miércoles, 3 de febrero de 2016

Una enseñanza de los Hermanos Mayores





En estos días muchos se vuelven locos intentando interpretar a través de viejos y nuevos documentos lo que está clarísimo (en el marco del profundo misterio que representa con sus consecuentes interrogantes que no podemos ni debemos intentar develar) en San Pablo (más allá del Evangelio mismo) y en los padres (especialmente Santoto y San Agustín). Quizás lo que ocurre es que la respuesta que encuentren no les guste (a unos porque les parecerá demasiado “judaizante” o otros porque les resultará intransigente en su ortodoxia). Esto pasa desde siempre. Y lo otro que también ocurre es que se pretende racionalizar algunos misterios ante los cuales hasta San Pablo hizo silencio… pero hoy, como siempre, hay gente que entiende de estas cosas más que San Pablo. Hay una cierta necesidad de pelearse con los hermanos mayores.

Mientras tanto vuelvo del silencio porque la “parashá” de esta semana que pasó trae algunas cuestiones interesantes para quienes intentan ver en la tradición judía el otro lado del bordado y entender, desde allí, la inmensidad de algunos misterios.

El texto de la Parashá es la entrega de la Torá y los diez mandamientos por Dios a Moisés. Hay en la Midrash dos referencias que me resultan de gran interés.

La primera es que la Midrash enseña que Dios sólo en dos momentos se deja ver y se comunica abiertamente con el pueblo. Una fue al momento de entregar la Torá y los Diez mandamientos y la segunda es con la venida del Mesías.

Surge aquí, una vez más, la superposición que hay entre lo que en la Tradición Católica es “el Verbo” (segunda persona de la Santísima Trinidad) y la Torá. Claramente no son lo mismo pero el Verbo funde en su persona la Torá. Ya lo charlamos a partir del Génesis y el Evangelio de San Juan con el “Dios crea al mundo mirando la Torá” en cuanto “mapa” de todo lo que existe. Aquí el Verbo, hecho carne y Mesías, es la tabla de Salvación para el judío. El judío se salva por la Torá, ahora el judío se salva por el Mesías (el Verbo).

Dios se “abre”, se “presenta”, se “muestra” en la Midrash en dos momentos. En la primera Alianza mediante la Torá y en la Segunda Alianza en el Jordán. Dios abre los cielos al entregar la Torá y pide su cumplimiento. Dios abre los cielos en el Jordán y en el Tabor, presenta a su hijo y ordena que lo escuchen.

Cristo aparece como un calce perfecto con la Torá, es la piedra angular. En la forma es exactamente igual aunque en profundidad la vuelve infinita. Cristo no viene a cambiar la Ley, viene a tornarla plena. Cristo es el Señor del Shabat y de los 613 Mitzvot. Cristo muestra en cada gesto lo que enseñaba este texto de la Midrash.

La segunda es que la Midrash dice que los dos primeros mandamientos fueron entregados a todo el pueblo judío. La Alianza se estableció con todos y cada uno de los integrantes del pueblo judío pidiendo su aceptación individual pero la presencia divina era tan grande que en mismo momento se separaron todos sus cuerpos de sus espíritus. No pudieron soportar, como frágil recipiente, el contenido de la Torá vertido directamente por Dios. Luego Dios envío de nuevo las almas a los cuerpos pero el pueblo ya no quiso recibir directamente la Torá sino que pidió la intermediación de Moisés. Así es que la Torá es recibida por Moisés como intermediador (Pontífice) entre Dios y el Pueblo.

Para la Segunda Alianza Dios pone un Pontífice, El Sumo Pontífice, el Verdadero Pontífice que posee en si mismo los dos extremos del puente, es Dios como Dios, es Hombre como el hombre. Sólo mediante un Hombre/Mesías/Cristo/Dios es posible entregar al hombre la plenitud de la Ley.


Y sólo en la permanencia de ese Hombre/Dios en su Iglesia y en la Eucaristía es posible encontrar la salvación. Sólo en la Iglesia de Cristo está la Salvación. Así lo enseña la Midrash.


Natalio




miércoles, 29 de octubre de 2014

El árbol de la ciencia del Bien y del Mal


En estos tiempos de grandes discusiones morales donde variadas reglas parecen ser puestas a consideración de diversos expertos conviene volver al origen, al Génesis, al Bereshit. Y allí, hablando de problemas morales, puede encontrarse el origen, génesis o bereshit de todos los problemas morales en el relato del pecado original.

Sobre el pecado original pueden encontrarse, tanto en el marco de la teología católica como en el de las religiones comparadas así como las diferentes vertientes filosóficas, infinidad de opiniones, discusiones, herejías, interpretaciones, variaciones, etc. Sin ninguna erudición en el tema (tan sólo con un raquítico catecismo ya oxidado) voy a compartir algunas reflexiones al respecto. De todas las versiones y derivaciones voy a tomar tres núcleos de ideas.

