sábado, 18 de octubre de 2014

Enarrando el salmo 102 (cont. 1)


Bendice alma mía al Señor. Y no olvides todos sus beneficios.

Conectando nuevamente los extremos. 

Beneficio (de facere hacer como artificio, edificio). Lo bien hecho. Es común la unión de la bendición por lo que se hace.  Aunque en la anterior entrada el foco se puso bastante en la palabra, poniendo ya más foco en la tradición judía, hay una íntima relación entre el hacer y la palabra. Correlativamente la misma relación surge profunda en bene-ficio y bene-dicto.
La "parashá" dedicada a Noé (o Noaj) comienza con su historia y termina con la de su descendencia. La plabra "Teivá" (en hebreo y según dicen los judíos porque yo de hebreo no entiendo nada) puede traducirse tanto como "arca" como por "palabra" y en algún modo "arca" y "Palabra" se funden, como la Cruz y el Logos, como vía de Salvación y Nueva Alianza (la primer Alianza se forja, en rigor, con Noé después de la caída de los primeros padres). Y la "parashá" culmina, con los descendientes desobedientes de la alianza que reciben como castigo la pérdida de la Palabra común en la Torre de Babel. La Palabra es al mismo tiempo refugio, castigo, salvación y redención.
En el corazón de las dos oraciones unen el alma y el olvido. 
La idea de "alma" es central para todo oriente e incluso para occidente. "Alma" es el principio vital, lo que mueve, el eje de la vida tanto corporal como espiritual. Occidente “racionalizó” el alma al centrarla en las potencias humanas de “inteligencia y voluntad” separándola en su "análisis" del cuerpo (no es necesario hacer una reseña desde la filosofía griega hasta las vertientes más variadas del cristianismo donde se luce la confrontación entre el cuerpo y el alma). Para el judío el alma es siempre principio o soplo vital, del espíritu y del cuerpo, de todo. Es una sola cosa. Por eso se la asocia al corazón y la sangre. La vida corre por la sangre y se centra en el corazón (esto tiene también origen en la Alianza de Dios con Noé donde la prohibición de comer carne con sangre es porque la vida corre por la sangre). Por eso los judíos no comen carne con sangre, y por eso el horror ante la frase de Cristo “quien no come mi carne y bebe mi sangre”. El alma remite, de nuevo a ese punto de unión entre todo el cuerpo y el espíritu. Y eso vuelve a la íntima relación entre el hacer, lo que existe y el logos pensado y dicho.

Y de aquí surge también, en esa intimísima relación, la importancia del recuerdo y del olvido. Lo que se hace presente y lo que se borra de nuestra mente se borra también de nuestro ser. Del corazón de la palabra olvido (ahora en latín) aparece la idea de algo que se pierde porque no tiene de dónde agarrarse. Ob litus aparece justamente como aquello que se va perdiendo de la presencia. En la misma línea la idea de “litus” como playa es en sí misma una gran idea del olvido, lo dejado en la playa es lo arrasado o destruido (oblittero) por el mar, lo olvidado (ob-litus).

El olvido es una idea recurrente en todo el mundo judío. El olvido es algo que asecha al judío religioso y contra lo cual no se debe cansar de pelear. Como el olvido perenne de Alfonsina o el olvido que tiene memoria de Benedeti, el olvido olvida que olvida. En tierra extranjera el judío no puede olvidar Jerusalén (“si me olvido de ti que se me paralice la mano derecha”), el judío en el desierto no debía olvidar que lo habían sacado de la opresión, el judío en problemas no debe olvidar las proezas del Señor. El olvido quiebra el sustento entero de la Alianza del Sinaí donde Dios mismo cobijó bajo sus alas a todo un pueblo en el Éxodo. El olvido le hace perder la esencia a la religiosidad judía.
Esta lucha por la presencia tiene muchísimas manifestaciones "litúrgicas" en el cumplimiento de los mitzvá por parte del judío. Hay dos que particularmente me resultan de gran simpatía y provecho espiritual.

Una es la de las fiestas de Sucot o fiesta de las tiendas. El mitzvá consiste en construir una tienda en algún espacio exterior y cuyo techo sólo puede ser hecho con determinadas plantas o ramas de árboles. La idea es ponerse en un estado de indefensión para "no olvidar" lo que se pasó en el desierto y la ayuda del Señor. Es una lucha contra el olvido de la necesidad.

La otra es la de Tefilín. El judío al rezar se ata pequeños trozos de la "Torá" en la cabeza y en el brazo a la altura del corazón. La idea es que "no se olvide", no se borre, no se pierda la Palabra del Señor ni de la mente ni del corazón.