viernes, 4 de julio de 2008

Arte sin seducción


Hace un par de día vimos (con mi hermosa esposa) "El arte de seducir" (o algo así). Una de esas películas que uno ve porque es, en las noches que no hay ganas de leer, lo que resulta más potable de la paupérrima programación del cable (ni hablar de la televisión abierta).

La película cumplió decentemente su cometido: distraernos un rato sin ser nada digno de recomendar.

Se trata de una gran parodia al arte moderno, focalizada en una universidad de arte. Es muy buena la caricaturización de la universidad y los especímenes que concurren.

De hecho, la trama consiste en un chico joven (el que eligió al actor se sacó un 10) que entra con vocación por la pintura pero se encuentra con la realidad de esos ambientes: los que tienen verdadera vocación artística son una reducidísima minoría, mientras que el resto son tipos con serios problemas de personalidad y un profundo vacío interior.

La caracterización de los personajes es realmente muy buena (John Malcovich o como se escriba está impecable).

Más allá de los detalles fílmicos (de lo que no tengo ni la remota idea) me gustó el modo de plantear la gran hipocrecía que existe alrededor del arte moderno. Con independencia de lo que considero que puede tener algún tipo de seriedad (aunque luego se discuta su real valor artístico en muchísimos casos), como ocurre con el trabajo de las formas sin atender al contenido (o su contrario, como veremos algún día que les cuente sobre Dogville), creo que existe una mentira organizada que se refugia en lo más absurdo de la subjetividad.

Para ejemplificar un poco a lo que me refiero (además de la parodia fílmica) les contaré dos casos: uno es una anécdota personal y el otro es un personaje (muy reconocido) de la ciencia-arte-música-vida (es decir, de todo o de nada según la perspectiva).

Primero la anécdota: En una ocasión nos disponíamos a salir con mi hermano, su novia, una amiga de la novia y su hermana. Pasamos por la casa de la amiga y, mientras ella se terminaba de arreglar y mi hermano conversaba con su novia, yo me encontré teniendo que conversar con la hermana, a quien nunca había visto.

A poco de iniciada la conversación surgió un dato que me conmocionó: estaba hablando con una artista. Aclaro aquí que tengo un respeto casi sacro por el artista que tiene la valentía de dedicar su estudio, su trabajo y su vida al arte (el artista verdadero en definitiva).

Resulta que nuestra artista pintaba y, cuando solicité ver alguna de sus pinturas, me indicó que estaba parado de espaldas a una de ellas. Cuando posé mis ojos sobre la pared ví lo que siempre vemos (a veces más a veces menos) en un museo de arte moderno: una serie de manchas sobre un cacho de tela.

En ese momento, y ante la mirada inquisidora de mi ocasional interlocutora, mi cerebro se debatía entre: ser políticamente correcto o manifestar directamente mi parecer. Si era políticamente correcto me quedaría sin poder indagar acerca de qué siente una persona al pintar semejante mamarracho, si optaba por expresarme libremente arruinaba indefectiblemente la salida de mi hermano, de su novia y de la amiga de la novia.

Opté por un camino intermedio: sin manifestar mi opinión le planteé mi inquietud. Más o menos el diálogo fue el siguiente (han pasado mucho años y, salvo a mi hermano, no volví a ver a ninguna de las demás):

-¿Qué se supone que es?

-Decímelo vos.

-Pero yo no lo pinté, contame vos qué pintaste.

-Lo que yo vea en el cuadro no tiene ninguna importancia. Contame qué ves.

-Veo una serie de manchas que no evocan nada en mi imaginación ni en mi memoria. Ahora que contesté, contame vos qué quisiste pintar o qué ves vos en el cuadro.

-Lo que veo no te lo puedo decir porque condicionaría tu percepción. La idea no es pintar algo concreto sino que el contenido o lo que la obra sea lo definís vos (con evidente tono de molestia).