-          El pecado original es un hecho histórico y personal (en cuanto pecado) de los primeros padres y cuyo castigo cae en forma de mancha o pecado original propio en todos los descendientes que requieren de la Redención de Cristo (y su participación en los méritos que es la Gracia Santificante) para borrarla.
-          El pecado original es un relato mítico que explica la presencia del “pecado” en el género humano (Adán no es el nombre del primer padre sino que es el “género humano”). El pecado es, en definitiva, originario de cada hombre o de una multitud de hombres originarios. (herejía poligenista)
-          El pecado original es un pecado social que habiendo sido cometido por los primeros padres mantiene sus “consecuencias” sobre sus descendientes.

De los tres núcleos de ideas es claro que –desde la teología católica- el primero es verdadero y los otros dos son –con distintas graduaciones según su exposición- herejías condenadas por la Iglesia. El segundo es propio de las teorías poligenistas y desvirtúa el sentido y alcance de la idea del pecado original al tiempo que expresamente contradice la idea de que por un hombre entró el pecado y por un Hombre la Salvación. El tercero no es en sí herético (o al menos así enunciado) pero implica una idea (sí herética y ajena a la teología católica) de la posibilidad de existencia de un pecado “social” que se extiende a más de una persona o del pecado individual que extiende su culpa a otras generaciones. Esta idea (no respecto del pecado original pues es considerado simplemente un pecado individual de los primeros padres) es una idea muy propia del judaísmo.

No obstante ello esos tres grupos (y no tantos otros de ideas que sobre el pecado original se han escrito) son los que demarcan el tema en mi interior. Por supuesto que siempre dentro de la ortodoxia -y enmarcados sin negar en nada el primer grupo-, creo que hay ciertos “aspectos verdaderos” (por no decir semen veritatis) en los grupos “descartados”. El pecado original, aunque histórico e imputable a los primeros padres, es germen y explicación de todo pecado en cada individuo. A la vez, los descendientes no sólo lo cometemos individualmente sino que lo hacemos (y lo sufrimos) también de un modo social e “institucional”. Por eso es de gran importancia pensarlo y repensarlo, leerlo y releerlo.

Dios prohíbe la ingesta del Fruto del árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. Dios le “regala”, pone a disposición y bajo el designio del hombre toda la creación. Sólo le prohíbe decir qué está bien y qué está mal. Dios sólo se reserva la potestad “moral” (y en realidad, para no meternos en una discusión escolástica que duró siglos, mantenemos la cuestión de la potestad en Dios sea en forma arbitraria o según las leyes naturales de su misma creación) de definir el Bien y el Mal. El hombre puede hacer lo que quiera en toda la creación menos “hacer las reglas”. “Hacer las reglas” (o cambiarlas) es atributo divino.

Y el hombre, como la primer rebelión de los ángeles, no aguanta el “no se puede”. En realidad el querer ser como Dios es algo casi indirecto, quiere hacer lo que Dios hace. Y si Dios hace las reglas hay que buscar el modo de poder hacer las reglas (o modificarlas). Es así como al hombre no le importa tanto gozar de la “libertad” de poder hacer lo que quiera, necesita decir que eso está bien. Eso lo hace a nivel individual, social e institucional. Siempre surge la necesidad de adecuar la “regla” a lo que se hace. El hombre insiste con hacer las reglas para poder hacer lo que se le ocurra al tiempo que cumple con la ley. El ojo siempre estará puesto en lo que le falta, en lo que no puede.

La naturalidad de esta búsqueda se me apareció patente hace unos años. Mi hija mayor tenía 4 años recién cumplidos y yo trabajaba en la empresa de mi suegro. Cuando salía ella le pregunta a la madre por qué no podía faltar a lo cual la madre le responde que si no asistía al trabajo mi jefe (el gerente general) me retaría. Al verla tan decepcionada la madre le dijo, “pero el jefe de papá a su vez tiene un jefe, y ese jefe es tu abuelo”. La respuesta de mi hija condensa toda la historia de esta problemática: “pero si el jefe es el abuelo entonces nosotros podemos hacer las reglas”!!!

La Serpiente no nos tienta a hacer el mal, nos tienta con la pregunta ¿por qué está mal? ¿por qué alguien puede decir que eso está mal?

En la tradición judía la Midrash explica que el origen del pecado de Eva está en modificar el precepto. Dios le dice a Adán que no “coman” el fruto, mientras que cuando Eva le contesta a la serpiente que Dios le prohibió “comer y tocar” el fruto. La modificación del mandato divino es lo que dio lugar al pecado. Otra conclusión simpática de la tradición rabínica es que la desobediencia (y la modificación del mandato) se origina en que la prohibición había sido dada a Adán y le llegó distorsionada a Eva. Se agregan muchas palabras, ideas y conjeturas en lugar de analizar qué dijo Dios al respecto…

Esta es la mayor de la batallas de aquél combate singular del que conversamos (y discutimos) hace tiempo.

