jueves, 12 de marzo de 2009

El Milagro esperado


El Athonita me dejó pensando con sus comentarios. Si bien es un tema recurrente al tratar la necesidad y el dolor como llamados de Dios al hombre (él mismo ya lo había tratado desde esta perspectiva al hablar del mal y del dolor en lo de Wanderer), esto suele hacerse respecto de los grandes temas y problemas mientras que es dejado de lado al tratar las necesidades cotidianas. El pudor malsano del típico "con lo abandonado que lo tengo a Dios no le voy a ir a rezar ahora por esta pavada, no me da la cara" es una cerrazón a pequeños llamados o invitaciones divinas.

Pero dejemos esas cuestiones al Athonita que las maneja bastante mejor que uno y afrontemos un tema tangencial que me vino a la memoria, justamente, con esas reflexiones.

Quienes de algún modo hayan estado en contacto con el campo argentino (o uruguayo) o con su gente a lo largo de los últimos meses, habrán sentido la angustia provocada por la mayor sequía de los últimos treinta años.

En este contexto es que aparecían las necesidades y los llamados desesperados a Dios. He visto las más variadas manifestaciones de este fenómeno religioso a lo largo de los últimos meses: desde procesiones de pueblos enteros, encargos de misas, cadenas de rosarios, el "si tan abandonado lo tengo a Dios no me da para rezar ahora", etc.

También la sequía sirvió para que surgieran en todo su esplendor dos especímenes de las periferias religiosas: los milagreros y los (parafraseando a Dolina) refutadores de milagros.

La verdad es que escuché cualquier cantidad de milagros (desde una bendición que hizo llover 20 mm. que salvaron la sojita, a la entronización de tal o cual imagen que trajo agua, a cuestiones mucho más sencillas como que se pidió el agua mediante la oración) como sus correspondientes refutaciones científicas y antipáticas.

Tenemos que acordar que la situación no podía ser más ecléctica:

-Para los milagreros no hay con qué darle. La peor sequía en treinta años, no llovió durante un mes y medio, justo llueve después del acontecimiento (sea oración, peregrinación, o lo que fuera) e incluso no llueve en lugares aledaños. La conclusión es clara, hay milagro y el que no lo ve es porque es un ciego.

-Para los refutadores de milagros no hay como los fenómenos naturales. Su mismo nombre lo indica: son lo más natural del mundo. Si hay algo que no se presenta como milagroso es el hecho de que, cíclicamente; llueva, salga el sol, se nuble, llueva, salga el sol, etc. El hecho de que haya transcurrido tanto tiempo sin llover lo ven, también, como algo natural: "era evidente que tenía que llover después de tanto tiempo y con tanto calor". ¿La relación causal temporal entre la oración (o lo que fuere) y el suceso? Evidente casualidad porque en caso contrario tendría que haber llovido a cada uno que lo pidió y la realidad indica que no era así.

Buber en su "Moisés" adopta, a lo largo de todos los análisis del libro, una postura intermedia entre lo que sería un cientificismo crítico-negador y un fideísmo literalista. Más allá del caso bíblico (que es el que analiza Buber respecto de la Torá y que para nosotros se extiende también al Nuevo Testamento) en el que me parece que hay que agregar otros varios elementos de juicio que no son considerados, creo que su análisis de la realidad de los milagros y su percepción cotidiana tiene mucho de verdad.

Transcribo un pequeño fragmento:

"El milagro no es nada "sobrenatural" o "sobrehistórico", sino un incidente, un evento que encaja muy bien en el nexo objetivo del conocimiento de la naturaleza y de la historia, pero cuya importancia vital para la persona a quien le ocurre, perturba la seguridad de todas sus relaciones de conocimiento y destruye las formas fijas del saber denominadas "Naturaleza" e "Historia". El milagro es simplemente lo que sucede, en cuanto le ocurre a la persona dispuesta a recibirlo como milagro. Lo extraordinario favorece este encuentro sin ser un rasgo característico de él; hasta lo más ordinario puede manifestarse como milagro a la luz de la hora propicia."

Creo que, efectivamente, gran parte del asunto de los milagros tiene que ver con su percepción como tales y ella estará influenciada por las más variadas cuestiones que van desde la Fe, hasta los conocimientos, la capacidad de asombro, la capacidad de observación, el nivel cultural, la vida interior, etc.

Yo no puedo explicar por qué un avión vuela y sin embargo no me parece milagroso que un avión vuele. O sí, pero en otro sentido. Lo único del caso que me sostiene en mi postura de que no es un milagro que el avión vuele no es otra cosa que la fe humana en los físicos que dicen poder explicarlo con facilidad (porque podría ocurrir que cada avión se eleve por las plegarias de alguno de sus pasajeros). Pero no deja de ser una especie de fe. Como en todo, elegimos en qué creer y en qué no.

Si bien el ejemplo está demasiado estereotipado (por lo ordinario que resulta que un avión vuele y la aparente simplicidad "científica" de su explicación) la realidad del milagro tiene mucho que ver con eso.

En mi interior conviven (no del todo pacíficamente) los dos engendros: el milagrero y el refutador. Por esa razón suelo recurrir a un respetuoso silencio cuando se me increpa sobre la realidad de tal o cual milagro (que no es lo mismo que las apariciones y las visiones donde ya no existe una interpretación de la realidad sino su creación).

En cualquier caso, siempre me caen más simpáticos los milagreros porque al verlos recuerdo frases como: "sed como niños", "pedid y se os dará", "si tuvierais la fe de un grano de mostaza...", etc.

Natalio