martes, 20 de septiembre de 2016

Niñez y meritocracia





Hace un tiempo vengo viendo hablar de “meritocracia”, generalmente acompañado de alguna de las dos imágenes que se acompañan.

El tema, como tantos otros que uno ve a diario, tiene varios costados pero suele venir de sectores ideologizados. La particularidad del tema es que este se está expandiendo y se está replicando en personas no ideologizadas. Eso me despertó una señal de alarma.

Como todo en las ideologías se parte de algo real y muy serio. En este caso es el drama de la pobreza. Un verdadero azote al corazón y, tal vez como signo de estos tiempos de consumismo, individualismo y hedonismo, cuidadamente ajeno a nuestras preocupaciones cotidianas. Aparece cada tanto arropado de la correcta frivolización de turno y se nos vuelve a perder en la cotidianeidad de nuestras ocupaciones.

La pobreza, como una verdadera imposición de justicia (y no de caridad) es un tema serio y profundo. Una gran deuda en nuestra sociedad. Una formalidad muy propia y actual para examinar nuestras conciencias y nuestras vidas.

Pero esto de la meritocracia aplicada a los niños no tiene nada que ver con eso…

Una de las herramientas suele ser estadística del tipo: “el 90% de la gente que nace pobre muere pobre mientras que el 90% de la gente que nace rica muere rica sin importar lo que hagan al respecto”… La estadística suele ser un buen recurso ideológico para torcer realidades. Una genial frase de Shaw le contesta: La estadística es una ciencia que demuestra que, si mi vecino tiene dos coches y yo ninguno, los dos tenemos uno. La realidad de las cosas humanas suele recorrer un camino paralelo al de los números de laboratorios. Una historia de superación (de las que todos conocemos, no una sino muchas tanto en la historia, en el arte, en el deporte, etc.) vale como respuesta a cualquier porcentaje.

Como mensaje personal es tan desgarrador como determinista y estúpido. Que nadie haga nada que morirá como nació. Nada de lo que hagas moverá la historia. El destino (y no tus actos, tus sueños, tus objetivos, tus metas, tus trabajos) determinará tu existencia. Sólo queda ahogarse en odio y resentimiento contra aquel con el que el destino fue más favorable.

Como mensaje político y jurídico es nefasto. Quitemos todo lo que tienen pues no lo merecen. Volvamos a repartir todo y entremos en el socialismo donde nadie tenga nada… una vez más (y donde la historia nos ha enseñado que los pueblos se quedan sin nada mientras los “directivos del partido” tienen vidas suntuarias).

La cuestión es, más allá de las críticas ¿hay mérito en el sentido de merecimiento o no?

Santoto siguiendo a Aristóteles explica que no hay relación de justicia ni con los padres, ni con la patria ni con Dios. Ello es, más allá de por una falta de equilibrio en lo debido, porque no hay verdadera “alteridad”. Uno no es “otro” con relación a sus padres. Lo que hagan los padres “vale” como hecho por uno. Esto es de Perogrullo en la vida cotidiana (y lo es también de un modo particular en la vida sacramental y espiritual) y en la vida jurídica. Desde la tutela hasta la responsabilidad por los actos de los menores son ejercidos por los padres. El padre no es “otro” respecto del hijo. Lo que el padre “merece” para su hijo el hijo lo “merece” en nombre propio, no ajeno (e incluso el padre “merece” por los actos del hijo en materia social, civil, penal, etc.).

Las  ideologías (todas ellas, no sólo las de origen marxista) suelen reducir el hombre a la materia y la materia a la economía. Por eso sólo hablan de plata. Pero en esta carrera de merecimientos y recompensas la plata es lo de menos. El hijo al que los padres le leen al irse a dormir será más inteligente que el que se duerme mirando televisión; el hijo al que le inculcan el amor por la lectura será más despierto que el que se la pasa jugando a la play; el hijo al que se le cuida la alimentación será más sano que aquél al que lo atoran a caramelos para que no moleste… Quien tenga hijos sabrá que la lista es interminable. Todo en la educación “determinará” “una parte” del futuro de un chico. Y todo eso el chico lo merece por el amor de sus padres.

Esa ausencia de alteridad que impide considerar como “otro” a los padres no sólo obedece a una cuestión biológica (también innegable pues todo en el hijo viene de los padres). Todo el amor borra alteridades. El amor hace que el otro deje de ser otro. Y así los actos de los maestros que aman a sus alumnos le “merecerán” un futuro mejor a los alumnos de los burócratas, los actos de los amigos buenos le “merecerán” un futuro mejor que los oportunistas, etc.

Hasta aquí lo natural pero el tema se torna “esencial” para el católico. El “merecimiento” de los “méritos” de la Cruz sólo nos viene dado por el amor. Nada más que el amor permite “apropiarnos” de los efectos salvíficos de la Cruz. Si mi borrosa memoria no me falla algo de esto me hizo leer mi padre (y me hizo merecedor de este conocimiento) en los comentarios de Santoto a la Ética Nicomaquea de Aristóteles cuando estudiaba latín.


Es por eso que en lugar de meritocracia, en estos casos hablaría de “filocracia”. Es el amor el que hace merecer.

Natalio