En fin, no sé por qué se me ocurren estos temas…

Natalio


sábado, 18 de octubre de 2014

Enarrando el salmo 102 (cont. 1)


Bendice alma mía al Señor. Y no olvides todos sus beneficios.

Conectando nuevamente los extremos. 

Beneficio (de facere hacer como artificio, edificio). Lo bien hecho. Es común la unión de la bendición por lo que se hace.  Aunque en la anterior entrada el foco se puso bastante en la palabra, poniendo ya más foco en la tradición judía, hay una íntima relación entre el hacer y la palabra. Correlativamente la misma relación surge profunda en bene-ficio y bene-dicto.
La "parashá" dedicada a Noé (o Noaj) comienza con su historia y termina con la de su descendencia. La plabra "Teivá" (en hebreo y según dicen los judíos porque yo de hebreo no entiendo nada) puede traducirse tanto como "arca" como por "palabra" y en algún modo "arca" y "Palabra" se funden, como la Cruz y el Logos, como vía de Salvación y Nueva Alianza (la primer Alianza se forja, en rigor, con Noé después de la caída de los primeros padres). Y la "parashá" culmina, con los descendientes desobedientes de la alianza que reciben como castigo la pérdida de la Palabra común en la Torre de Babel. La Palabra es al mismo tiempo refugio, castigo, salvación y redención.
En el corazón de las dos oraciones unen el alma y el olvido. 
La idea de "alma" es central para todo oriente e incluso para occidente. "Alma" es el principio vital, lo que mueve, el eje de la vida tanto corporal como espiritual. Occidente “racionalizó” el alma al centrarla en las potencias humanas de “inteligencia y voluntad” separándola en su "análisis" del cuerpo (no es necesario hacer una reseña desde la filosofía griega hasta las vertientes más variadas del cristianismo donde se luce la confrontación entre el cuerpo y el alma). Para el judío el alma es siempre principio o soplo vital, del espíritu y del cuerpo, de todo. Es una sola cosa. Por eso se la asocia al corazón y la sangre. La vida corre por la sangre y se centra en el corazón (esto tiene también origen en la Alianza de Dios con Noé donde la prohibición de comer carne con sangre es porque la vida corre por la sangre). Por eso los judíos no comen carne con sangre, y por eso el horror ante la frase de Cristo “quien no come mi carne y bebe mi sangre”. El alma remite, de nuevo a ese punto de unión entre todo el cuerpo y el espíritu. Y eso vuelve a la íntima relación entre el hacer, lo que existe y el logos pensado y dicho.

Y de aquí surge también, en esa intimísima relación, la importancia del recuerdo y del olvido. Lo que se hace presente y lo que se borra de nuestra mente se borra también de nuestro ser. Del corazón de la palabra olvido (ahora en latín) aparece la idea de algo que se pierde porque no tiene de dónde agarrarse. Ob litus aparece justamente como aquello que se va perdiendo de la presencia. En la misma línea la idea de “litus” como playa es en sí misma una gran idea del olvido, lo dejado en la playa es lo arrasado o destruido (oblittero) por el mar, lo olvidado (ob-litus).

El olvido es una idea recurrente en todo el mundo judío. El olvido es algo que asecha al judío religioso y contra lo cual no se debe cansar de pelear. Como el olvido perenne de Alfonsina o el olvido que tiene memoria de Benedeti, el olvido olvida que olvida. En tierra extranjera el judío no puede olvidar Jerusalén (“si me olvido de ti que se me paralice la mano derecha”), el judío en el desierto no debía olvidar que lo habían sacado de la opresión, el judío en problemas no debe olvidar las proezas del Señor. El olvido quiebra el sustento entero de la Alianza del Sinaí donde Dios mismo cobijó bajo sus alas a todo un pueblo en el Éxodo. El olvido le hace perder la esencia a la religiosidad judía.
Esta lucha por la presencia tiene muchísimas manifestaciones "litúrgicas" en el cumplimiento de los mitzvá por parte del judío. Hay dos que particularmente me resultan de gran simpatía y provecho espiritual.

Una es la de las fiestas de Sucot o fiesta de las tiendas. El mitzvá consiste en construir una tienda en algún espacio exterior y cuyo techo sólo puede ser hecho con determinadas plantas o ramas de árboles. La idea es ponerse en un estado de indefensión para "no olvidar" lo que se pasó en el desierto y la ayuda del Señor. Es una lucha contra el olvido de la necesidad.