Luego seguimos largo rato conversando (discutiendo, en realidad), pero lo que me importa ahora está presente en esa transcripción: el arte no transmite nada, el receptor pone el contenido.

Para el conozca algo del asunto le cuento que se trataba de "surrealismo abstracto" (el que no sabe de qué se trata no se pierde nada pero le cuento que una pista la tiene con la pintura de Miró que puse arriba).

A todo esto que ya viene largo y absurdo le falta todavía su pico más alto: John Cage.

Como me extendí demasiado no voy a contarles mucho de él (porque además es muy conocido y abundan sus fanáticos que les podrán contar infinidad de cosas).

Lo que me interesa aquí es su obra: 4', 33". Si hacen click en el link no podrán creer lo que escuchan (o, mejor, lo que no escuchan). Más allá de todas las explicaciones que encontrarán si buscan, la realidad es que su genialidad consiste en una partitura que ordena al intérprete a ¡no emitir sonido alguno durante 4 minutos y 33 segundos!!!!!!!!!!

Es el mismo concepto de mi interlocutora artista pero llevado al paroxismo: no hay nada, el receptor pone todo.

Pero lo peor del caso es que lo llamó "música no intencional". Es decir, al silencio lo llamamos música. Personalmente, me encanta el silencio pero el silencio es silencio y la música es música.

Cuando llamo música al silencio estoy mintiendo. Y la mentira, "como y por" lo que dijimos en el post anterior, además de mala.... es fea.


Natalio

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado: Usted no salió con posterioridad con la susodicha?
Vienen a mi mente bellos recuerdos.
Abrazo.

Natalio Ruiz dijo...

Como dice el gran Sabina:

"lo nuestro duró, lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks"

Gracias por su comentario.

Natalio

Cruz y Fierro dijo...

Buen post. Un amigo arquitecto, que no es "del palo" pero que tiene muchísimo sentido común, me dijo una vez que la diferencia entre el arte clásico y el arte moderno es que este último ya no pretende reflejar la belleza sino provocar (sic). Tengo que agregar que este amigo mío, pintor y escultor en sus ratos de ocio, definitivamente optaba por el arte moderno. No conozco "la teoría" del arte moderno pero he vista bastante arte moderno por razones que no vienen al caso y concuerdo con la apreciación de este amigo mío. Como en otros ámbitos de la vida, el artista moderna es un agnóstico de la belleza, ha depuesto las armas y no quiere "perder tiempo" tras ese algo que no sabe bien qué es o si existe, llamado lo bello. Prefiere ocupar su tiempo en provocar, supongo que es más fácil y más redituable también.

Natalio Ruiz dijo...

Estimado Cruz y Fierro:


Es un verdadero honor tenerlo por estos humildes pagos. Justamente su blog era el próximo de mi blog roll comentado (con el que incluyo y comento los blogs que visito) pero le adelanto que valoro mucho su labor.

En cuanto al arte moderno es completamente verdad. Yo creo que en el fondo la cuestión se reduce al tema metafísico de los trascendentales.

No obstante, lo que me indigna verdaderamente es cuando se usan esas cuestiones para encubrir la falta absoluta de creatividad. El genio que se dedica a eso por alguna cuestión (hasta ideológica) es una cosa, el idiota disfrazado de artista es otra.

Gracias por la visita.
Natalio

Anónimo dijo...

con relación al arte y al arte moderno, me parecen esclarecedores los aportes de Ananda Coomaraswamy, en "La visión normal del arte" por ejemplo, además de otros de sus escritos relacionados con el tema

Natalio Ruiz dijo...

Estimado anónimo:

No conozco los textos que ud. menciona. Si me diera otras referencias se lo agradecería.

Hace varios años leí muchas cosas críticas muy interesantes sobre el arte moderno, aunque algunos textos me parece que se quedan en la crítica ideológica que no termina de resolver la cuestión.

Gracias por su participación. (cualquier cosa el mail está en el perfil).

Natalio