi cerro marginal el ombligo del mundo. Y ver que las nieves eternas se sonrojan, una vez más, ante la desnudez y muerte de su Creador. Ver que la multitud va partiendo, volviendo a sus cosas... Y que el de Arimatea te baje, Señor. Y que tu Madre desahogue al fin sus lágrimas mejilla con tu mejilla. Y que ya no haya nadie, o casi nadie. Y que caiga la noche. Y que te llevemos a un lugar tranquilo donde velarte, donde llenarte de besos y de flores al resguardo de los mirones de siempre.

Amo tu muerte, Señor. Amo llorarla como lo mejor de mí mismo. Eres tan bello así, dormido sobre la piedra, como en la proa de la barca de la Historia... Amo la noche del Viernes Santo, la Noche primordial, amable más que la alborada.

Sí, Maestro, yo sé que el cristianismo vive de la Pascua, de tu Vida nueva. Pero también sé -o tal vez no sea ese el verbo- que todas mis fuentes de vida están en el color de tu Sangre derramada, en los ríos púrpuras que brotan de tu Muerte. Bello siempre, pero más bello entre los azotes, arriesga el comparativo san Agustín; yo te hago público el mío: más bello aún, dormido, cuando todo se ha cumplido.


El Rey duerme; el cosmos entero contiene el aliento; el necio sigue su juego; el pío sigue el itinerario consignado: “mañana, 21 horas, Vigilia Pascual”. Yo detendría el tiempo y consumiría mi fugacidad aquí, ante tu Cuerpo yacente, ante el Amor más grande consumado. Ya ni lo intento: sé que si animara un “Señor: mira las calles del orbe; los hombres siguen errantes, distraídos, ¿corro a avisarles?” Sé la respuesta, Tu eterna respuesta: “ya despuntó el Lucero, ya abrió el Shabbat, ya se inauguró el tiempo del amor más grande, del silencio que mueve montañas, del frasco de alabastro hecho añicos. Deja que los muertos entierren a sus muertos: tú, vela la muerte del Dios vivo y quédate conmigo hasta que despunte el tercer Día.”