La otra es la de Tefilín. El judío al rezar se ata pequeños trozos de la "Torá" en la cabeza y en el brazo a la altura del corazón. La idea es que "no se olvide", no se borre, no se pierda la Palabra del Señor ni de la mente ni del corazón.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Enarrando el Salmo 102





Bendice alma mía al Señor
Y todas mis entrañas su Santo Nombre

Hay en el comienzo del Salmo una armonía interna entre ambas oraciones. Como dos emistiquios se corresponden uno con el otro en espejo. Hay una interna hilación y entre “Bendice” y “su Santo Nombre” en los extremos y entre “alma mía” y “entrañas”.

En el primer bloque la idea de ben-decir su Nombre lleva a un sinfín de temas donde se condensan grandes Universos. Desde el Nombre de Dios a la Liturgia, desde las “dos mesas” de la Misa a la concepción gnóstica y cabalística de la religión. En el segundo bloque la relación entre alma mía y las “entrañas” o “todo mi ser” refieren a la oración íntegra a través del cuerpo y el alma al modo de la filocalia, de la regla benedictina, etc.

La “Palabra” en general y el “Nombre” en particular tienen un sentido profundo e intrincado para Oriente en general y para el judaísmo en particular. La “Palabra” recrea o hace presente la cosa. La idea de ben-decir o mal-decir implica una realidad capaz de ser transformada por la palabra. La configuración de la “esencia” de una cosa se encuentra de algún modo enclaustrada en la palabra. La palabra al ser pronunciada opera como una llave que abre el cofre y pone a disposición la esencia misma de una cosa.

Este sentido es, sin necesidad de buscar grandes referencias lejanas, el de “Logos” o “Palabra” Divina que configura la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. En el caso, la perfección de la Esencia Divina la convierte en una Persona distinta en el gran Misterio Trinitario pero muestra en grande lo que minúsculamente se da en la realidad de todas las cosas. Esa realidad que en su versión filosófica asoma en el Crátilo de Platón da lugar al tándem “palabras, ideas y cosas” en la metafísica aristotélico tomista. Aunque con grados de “realidad” y “existencia” distintas en las versiones todas rumbean por allí.

El Nombre “es” esa Palabra que identifica a la cosa. El Nombre agrega a esta idea de Palabra la referencia a alguien que “nombra” a alguien que “nomina”. Esa facultad de poner el nombre implica una superioridad, un señorío sobre la cosa que se nomina. Así Dios pone a todos los animales al servicio del hombre al facultarlo al ponerle nombres en el Génesis. El nombre hace presente a la cosa o la persona. El Nombre “fuerza” en algún modo la presencia, es, en sí mismo, un llamado, una “in-vocación”. De algún modo quien “nombra” tiene algún “título” que le permite “con-vocar” al nombrado.

Este sentido es el que asoma en cualquier forma de religiosidad. Desde el hábito cristiano de “ponerse en presencia de Dios” “en el Nombre de…” hasta la tradición judía de no mencionar ni escribir el nombre de D-os pasando ni más ni menos que por toda la teología del segundo mandamiento. Este es un delgado sendero que divide los reinos gnósticos, mágicos y cabalistas que entienden que de algún modo la Divinidad toda es “esclava” del nombre (y consecuentemente esclava del hombre que la nomina o la invoca) por un lado y los reinos de la religiosidad humilde y verdadera que llama o invoca como el niño llama a su madre. El ya delgado sendero se torna cada vez más difícil de percibir en la medida en que nos adentramos en la espesura de la liturgia. Allí la Palabra cobra una relevancia exorbitante. Al canto del Sanctus todas las fuerzas celestes se orientan y se postran ante un altar ignoto donde un simple ser humano pronuncia unas simples palabras “Esto Es Mi Cuerpo” y Cristo mismo se hace presente en un trozo de pan. Misterio profundo. Misterio de FE. Y de un lado sigue el mal y del otro sigue Dios. Y de un lado sigue estando el hombre queriendo ser más que Dios y del otro sigue el hombre adorando a su Dios.

Y en paralelo aparece la idea de la presencia divina en la palabra, específicamente en la Biblia (en la Torá, como Logos Divino para el judaísmo o en otros libros revelados en otras religiones). Y esa misma idea fue la que prevaleció en la reforma litúrgica tomando la vieja idea de las dos mesas o los dos altares donde la primera parte de la Misa se celebra (con la presencia divina) en el altar de la Palabra y la segunda se celebra (con la presencia divina) en el altar de la eucaristía (aunque en sana, correcta y a veces olvidada teología católica con presencias metafísica y realmente distintas). Y para seguir podríamos distinguir si la palabra es la letra o el contenido (con San Pablo “la letra mata y el espíritu vivifica”)….

Pero se hizo largo y hay que ir al segundo bloque.

El segundo bloque tiene que ver con otro gran costado de la religiosidad que es la oración integral del hombre. El hombre no ora sólo con el alma, el hombre no ora (menos todavía) con la mente, el hombre no ora con el corazón. El hombre ora, reza, alaba, adora, agradece, pide perdón… con “todo el cuerpo”. Las entrañas, el alma y todo el cuerpo. La idea de entrañas remite a lo más profundo del cuerpo humano, quizás el punto en el que se imaginaba el alma.

Esta idea es la que sobrevuela de modo bello en toda la “filocalia” u oración de Jesús donde el cuerpo asimila la oración casi como una función biológica más. Es también la idea de la vida monástica “laboral” y de la regla benedictina en particular. Orar mediante el trabajo, mediante la actividad física, en todo.

También es una idea importantísima en la liturgia. En cada oración el cuerpo acompaña de un modo diferente. La liturgia oriental y la liturgia romana según el rito de San Pío V mantenían una constante tensión corporal en los fieles y, de modo mucho más manifiesto, en el celebrante. Las genuflexiones, las inclinaciones, las postraciones, el mantenerse de pie, etc. mantienen y orientan al espíritu en el flujo de cada oración. Pequeños gestos corporales hacen adorar al cuerpo y recuerdan al alma la profundidad de lo que ocurre. Como el burro que se postró ante Santísimo portado por San Antonio nuestro cuerpo participa, se plenifica y se fortalece en la participación de la oración. La liturgia fue simplificada para favorecer la participación activa de los fieles, no obstante no conviene perder de vista la importancia de cada una de las posturas litúrgicas que se ordenan. Aún en la simplicidad de la liturgia romana “ordinaria” el cuerpo participa activamente en la oración.

El hombre occidental se ha “racionalizado” en la lectura de la realidad mientras que se ha “animalizado” en sus necesidades cotidianas. La oración corporal es quizás un gran antídoto con el cual recuperar la unidad substancial en la oración y en la vida. La palabra plena nos comunicará de otra forma con la realidad. La conciencia de la profundidad y seriedad que incluye cada palabra (y en especial cada Nombre y en especial el Nombre de Dios) nos harán re-pensar y re-flexionar cada expresión, cada mención, cada palabra.

Natalio

jueves, 10 de julio de 2014

El Estado de Israel y la diáspora judía



Hace un tiempo tuve la suerte de charlar con Santiago kovaldoff. Se trata de un autor con perfiles bastante variados pero de quien me ha impresionado muchísimo su libro “Lo irremediable”. En la charla surgieron temas varios de interés de este blog pero particularmente me recomendó la lectura de su último libro sobre el judaísmo “post diaspórico”. El planteo es: existiendo un estado de Israel ¿qué sentido tiene - para un judío- la diáspora en países diversos? Y ello conlleva, obviamente, a miles de planteos políticos, filosóficos, religiosos, etc. El libro plantea una respuesta al interrogante desarrollando una suerte de identidad del judaísmo post-diaspórico.

Dado que la temática ronda muchos de los planteos charlados en este blog se me ocurrió compartirles (en parte) el comentario que le envié a Kovaldoff sobre el libro. Es una pretensión un tanto descabellada por parte de un católico argentino ignorante de las cuestiones del judaísmo el tener algún comentario que merezca ser compartido con el autor… Pero es lo que hay, puro atrevimiento y desfachatez, como en todos los profundísimos temas charlados aquí.

Una aclaración previa: El Estado de Israel como cuestión histórica / filosófica / teológica / intelectual / política / cultural / etc. es demasiado amplia como para pretender siquiera plantearlo en un mero comentario. Lo que se reseña es una suerte de respuesta –desde el mismo judaísmo (aunque escrita por un católico)- a la pretensión de conformar un estado laico de Israel prescindente de la tradición judía. En cualquier caso, ya hemos hablado también del Estado Moderno y sus confesionalismos

Desde una formalidad sociológica o antropológica el nacimiento, eje o médula del judaísmo es la "eticidad social" de su funcionamiento. La constitución como pueblo y el reconocimiento de una "esencia propia o distinta" del judaísmo como tal -aunque no lo sea quizás desde un punto de vista histórico y/o teológico- está en el Sinaí. Allí se produce la doble Alianza, con Dios por un lado y -casi como un pacto social originario- la alianza o pacto social entre los diversos integrantes de la comunidad.  Esa Alianza, a su vez, se asienta en una promesa (divina o humana según la perspectiva) de una tierra prometida. Eso genera la configuración del otro elemento determinante del judaísmo que es la tensión espiritual (la cual, desde el punto de vista teológico se configura con la espera del Mesías).

Quitando a Dios de lado por un momento (aunque creo que es una renuncia que el judaísmo no tiene forma ontológica de efectuar sin perder su esencia), toda la trama de la Torá es eminentemente ético-social. La "identidad" del pueblo se encuentra en ese establecimiento de reglas de supervivencia individual y social en el desierto. La maestría talmúdica ha sido la construcción de grandes catedrales espirituales a partir de ello (de nuevo, todo ello en una mirada -inválida a mi juicio- a-religiosa).

Este corazón ético-social es la causa formal (en el sentido aristotélico como aquello que hace que algo sea eso y no otra cosa) del judaísmo no religioso (y también del religioso pero con otro contenido). Eso es lo que mantuvo en la diáspora un Israel meta histórico y meta geográfico, eso es lo que los hizo ser al mismo tiempo admirados y odiados en cada pueblo en el que vivieron. Esa es la esencia de la tradición judía y el pulmón donde bebe y justifica esa particularidad y excepcionalidad distintiva.

Ello, a nivel sociológico, ha sido quizás el mayor obstáculo de sociabilización e inculturación de los judíos en los diferentes pueblos o naciones donde se establecieron. La constante dicotomía entre el actuar para afuera y el actuar para adentro genera una nueva tensión espiritual a la que ni el judío ni el país diaspórico que fuera terminan nunca de habituarse.

Desde todos estos puntos de vista Israel, como estado, viene a ser la tierra prometida donde se juntan el mundo exterior y el mundo interior. Es la Tierra prometida que quita el estado de tensión espiritual y tensión social en la que vivió el judío en la diáspora. Es la renovación, justificación y superación del pacto social establecido en el Sinaí. Es la concreción de la promesa efectuada allí al constituirlos como una identidad separada y distinta.

Todo ello nos conduce a que el Israel debería ser -aún desde una mirada areligiosa- un templo viviente de la Torá donde ambos mundos, ambas miradas (interior y exterior) se junten. Y esa relación de pertenencia a la Torá y referencia constante a Israel -como lo era el templo de Jerusalén incluso para aquellos que no vivían allí- debiera ser la identidad del judío (post) diaspórico. En esa relación, en esa tensión, tiene sentido Israel y el judaísmo como identidad.

Si a ello le ponemos un contenido teológico la mirada es, por supuesto, mucho más rica en tanto es el mismo Dios quien entrega la Torá y promete la tierra. El "Dios crea al mundo mirando a la Torá" de la tradición rabínica la ubica como Razón Divina (el Logos Divino que es Cristo para la teología católica). La relación del judío con la Ley es constitutiva y no ya meramente social. Es su forma de participación en la divinidad, es la divinización del hombre (es el lugar que en el cristiano ocupa la Gracia como justificación salvífica de los méritos de la Redención de Cristo). El encontrar un lugar donde dedicarse individual y comunitariamente al cumplimiento de la Torá es una necesidad espiritual, la piedra angular de la religión (y por esto Cristo muestra su condición Divina ocupando el lugar –por arriba- de la Ley).

Y mucho más porque será el modo de construir Shalom y entrar en la era del Mesías. Se cumplirá el Salmo (en el entender judío pues para el cristiano eso se cumplió en la figura de Cristo como Mesías al igual que la configuración del Shalom como don divino: “os dejo mi Paz os doy mi Paz”) donde la misericorida y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan. El mundo interno (misericordia, fidelidad) se encuentran con su vestimenta externa y social (justicia y paz) anunciando las instauración de la era mesiánica.

En cambio, la instauración de un Estado de Israel al estilo del sionismo (como estado secular, laico, meramente político) parece ser un sinsentido, le falta identidad, le falta contenido. Lo mismo al judaísmo diaspórico. Y ello, de nuevo, más allá del contenido netamente religioso. Aún desde el punto de vista social la causa formal del judaísmo se encuentra en la Torá como pacto constitutivo del pueblo entero.

Lo judío sin su relación con la Torá poco tiene que decirle al mundo. El arquero del seleccionado de grecia es sin dudas mucho más griego que yo pero es posible que yo conozca la tradición filosófica griega más que él. Su pertenencia a Grecia es una pertenencia (histórico-política) pero la tradición griega es tan suya como mía. Nada hay en él que lo distinga (y más allá de lo importante y profundo que es el concepto de patria) de mí respecto de la tradición griega como cosmovisión. Sin lugar a dudas el conoce más que yo las costumbres, las comidas, los signos patrios, etc. de Grecia pero ¿es eso la tradición griega?

Freud no es -a mi juicio- judío aunque pueda considerárselo como tal en un sentido. Y es que su acervo filosófico no se constituye sobre el judaísmo (es más, intenta quitarle su especificidad) sino sobre un universo de conocimientos y mitos que eluden por todos lados el judaísmo. Buber, en cambio, es judío hasta cuando habla del cristianismo, de filosofía o incluso si hoy nos comentara partidos del mundial.

El judaísmo diaspórico (o post diaspórico) sin su relación con la Torá puede tener una identidad "patria", por llamarle de algún modo. Pero con ese criterio la comunidad judía no tendrá mucho que ofrecerle al mundo como, sin ningún desprecio, puede ocurrir con la comunidad armenia en nuestro país. Quiero decir (y para que no se malentienda) pueden trasmitirse costumbres, festividades, historias y cualquier otra cosa que una "patria" puede transmitir. No puede transmitir lo grande que tiene que es una cosmovisión. Y ello porque no puede haber cosmovisión judía sin la Torá.

Incluso nótese que todo esto lo escribo como cristiano. Para mí el judaísmo es mucho más que un pueblo, una religión o una cultura. Es una verdadera escuela de vida y oración.

Justamente en su relación con la Torá y su cumplimiento el judaísmo es el verdadero hermano mayor (en expresión de Juan Pablo II). El cristiano, como hermano menor y gastando a cuenta de la Gracia y el valor salvífico de la redención, perdió connaturalidad, amor y fidelidad con la Ley (como "norma" de vida justamente). Y ese efecto no deseado fue advertido incluso por el mismo Cristo que expresamente "validó" la cátedra de Moisés ("hagan lo que ellos dicen") en los maestros de la ley y advirtió que no pretendía modificarle una coma. Cristo no vino a derogar la ley sino a darle el contenido (vida exterior / vida interior).

Lo mismo en su vida y festividades. La fiesta de las tiendas como un ponerse en estado de necesidad para "sentir" la necesidad de Dios, como una "necesidad de sed", como una "necesidad de precariedad" es una escuela de oración perpetua. Lo mismo todas las costumbres y tradiciones pascuales del matza. Y así podría seguir incluso con algunas tradiciones más arcaicas como la de la purificación de la mujer. Esta tradición (construir la espiritualidad sobre el reverso del judaísmo) estaba muy presente en la tradición católica temprana como San Agustín de Hipona o incluso hasta el mismo Santo Tomás de Aquino pero se perdió en siglos posteriores entre batallas interreligiosas y antisemitismos. Es una falencia enorme en la tradición cristiana.



Natalio

viernes, 31 de enero de 2014

Los hermanos mayores



Llegué aquí por una mención de una persona a algo de lo escrito. Entré como quien visita una casa en la que ha vivido mucho tiempo y en la que se acumulan pilas de nostalgias. Escribo este post como quien se sienta en el viejo sillón del estar a fumar un cigarro y a saborear recuerdos. Nada más. Y nada menos.

Hace unos años el ya lejanísimo Juan Pablo II llamó a los judíos nuestros “hermanos mayores en la Fe”, despertando mucho revuelo en almas diversas. Dejando sentado lo obvio -y es que la Fe de Abraham es la Fe en Cristo- creo que poco se ha advertido, en un discurso tan cuidado, que lo dijo con un prudente “y en cierto modo se podría decir”. En cualquier caso es bastante más prudente que San Pablo que dice que ellos son la rama y nosotros el injerto.

La cuestión es que tampoco se ha reparado mucho en que así como los judíos más ecuménicos recibieron la frase como un elogio los más ortodoxos la recibieron como un dardo envenenado. Y es que no hay que ser un gran especialista para saber que en la Fe de Abraham el hermano mayor tiene las de perder… La lectura natural y obvia es que Jacob (Israel) es el hermano menor de Esaú quien representa para el judaísmo (que se identifica con Israel) su máximo enemigo (y les duele, en definitiva, porque es la imagen más potente de la Biblia que muestra la relación judío-católico). Pero también son mayores Ismael y los 10 que entregan a José… Ser el Hermano Mayor en la Fe de Abraham es ser el “dejado de lado” por lo menos. Y este telón de fondo incluso nos acerca a “otra” lectura de la parábola del Hijo Pródigo donde no en vano Cristo elige como protagonista al menor. Pero eso es para otro día, el punto aquí es el hermano mayor.

Y es que de la figura del hermano mayor se extraen una serie de connotaciones que explican la importancia del judaísmo (como judaísmo, es decir, no convertido y esperando todavía al Mesías) para el católico y que quizás tengan algo que ver con el secreto y misterioso designio divino de mantenerlos en ese mismo estado hasta el fin de los tiempos. Por un lado nos ayuda a entenderlo un poquito y por otro nos sirve pedagógicamente en nuestra vida de Fe. Hoy en este post voy a tratarlo con una mirada netamente humana, casi sociológica a partir de algo que podríamos llamar el complejo del hermano mayor y el complejo del hermano menor. Y a esta altura del partido conviene aclarar que soy el sexto de siete hermanos.

El hermano mayor es siempre distinto al hermano menor. Esto puede observarse incluso en familias de sólo dos hijos pero luce en su esplendor en las familias numerosas. La explicación más rápida suele ser que los padres aprenden a ser padres con el hermano mayor o que los padres “experimentan” con el hermano mayor mientras que los menores ya los agarran “blandos”. Eso puede ser así pero hay mucho más.

El hijo mayor tiene un rol fundacional en la familia, participa –principalmente de un modo pasivo pero de gran importancia- de su creación. Sobre él los padres “descargan” la configuración familiar, las columnas que sostendrán a los demás, las normas que regirán la vida social. El primer hijo es el que recibe todo lo que los padres consideran que debe tener “su” hijo, es el que continuará la nueva rama de la familia con aquellas tradiciones ancestrales y estas innovaciones originales. Es difícil explicitar el contenido completo de esta idea en la que las espaldas del hijo mayor se constituyen en el lugar de apoyo de toda la construcción institucional de la familia pero ello emerge claramente si se piensa que recién con la aparición de un hijo el “contrato bilateral matrimonial” se constituye en una institución social (donde social se refiere a la vida interna pues es obvio que aún el matrimonio sin hijos es una institución social o incluso una familia). El hijo mayor “es” todos los hijos, “es” la idea de hijo (nazcan luego diez más o ninguno).

El hijo menor tiene, en cambio, un rol de “usuario” de la familia con las comodidades y los límites establecidos. El hermano menor entra en un juego ya cocinado y establecido donde aún los límites son, en cierto sentido, una comodidad más. Los límites en realidad nunca “limitaron” al hermano menor sino que se configuraron sobre el albedrío del mayor. Son reglas que están, que se pueden violar o no pero poco tienen que ver con él. El menor “tiene” una familia como todos los demás mientras que el mayor “es” una familia con sus padres. Y desde allí llueven las diferencias de enfoque en la vida: el mayor vive en constante referencia con sus padres (positiva o negativa) mientras que el menor vive en referencia a los otros; el mayor “construyó” lo que el menor “usa”; el mayor ahorró lo que el menor gasta (es común que los menores vivan los frutos del progreso familiar económico mientras que los mayores vivieron las “hambrunas” fundacionales); el mayor ahorra, el menor dilapida; etc.

La cuestión es incluso más profunda cuando hacemos foco en la “Ley”. La norma es escrita “por” “para” y “en” el mayor. La ley es escrita sobre las espaldas del mayor. Aquellas rebeldías y pequeñas victorias que lograron huecos o excepciones a la ley del mayor se convierten en norma para el menor que ya recibe una ley usada y ablandada. Las excepciones obtenidas con luchas y negociaciones por el mayor son vistas como simples detalles de las reglas de juego por el hermano menor. Por eso el mayor vive (de nuevo, positiva o negativamente) pendiente o en relación con la norma, mientras que el menor le da una importancia completamente secundaria.

Esta es un poco la historia del judaísmo hasta la llegada de Cristo. Ellos fueron los “portadores” de la religión, la Ley se escribió en su carne, su rebeldía fue castigada, su amor fue puesto a prueba una y otra vez, ellos sufrieron cualquier clase de sufrimientos por sostener y mantener viva la Alianza, fueron maltratados, humillados, esclavizados. Y en todo, con sus múltiples rebeldías y bajezas, lograron mantener viva la llama. Hicieron carne la Ley y la conservaron aún en las condiciones más extremas. Y así podemos seguir con descripciones infinitas sobre quienes, en definitiva, tuvieron un rol “fundacional” de la religión.

Y resulta que después de siglos de remarla portando a sol y sombra la Alianza sobre sus hombros… con la llegada del Mesías se le sientan a la mesa todos aquellos que antes fueron “enemigos” de la Alianza, todos los que se le burlaron, los que los ignoraron, los que los esclavizaron…. No sólo se sientan con el mismo rango sino que vienen, como el hermano menor, con aire descontracturado. Llegan con la Gracia -con el final de la película y el diario del lunes bajo el brazo- y le tiran por la borda la Ley, la expiación, los Mitzvá. La religión ya no se construye, se descubre. Ama y haz lo que quieras la Fe sola basta gritan por los pasillos al verlos en ritos de Tefilín. Es más, por si fuera poco les espetan: Aunque ya es tiempo de que sean maestros, ustedes necesitan que se les enseñen nuevamente los rudimentos de la Palabra de Dios: han vuelto a tener necesidad de leche, en lugar de comida sólida. Y todo eso mientras se embuchan un triple de jamón y queso explicándole, con la boca llena, que el Maestro les enseñó que problema no está en lo que se meten sino en lo que sale de la boca…

Mirar al hermano mayor –incluso con el final de la película realizado y conocido- no deja de ser una buena escuela de valoración y juicio de nuestros despilfarro de hermanos menores. Y quizás algo de ello contenga el misterioso designio divino para ellos.

Natalio